domingo, 19 de julio de 2026

Los Muchachos, una familia de labradores IV. Guerra Civil y Posguerra

En este capítulo contaré cómo vivió mi familia, los Muchachos, durante la Guerra Civil y la posguerra. El prisma del relato será fundamentalmente el de mi padre, que al inicio de la guerra estaba a punto de cumplir los diez años. Intercalaré hechos que no tienen que ver directamente con los Muchachos, bien porque me los haya contado mi padre y estén relacionados con Canena o bien porque me parezcan relevantes o interesantes darlos a conocer.

 

Para contextualizar el relato, he de decir que esta familia de labradores y pequeños propietarios era católica, conservadora, sin activismo político, más allá de ocupar alguna vez algún cargo como concejal en el pueblo. Su vida transcurría a medio camino entre Canena y Náquez. Mi padre me decía que guardaba un recuerdo agridulce de Náquez. Por una parte, pasó buena parte de su niñez en el día a día de una familia labradora, echando una mano en lo que se podía.

 

Estado actual del cortijo de San José, en Náquez. Foto cedida por Sebastián Cobo Lorite


Pero la Guerra lo trastocó todo, como en todas las familias, en unos casos con pérdidas irreparables y en la generalidad con la carestía y el retroceso en las condiciones de vida de la mayoría de los españoles, no solo durante la guerra, sino en los años e incluso décadas siguientes. Canena vivió la guerra en la retaguardia de la zona republicana, no estuvo cerca de ningún frente ni hubo ningún hecho militar reseñable, aunque sí varios accidentes con alguna granada, como veremos. No me voy a extender sobre los cambios en la organización del ayuntamiento y en otras cuestiones tras el golpe militar de julio de 1936. Hasta el 29 de enero de 1937, según se recoge en las actas del ayuntamiento, no se constituyó el nuevo Consejo municipal, de acuerdo con el Decreto de 4 de enero. Debía estar formado por representantes de las diferentes organizaciones políticas y sindicales de cada pueblo,  que en el caso de Canena era la Asociación socialista “La Bandera Roja”, afecta a la U.G.T., único partido y organización sindical que existe en dicho pueblo. Aunque en los primeros días tras el golpe hubo detenciones de personas de derechas, y posteriormente también, no se produjo en Canena ningún asesinato, ni en esos primeros momentos ni durante el resto de la Guerra.

 

Algunas cosas me contó mi padre de la vida en Canena de 1936 a 1939. En el otoño de 1936, repartieron a los obreros entre los propietarios, para que los emplearan, aunque no hubiera trabajo en el campo; más tarde, cuando llegó la recolección de la aceituna, se la incautaron. Después, le quitaron la mayoría de las tierras a los mayores hacendados (por ejemplo, a su tío Bartolo, que tenía sobre todo el capital de su mujer, la Chacha Juana, cuyo padre había sido alcalde durante la Dictadura de Primo de Rivera), no solo las tierras, sino también las bestias y demás útiles de trabajo, dejándoles algo para sobrevivir. Las tierras que les incautaron a los propietarios caneneros no las cultivaban en colectividad, sino que los que ostentaron el poder local las repartían, no sé con qué criterios; también ocuparon alguna casa. Los caneneros, los republicanos, formaron una colectividad, que labrara los cortijos de la Casería, en término de Ibros, y Miralrío, en el de Vilches, situados respectivamente en la margen izquierda y derecha del río Guadalimar.

 

Por otra parte, a partir del otoño del 36 comenzaron a llegar los evacuados de la campiña cordobesa y los repartieron por las casas de la gente de derechas. En su casa de la calle Baja, por ejemplo, tuvieron que acoger a una familia de Espejo, de cinco miembros, más ellos, que eran once, y además darle el sustento a otra, de Bujalance, aunque esta dormía en el casino, en el que es hoy el bar Chicote, que sirvió de residencia de refugiados. Más tarde, en su casa acogieron a dos soldados de la brigada 92, que procedía de levante y pasó en Canena 15 o 20 días de descanso; mi padre se acuerda especialmente de uno de los soldados, un valenciano, con el que mantuvieron después correspondencia durante un tiempo; los soldados de esta brigada se hospedaron no solo en casas particulares, sino también en la Iglesia, en el Castillo, en el casino.

 

Dada la situación peligrosa que se vivía en otras zonas del país, en Canena se refugiaron algunas personas venidas de fuera. Es el caso de dos niños de entre ocho y doce años, Julio y Rafael, de familia de derechas (no he podido averiguar de quién, sospecho que pudieran ser familiares de Alejandro Lerroux), que vinieron de Madrid, y vivían en la casa de Sebastián Godoy Reyes, en la calle Melindre. Otra persona que se refugió en Canena fue José Vio Escamilla, falangista de Granada; en este caso, posiblemente estuviera fuera de Granada al estallar la guerra, donde triunfó el golpe militar, y no pudiera regresar allí, quedándose en Canena, donde ejercía como maestra Manola Sánchez Escamilla (deduzco, por los segundos apellidos de ambos, que pudieran ser familia, aunque no lo tengo confirmado; ella era de ideas socialistas, pero eso no excluye que pudiera dar cobijo a un familiar que corría peligro, aunque, como digo, no tengo confirmada esta hipótesis). Un canenero que murió al inicio de la guerra fue Pascual Morcillo García, casado con Inés García Herrera; era militar y en el 36 estaba en Madrid, en el cuartel de la Montaña, donde murió. Su mujer, Inés, vivió luego en Sevilla, y en la posguerra atendía a los soldados caneneros que estaban haciendo allí la mili y la visitaban en su casa.

 

Durante la guerra en Canena hubo al menos dos accidentes con granadas. Uno ocurrió en el verano de 1938, en el que vino un soldado de permiso y se le ocurrió traer en el macuto una bomba y no dijo nada en su casa, que estaba por la Fuente el Caño; su madre manipuló el macuto, estallándole la bomba, que le causó la muerte. Otro accidente más conocido es el que sucedió junto a la “cárcel”. Alguno de los soldados que vinieron al castillo debió esconder una bomba en un majano de piedras próximo; en el invierno del 39, el 19 de enero hacia las una de la tarde, tres niñas y un niño, entre seis y dos años, que vivían en el castillo, cogieron ese objeto metálico para jugar y bajaron hacia la zona de la cárcel, donde les daban de comer. Jugando en el patinillo de la cárcel les explotó la bomba; dos de ellos, Vicenta y Juan Moreno Molina, hermanos, de seis y cuatro años, sufrieron las peores consecuencias, y aunque no murieron en el acto, fallecieron a las pocas horas en el Hospital de Santiago de Úbeda. Otras dos niñas, primas suyas, Juanita y América, pudieron sobrevivir y una de ellas, América Sánchez Molina, que perdió un ojo, todavía vive. Los niños recibieron las primeras atenciones de las vecinas y del médico de Canena, Don Juan. Fueron llevados a la estación del tranvía, donde se habilitó un vagón para llevarlas a Úbeda, al hospital. Era el tiempo de recolección de la aceituna y la madre de Vicenta y Juan, Isabel Molina Jurado, estaba en un olivar frente a Canena, y oyó el estruendo de la bomba, sin sospechar lo que había ocurrido. La familia siguió viviendo en el castillo después de la guerra, al igual que otras tantas familias que no tenían otro sitio donde vivir en aquellos años. Isabel tuvo dos hijos y siete hijas. Tras el accidente, tuvo cuatro hijas y a las dos primeras, Vicenta y Juana (la Papagaya, nacida en 1942 que es la que me ha relatado lo que sucedió, de lo que le contaba su madre) les pusieron sus nombres en homenaje a sus hermanos muertos.

 

Volviendo a Náquez, ya antes del golpe la situación que se vivía en el campo era conflictiva en algunas ocasiones. En la siega del verano de 1936, me contaba mi padre, dos segadores de Linares de los que habían contratado se rajaron un dedo, uno de ellos accidentalmente o no, pero el otro de manera voluntaria, para darse de baja; había un seguro que cubría los accidentes y mi abuelo dio el parte correspondiente, de los dos segadores, aunque uno de ellos se hubiera lastimado voluntariamente; los días de baja el seguro parece que no cubría la totalidad del jornal, que tenía que ser completado por el patrono (por ejemplo si el jornal era de cinco pesetas y el seguro pagaba cuatro, la peseta restante la pagaba el patrono). Estos dos segadores, pasados unos meses, volvieron como milicianos o formando parte de la colectividad que se formó en Náquez y no dejaban de amenazar a mi abuelo, diciéndole que si ellos querían, en cualquier momento le podían pegar un tiro; era una manera de chantajearlo, hasta que un día mi abuelo les dijo que qué pretendían, que había que zanjar esa situación y que si querían algo, pasaran a las cuadras y se llevaran cada uno una bestia, y así lo hicieron, llevándose un mulo y una yegua.

 

Para los Muchachos las condiciones de vida empeoraron, no solo por la carestía y la guerra, sino por cómo fue tratada su familia. Especialmente dolorosa debió resultar la situación para mi abuelo Alonso. Desde Linares se organizó la explotación de los cortijos de su término en colectividades. En el caso de su cortijo, en Náquez, la colectividad fue de 18 hombres, incluidos mi abuelo y sus dos hijos mayores, Felipe y Francisco, a los que no les quedó más remedio que integrarse en la colectividad para seguir subsistiendo; como ellos eran los que habían estado de arrendatarios y no eran de izquierdas, se los discriminó a la hora del reparto (por ejemplo, de los marranos que le asignaban a cada uno para hacer la matanza en el mes de diciembre, dándole a cada miembro de la colectividad un marrano de 70 u 80 kilos, a mi abuelo y a sus dos hijos mayores, solo les dieron uno para los tres, de 30 kilos). Todos ganaban un sueldo diario de 5 pesetas. Cuando llegaron los colectivistas al cortijo, en el verano del 36, se llevaron toda la cosecha, los cuatro pares de mulos, la yegua y cerca  de 100 marranos, todo lo que tenían. La colectividad lo labró en el 36-37, pero al año siguiente ya se fueron, ya que había menos personas disponibles (parte se había ido al frente) y se quedaron labrando solo los cortijos más próximos a Linares, llevándose todo lo del cortijo. Entonces mi abuelo y su primo Joaquín Reyes López, padre de Juani Mari y Frasqui, pidieron labrar alguna parte de Náquez y se les autorizó a ello, pero cuando cosecharon, en el verano de 1938, les volvieron a requisar el grano, dejándolos sin nada, que apenas tenían para comer, cuando habían cogido la cosecha con mil penalidades, trabajando todos, que los chiquillos iban también a segar (el primer día de siega, mi padre, en el verano del 38, con apenas 12 años, se hizo una herida en un dedo) y a mi abuelo, que tenía una hernia, se le salía la tripa. Según  mi padre, allí prácticamente se dejó la vida (moriría unos meses después, el 12 de diciembre de ese año, con 53 años, en el Hospital de Santiago, de Úbeda, tras una operación de la hernia, que no superó, y se enterró en el cementerio de San Ginés, en Úbeda, ya que no hubo medios para llevarlo al cementerio de Canena). De los bienes que le incautaron a mi abuelo hemos encontrado en el archivo municipal de Linares una fuente primaria, un escrito que presentó el 19 de mayo de 1937, dirigido al Presidente de la Junta provincial calificadora de incautaciones rústicas. La Junta provincial remitió el escrito a la junta calificadora municipal de Linares en agosto de 1937, para que lo informara, pero mi abuelo nunca recibió contestación alguna.

 

Escrito de Alonso Reyes Serrano, de 19 de mayo de 1937, dirigido al Presidente de la Junta calificadora de fincas rústicas

 

El escrito refleja la situación que vivía mi abuelo como arrendatario en aquellos momentos y el conflicto con la colectividad que se formó en el cortijo del que era labrador. Ante la imposibilidad de seguir con el arrendamiento, relacionaba los bienes que tenía, pidiendo que se le abonasen o que no se le incautasen, valorándolos en 46849 pesetas. La renta que pagaba por el arrendamiento del cortijo de San José, en Náquez, al Vizconde de Begíjar era por cada seis y media fanegas de grano dos, equivalente al 30 % aproximadamente de la producción. Se consideraba mi abuelo Alonso, por ser un modesto arrendatario, con derecho a ser acogido por todas las disposiciones dictadas por el señor ministro de Agricultura. La colectividad había recogido la cosecha en el verano del 36 y sembraría en el otoño/invierno siguiente de trigo y cebada la tierra que había descansado el año anterior; pero, según el escrito, él había barbechado/labrado una parte de la tierra que se había sembrado y cosechado la campaña anterior y que debía descansar, con las debidas labores, pero no lo había hecho así la colectividad con el resto de la tierra. En el escrito se relacionan los bienes que mi abuelo tenía en el cortijo: tres mulas y tres mulos, 96 marranos (once marranas de cría, dos barracos, veinte marranos lechones y cuarenta y dos marranos mamones), una cabra, un becerro y dos becerras, una yegua, veinticuatro gallinas y un gallo. A ello hay que añadir los granos (trigo, cebada, garbanzos), y la maquinaria, herramientas de labor y aperos: galera, segadora, arados, binadora, grada, trillos…

 

Su primo Joaquín estuvo en Náquez la mayor parte de la guerra, entre otras cosas indagando dónde se habían llevado el ganado que le habían incautado. Acabada la guerra, los propietarios de los ganados fueron por el campo, por los cortijos, buscando su ganado y, según los casos, recuperaron parte de él. En el caso de los Muchachos, muerto mi abuelo Alonso en 1938, fue su primo Joaquín el que se llevó a mi padre de Canena a Náquez unos días antes del 1 de abril de 1939 y mi padre fue con él por varios cortijos de Linares buscando su ganado, del que recuperaron cinco mulos (de los ocho que tenían en 1936) en cortijos entre Linares y Bailén (mi padre se acordaba del nombre de los mulos: el Jardinero, el Tendero, la Condesa, la Perchelera), una yegua, una vaca y entre 30 y 40 marranos. Él fue sólo un día a buscar el ganado, ya que a los pocos días de acabar la guerra vino su hermano mayor, Felipe, del frente y éste fue el que acompañó al tío Joaquín más días a buscar el ganado. Cuando lo encontraban daban parte a una oficina de recuperación que había en Linares y se llevaban el ganado a Náquez, al cortijo que volvieron a labrar.

 

El día anterior a que su tío Joaquín se lo llevara a Náquez, en los últimos días de marzo de 1939, estando mi padre jugando en la plaza con otros chiquillos -él no había cumplido los trece años-, vio a Pepe Macarro, José Lorite Díaz, el último que ejerció como alcalde republicano, subir desde su casa, que estaba debajo de la Plaza, en la calle Rincón, al ayuntamiento, llevando dos escopetas para entregarlas, como símbolo de entrega del ayuntamiento a las fuerzas que habían ganado la Guerra Civil. Para ello, parece que bajó desde Baeza algún militar, que se hizo cargo del ayuntamiento. A los pocos días, el 10 de abril, por parte de un teniente honorario del Cuerpo  Jurídico-Militar, en nombre del Excmo. Sr. General Jefe del Cuerpo del Ejército del Sur, se nombró una Comisión Gestora provisional en el ayuntamiento.

 

Los hermanos mayores de mi padre, Felipe y Francisco, fueron soldados republicanos, Felipe desde 1937 y Francisco desde 1938. Felipe estuvo en Teruel, destinado en la sección de camilleros, con mulas de grupos de Sanidad Militar, dedicándose a trasladar heridos con reatas de mulas desde terrenos muy abruptos hasta los hospitales de campaña o hasta lugares donde podían acceder vehículos pesados, ya que en el frente de Teruel el terreno era muy accidentado, con mucho barro y nieve por el frío extremo. Juana Santos, su hija menor, me ha contado que aunque le preguntaban sobre la guerra, él nunca decía nada sobre los sucesos en el frente, no añadía mucho más de lo dicho anteriormente, sí hablaba sobre las penurias del frío, la falta de abrigo en las ropas y calzado de los soldados o relataba alguna anécdota con los compañeros. Al finalizar la guerra, lo enviaron a Valencia, en cuya plaza de toros concentraron a miles de soldados republicanos para identificarlos y determinar dónde trasladarlos según su servicio durante la contienda. A él, que fue soldado raso, lo liberaron pronto y le permitieron volver a Canena, parece que junto con otros caneneros.

 

Francisco llegó a ser sargento y a punto estuvo de ascender a teniente. Cuando acabó la guerra estaba en Lérida. Al no ser soldado raso, no pudo volver de manera inmediata a su pueblo, permaneciendo en distintos batallones de trabajadores en Lérida, Teruel, Deusto y Madrid. Uno de sus trabajos fue limpiar campos de minas y en un ocasión a un compañero le estalló una y a él, que estaba cerca, se le incrustaron esquirlas en el cuerpo, que tuvo hasta su muerte. Volvió a Canena el 27 de enero de 1940, no sé si después de haber pasado Consejo de Guerra; en cualquier caso, según mi padre, las autoridades locales de Canena le mandaron informes favorables para facilitarle su regreso. En el frente coincidió al menos con otro canenero, Elio Godoy Guillén.

 

Francisco, como soldado republicano

 

Ambos, Felipe y Francisco, después de la guerra tuvieron que hacer el servicio militar, de tres años. Felipe en Sevilla, donde coincidió allí con otro canenero, Rufino Herrera Godoy, hermano de mi abuela materna.

 

Felipe, en el servicio militar

 

Francisco estuvo destinado en principio en Granada, y de allí lo mandaron a Motril, donde vio pasar la armada de los aliados, que había cruzado el Estrecho rumbo al Mediterráneo, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.

 

Francisco, de recluta

 

Tras la guerra, en Náquez se produjeron bastantes cambios. Al propietario del cortijo de San José, el Vizconde de Begíjar, lo habían matado, y su mujer, la vizcondesa, siguió manteniendo el contrato de arrendamiento con mi familia, con mi abuela, hasta que los herederos del Vizconde, dieciocho sobrinos, vendieron el cortijo en 1943. Por tanto, todavía mi abuela con sus hijos labraron el cortijo de San José entre 1939 y 1943. Pero para la siembra del otoño/invierno de 1939 solo había disponibles para sembrar 20 fanegas de tierra, porque no se habían barbechado más el año anterior. Al año siguiente, ya sembrarían como siempre, la mitad de cereales y otro parte de leguminosas, pero tuvieron un grave contratiempo.

 

Eran los años del racionamiento y los agricultores debían entregar toda la cosecha al Servicio Nacional del Trigo a precio tasado. Paralelamente había un mercado ilegal, donde los cereales y en general todos los productos agrícolas tenían un precio más alto, que se podía multiplicar por diez sobre el precio tasado; era el estraperlo. La Guardia Civil se había enterado de que en Náquez se estraperlaba (según mi padre, era su tío Joaquín quien estraperlaba) y montó un dispositivo para detectar el estraperlo, mandando a unos arrieros como cebo para que compraran cebada de manera ilegal; al llegar a Náquez, en vez de a su tío Joaquín, los arrieros le preguntaron al hermano de mi padre, Francisco, que les vendió 18 fanegas de cebada, 700 kilos aproximadamente, porque estaban necesitados de dinero para pagarle a los segadores, y cayeron en la trampa. Les fue requisado todo el trigo, tanto el que estaba en el granero como el de la era, sellándoles el granero; después de muchas gestiones, viajando a Jaén varias veces mi padre con su madre, y ayudados por Tomás Godoy Reyes, canenero, comisario de policía en Jaén, consiguieron que les dejaran parte del trigo para ese año y para la siembra, pero le confiscaron la mayor parte, que no se llevó el organismo encargado, la Fiscalía de Tasas, hasta finales de abril de 1942.

 

En el otoño de 1942, Felipe y Francisco, los dos hermanos mayores de edad, tras volver del servicio militar, le plantearon a mi abuela, que era su madrasta, y a sus hermanos menores, independizarse, y se partieron las distintas hazas del cortijo; se hicieron siete lotes, de los que dos corresponderían a los hermanos mayores y cinco a los menores y a su madre; los mayores se quedaron con un par de mulos y los menores con dos pares. Los dos lotes que tenían los mayores eran poca tierra para labrar por un par de mulos, y le pidieron a su madrasta más tierras, a lo que ella accedió.

 

El cortijo de San José se vendió en 1943 a los hermanos Sanz (mi padre los denominaba serranos, porque eran oriundos de Cuenca o Guadalajara, como tantos ganaderos castellanos trashumantes que se han afincado en Andalucía en siglos pasados); ya habían comprado otro de los cortijos de Náquez, el de los Carvajales, en 1941 (en este cortijo de los Carvajales había estado de arrendatario un baezano, al que llamaban Fernandico). No solo estos dos cortijos cambiaron de propietarios en estos años. En 1935, los Barraganes, también labradores de Canena en otro cortijo de Náquez, habían comprado otro a D. Enrique del Río Contreras. Y en 1941-42, el tío Joaquín compró en el que estaba de arrendatario; era de una monja que murió en la guerra, y lo heredaron tres hermanas; una de las hermanas le ofreció comprar su parte al tío Joaquín, por 55000 pesetas (eran algo menos de 100 cuerdas) y, aunque él no tenía dinero, se vino a Canena, a la Molineta, actual cooperativa de San Isidro, para que le prestaran la señal para comprar la finca (el encargado de la cooperativa era el Rubio, tío de Manuel López Godoy, Manolo Luna); al poco tiempo, las otras dos hermanas también hicieron lo mismo y el tío Joaquín compró todo el cortijo (en torno a 280 fanegas) y como en los siguientes años los cereales tuvieron buen precio, pudo desahogarse pronto y pagarlo en los plazos convenidos. Este cortijo lo heredaron sus hijos y hoy es ya todo olivar de riego.

 

Los compradores del cortijo de San José iban a labrar directamente la tierra, por lo que dejaron de arrendarle el cortijo a los Muchachos. Era el otoño de 1943 y en el despido acordaron con los nuevos propietarios que la tierra que habían barbechado el año anterior la podían sembrar y recoger la cosecha sin pagar renta alguna. Deciden entonces los Muchachos buscar otro cortijo para arrendar todos los hermanos juntos; pero encuentran uno en Baeza, las Monteras, Vistalegre, cerca de la pedanía de las Escuelas, en la margen izquierda del Guadalquivir, que era solo para dos pares de mulos, y los hermanos mayores deciden quedárselo ellos solos, aunque el primer año, 43-44, como sembraron los barbechos del cortijo San José, en Náquez, la sementera de Vistalegre se la ceden a los “Adobes” (a Juan José Reyes Reyes, Juanillo Adobe, hermano del Sultán, y a sus hijos). La cosecha de 1944, la última que cogieron en Náquez, fue buena, sin tener además que pagar renta alguna.

 

El año siguiente los hermanos menores no labraron nada, pero tuvieron suerte, porque fue el año del hambre, 1945, y con la reserva de la cosecha del año anterior pudieron subsistir sin pasar grandes apuros. Mi padre aprovechó esa circunstancia y se fue a Valencia con su prima Amparín unas semanas. Amparín, junto con Antonio y Adelina, eran hijos de su tío Miguel, el hermano mayor de su madre, que había sido médico en Quero, al que aludí en el capítulo anterior. Se casó con una valenciana, Adelina, y tras la guerra ambos estuvieron encarcelados; a Miguel incluso lo llegaron a condenar a muerte, aunque, según mi padre, su hijo Antonio, entonces con 16 años, consiguió que le conmutaran la pena de muerte por la de treinta años de reclusión mayor. Menos suerte tuvo el marido de la hermana de Miguel y de mi abuela, Antonia -madre de Juliana, Inés, Gregorio y Paquita-, Gregorio Castellanos, que fue Alcalde de Quero, con el que sí se cumplió la pena de muerte a la que fue condenado, siendo fusilado en noviembre de 1939.

 

Según me contaba mi padre, su tío Miguel, siendo médico en Quero, intentó evitar los asesinatos de derechistas, pero no lo consiguió, y se marchó de allí, yéndose al ejército republicano de voluntario, donde fue capitán médico; al menos una vez vino a Canena durante la guerra, siendo Capitán, a ver a su madre, a la que habían operado. Tras la guerra, en Quero, como venganza por las muertes de los derechistas entre 1936 y 1939, le pusieron un cencerro y lo paseaban por las calles a cuatro patas, humillándolo, hasta que sus primos de Canena, entre ellos Ricardo López Vaquerizo, fueron allí y consiguieron que lo trasladaran a la cárcel de Quintanar de la Orden, donde ya estuvo preso hasta que se celebró el Consejo de Guerra en Ocaña. En la instrucción del proceso, el juzgado de Quintanar de la Orden pidió información al ayuntamiento de Canena, que le remitió el 7 de marzo de 1940 un certificado del primer teniente de alcalde, Alberto Muñoz Alvar, y un escrito firmado por treinta convecinos de Canena, para que sirviera como descargo a favor de Miguel.

 

Documentos remitidos desde el ayuntamiento de Canena al Juzgado de Quintanar de la Orden, donde se instruía el Consejo de Guerra a Miguel Reyes López

 

El 17 de junio de 1943 se dictó sentencia, por la que se le condenaba como autor de un delito de adhesión a la rebelión (he podido consultar varios Consejos de Guerra, entre ellos este del tío Miguel, que se encuentra en el Archivo General e Histórico de la Defensa, en Madrid, y a los acusados se les condenaba en la mayoría de los casos a los delitos de adhesión o auxilio a la rebelión, precisamente por no haberse sumado a las tropas sublevadas contra la República), con la concurrencia de circunstancias de agravación a la pena de MUERTE. Pero los hechos encausados, según el expediente, estaban comprendidos en los casos susceptibles de conmutar la pena de MUERTE por la de TREINTA AÑOS DE RECLUSIÓN MAYOR, por lo que la ejecución de la sentencia quedó en suspenso hasta la resolución de la posible conmutación, que llegó el 12 de noviembre de 1943, siendo favorable.

 

Tanto Miguel como su mujer, Adelina, estuvieron presos varios años, primero en la prisión de Ocaña y después en la de San Juan de los Reyes, en Valencia. Sus dos hijas, que iban a visitarlos a la cárcel, acabaron casándose con compañeros de su padre en la prisión, Adelina con Carlos Dorado y Amparín con Valentín Bea. Su hijo Antonio se buscó la vida como pudo, venía a Canena, trabajó en Náquez, se llevaba aceite a Valencia, donde lo vendía. Antonio y Amparín a finales de los años cuarenta fueron detenidos y encarcelados unos años, por colaborar con la oposición al régimen. Miguel y su hijo Antonio llegaron a compartir celda en la prisión de San Juan de los Reyes, en Valencia, de donde salieron en 1951. Siempre mantuvieron buena relación con su familia de Canena y ya en 1976 nosotros, mi familia, hicimos un viaje a Valencia y pasamos unos días con nuestros primos, haciendo una excursión a la sierra valenciana, a Bicorp, donde el tío Miguel había sido médico y sus hijos mantenían allí una casa. Miguel tuvo un final trágico. Después de salir de la prisión en 1951, su primer destino fue Bicorp y después Villa de Ves, un pueblo de Albacete; por entonces se estaba construyendo el pantano de Cofrentes y él atendía a los trabajadores. Un día lluvioso de 1954, iba el tío Miguel a atender a un enfermo a una aldea, en un mulo o en un caballo, que se resbaló; Miguel se cayó del animal y se dio un golpe fuerte en la cabeza y, aunque no murió en el acto, el médico del pueblo vecino que debió atenderlo no llegó hasta el día siguiente y ya fue tarde para salvarle la vida.

 

Volviendo a los Muchachos, me contó mi padre como en agosto del año 1945, fueron a Torreblascopedro a comprar un carro de paja. Fueron mi padre y mi tío Narci desde Canena a Náquez, donde Juan Antonio Herrera Reyes, el Chico Carreteras, les dejó un carro y se fueron a Torreblascopedro, donde directamente lo cargaron de paja en la era (con “cargueros”, especie de garbillos, pero más grandes, con los que podían cargar la paja en el carro); una vez que lo pagaron, lo trajeron a Canena, a su casa de la calle Baja. Lo descargaban en la calle y desde allí, en sacas, lo subían al pajar. La paja era para darle de comer a las tres bestias que tenían. Ese año consiguieron más paja segando tres fanegas que habían comprado en Ibros y otras que le segaron a Manuel Godoy Reyes, Manolazo (padre de Tomás Godoy Godoy, Tomatón), las barcinaron y llevaron a la era, las trillaron y le encerraron el trigo a Manolazo, todo a cambio simplemente de la paja, porque fue un año muy malo.

 

Los hermanos mayores estaban de arrendatarios en el cortijo de las Monteras. En el año 1945-46 les dejaron a sus hermanos menores (Alfonso, Antonio, Narciso y Ramón) dos hazas en ese cortijo, que habían estado de erial durante varias décadas, que sembraron de cebada; fue muy buen año y pudieron coger la cosecha; ese año los hermanos menores se habían quedado con 40 fanegas (veinte para sembrar y veinte de barbecho) en el cortijo del Tesorero, en el término de Úbeda, en la margen derecha del río Guadalquivir, donde estaban de arrendatarias varias familias de Fernán Núñez, que les cedieron esas 40 fanegas, porque al ser el año anterior tan malo no tenían recursos para labrar todo el cortijo al año siguiente.

 

Fotografía de las ruinas del Cortijo de El Tesorero, tomada de la web jaenescondido (https://www.jaenescondido.es/cortijo-del-tesorero.html)

 

Para los Muchachos ese arrendamiento sería providencial, porque les dio la oportunidad de arrendar al año siguiente un cortijo limítrofe, Novallas, donde labrarían los trece años siguientes. Pero eso se queda para el siguiente capítulo.

 

Así es como los Muchachos, tras dejar su cortijo en Náquez, donde la familia había estado de arrendataria desde finales del siglo XIX, pasaron a labrar otras tierras más alejadas de Canena, en el término de Úbeda, en la margen derecha del río Guadalquivir, primero el cortijo El Tesorero y después Novallas, tierras margosas y arcillosas del mioceno, aunque siguieron siendo labradores de tierra calma.

 

El 18 de octubre de 1945 moría su madre, María Manuela Reyes López, con 51 años, de diabetes. La madre de ésta, Ramona López García, había muerto en 1944, con 82 años. Al morir María Manuela sus hijos se quedaron huérfanos. El mayor, Alfonso, tenía 21 años. Entonces, su hermana mayor, Paquita (recordemos que, junto con Felipe y Francisco, era solo hermana de padre de los cuatro menores), que se había casado en 1939 con Lázaro Arza Godoy, se fue a vivir con sus hermanos menores, a hacerse cargo de la casa de la calle Baja, donde estuvo hasta que se casó Alfonso, en noviembre de 1948, con Juanita Lorite, hermana de los Frasquitos. Éstos eran carpinteros, oficio que ya ejerció su padre. Después de la guerra también tuvieron un estanco. Como carpinteros se quedaron con la madera del tejado y entresuelos de buena parte del castillo, que se había derrumbado en abril de 1943, y la utilizaron para hacer muebles.

 

Acabo aquí el cuarto capítulo de la historia de los Muchachos, animando a otros caneneros a que también nos hagan partícipes de lo vivido por sus familias en tiempos pasados. En el próximo artículo, los Muchachos, ya adultos, seguirán de labradores, primero en Novallas y después en las Atalayuelas (o Atarayuelas, como más comúnmente le decíamos a este cortijo situado en término de Vilches, entre los ríos Guadalimar y Guadalén), se irán casando y formando sus familias, y seguirán escribiendo su particular historia.


Texto de José Luis Reyes Lorite

 

 

 

 

 

 

 

 

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