Con más demora de la deseada, publico este tercer artículo sobre la historia de Los Muchachos de Canena, en el que abordaré fundamentalmente lo acontecido a los primeros Muchachos hasta el golpe de estado de 1936 y el inicio de la Guerra Civil. La historia del apodo de Los Muchachos comienza en 1910-1911, al quedarse huérfanos mi abuelo y sus hermanos, a lo que ya he hecho referencia en los artículos anteriores. El consejo de familia se constituyó el 21 de marzo de 1911, para administrar los bienes de los tres hermanos menores de edad, Bartolo, Sebastián y Felipe. El consejo acuerda que el tutor, su hermano mayor, Alonso, preste una fianza de 500 pesetas, que es lo que estiman que equivaldría al producto anual de los bienes inmuebles de los menores. También acuerda que el tutor reciba los frutos de los bienes de los menores en pago de sus alimentos. De acuerdo con ello, ante el escribano de Baeza don Fernando López Obregón se otorga escritura de fianza el 12 de abril de 1911, por la que el tutor, don Ildefonso Reyes Serrano, constituye fianza personal para responder de su gestión en el cargo que le ha confiado, por la suma de quinientas pesetas, y al efecto Ildefonso Reyes Reyes se constituye en su fiador solidario (éste debe ser el marido de su hermana María, que a su vez es su primo hermano, hijo de Catalina, hermana de Felipe Reyes Rascón). El 17 de mayo de 1911, ante el mismo notario, se aprueba la partición de bienes de sus padres, a la que ya me he referido con detalle en el capítulo anterior.
A partir de entonces Alonso el de los Muchachos, como le llamaban a mi abuelo, y los Muchachos de Alonso, sus hermanos menores, pasan a ser pequeños propietarios y labradores de uno de los cortijos de Náquez, el cortijo que labraba su padre, el de San José. María, su hermana mayor, ya estaba casada con Ildefonso Reyes Reyes, apodado el Sultán, y no participó en la gestión común de su patrimonio junto con sus hermanos. Por entonces, en 1911, Alonso tenía 25 años, Bartolo, 19, Sebastián, 16 y Felipe, 10. Por acta de la reunión del consejo de familia, de 21 de septiembre de ese año, sabemos las existencias con las que contaban los hermanos, ya que se hace una liquidación, cuyo resultado es: ganado de labor mular, importa su valuación 2850 pesetas; ganado vacuno, su valuación 1825 pesetas; ganado lanar, 540, y una cabra y un choto 50; ganado de cerda, su importe 2933 pesetas; de trigo fanegas 886, de cebada 500 fanegas, resultando del trigo su valor una fanega a 10 pesetas 25 céntimos hacen un total de 9080 pesetas y de cebada a 5 pesetas una, importa 2500 pesetas. Estos productos son debidos al producto que ha arrojado el cortijo de Náquez, que llevan en arrendamiento con su hermano el mayor y tutor de ellos, en cuyo producto está incluida la parte de su hermano el mayor que es la cuarta, que deducida del producto de los menores Bartolo, Sebastián y Felipe Reyes Serrano les queda 14695 pesetas.

Acta del consejo de familia de 21 de septiembre de 1911.
En sucesivas actas del consejo de familia (de 3 de febrero de 1913 y de 20 de septiembre de 1914) se hacen otras liquidaciones de las existencias de los menores.
En la última acta que figura en el libro del consejo de familia, ya solo de los menores Sebastián y Felipe (Bartolo ya tenía más de 21 años y, por tanto, era mayor de edad), de 5 de marzo de 1917, su tutor y hermano mayor, Ildefonso Reyes Serrano dijo: que teniendo los menores algún metálico ahorrado, creía conveniente adquirir para ellos la propiedad de una finca propiedad de Don Antonio Garrido Rus, vecino de Baeza, que radicaba en Canena, sitio Carrascal, pero que tal finca tenía 8 fanegas de cabida, y como los menores no pudieren adquirirlas todas, pero sí la mitad y no conviniendo deslindarlas por ahora, por la plantación de olivar en que habían de destinarlas, proponía al consejo que le autorizara para comprar para sus dos menores pupilos dos cuartas partes indivisas de referido predio o sea una cuarta parte para cada uno por el precio de 450 pesetas cada cuarta parte.
El consejo, previa deliberación y por unanimidad, acordó que se adquirieran para los menores las dos cuartas partes indivisas de referida haza en el sitio Carrascal, término de Canena, con cabida de 8 fanegas de tierra, propiedad de Don Antonio Garrido, y que linda por este con otra de Tomás Godoy, hoy de Francisco Reyes Muñoz, por poniente con Miguel Godoy, por sur con Juan Moreno y por el norte con el arroyo del ¿sitio? y Domingo Chiclana, y autorizar al tutor para que por el precio dicho otorgase la oportuna escritura a favor de los menores.
Esta documentación de las actas del consejo de familia nos da alguna información interesante. Acredita que, aparte de las fincas heredadas, continúan el arrendamiento del cortijo que labraba su padre en Náquez, el de San José, y que es del que obtendrían la mayor parte del “producto” que luego reflejan en estas liquidaciones. Y ese cortijo de San José posiblemente tuviera las mismas tierras que en 1889, cuando se describe en la partición de bienes que se hizo a la muerte de Josefa de Ayala y Quesada, II Vizcondesa de Begíjar. Según la escritura de partición, el cortijo de San José se componía de 26 parcelas (de extensión variable, la mayor de 287 fanegas y las menores de 3 fanegas), todas de tierra calma, con un total de 518,5 fanegas de extensión (250 hectáreas aproximadamente), más la casa cortijo, que tenía 320 metros cuadrados, con portal, cocina, pajar, tinado, corral y dos habitaciones. Además de este cortijo arrendado, labrarían sus propiedades en Canena, que, como ya vimos en el capítulo anterior, eran 21 fincas, la mayoría de olivar, con una extensión de 8,7237 hectáreas.
Por tanto, la parte principal de su explotación estaba en Náquez, donde, en la labranza del cortijo de San José, pasarían buena parte del año, como los labradores de los otros cortijos que allí había, posiblemente la mayor parte de ellos de Canena. En Náquez tenían ganado, mular para la labor, vacuno de leche, lanar y cabrío y de cerda. En 1911 no tienen caballar y asnal, pero sí en 1913 y 1914.
Y como labradores y pequeños propietarios conseguirían algunos ahorros, con los que compraron en 1917 la finca de 8 fanegas en el Carrascal, en ese momento de tierra calma, y que pusieron de olivar. Entonces las olivas[1] se plantaban de la manera que todavía los mayores de cincuenta años hemos conocido, haciendo hoyos y en ellos enterrando los palos de las ramas de las olivas. En el caso del Carrascal me contó mi padre que las plantaron jornaleros ibreños, pero no a jornal, sino a cambio de explotar ese terreno durante varios años. Esta fórmula, con diversas variables, ha sido corriente en los pueblos de la Loma de Úbeda en siglos pasados. Los “sorteros” plantaban olivar y viña a medias en la suerte que concertaran con el propietario; el sortero criaba las olivas y las viñas, de las que obtenía su producto, y al cabo de unos años (nueve normalmente) la mitad del terreno, cuando ya las olivas entraban en producción, se la quedaba el propietario, y la otra mitad bien pasaba a ser propiedad del sortero o se la quedaba el propietario a cambio del precio que pactaran.
Los cuatro hermanos debieron trabajar conjuntamente sus propiedades en Canena y las tierras arrendadas, el cortijo de San José de Náquez. En 1925 o 1926 Bartolo y Sebastián arrendaron otro de los cortijos de Náquez, de tal forma que el hermano mayor, Alonso, y el menor, Felipe, labraban el cortijo de San José y los otros dos hermanos, Bartolo y Sebastián, otro; a Sebastián le dio una paralisis con 21 o 22 años y “se quedó inútil”, en palabras de mi padre.
Ellos, Bartolo y Sebastián, dejaron el cortijo que labraban en Náquez en 1931 o 1932 y desde entonces solo labraron sus propiedades en Canena. Bartolo se había casado con la Chacha Juana (Juana Barragán Reyes), hija de Juan Barragán Herrera, que fue alcalde del pueblo durante la dictadura de Primo de Rivera, y con las propiedades del matrimonio tenía suficiente capital para vivir, habida cuenta además que no tenían hijos; y Sebastián era soltero. El nuevo arrendatario del cortijo que dejaron Bartolo y Sebastián fue otro canenero, Carrascal (Manuel Reyes Godoy), que se vino a este cortijo, con mejores tierras, dejando otro que tenía arrendado en la Cuadradilla, lugar cercano a Náquez, pero de peor calidad. Me contó mi padre que Carrascal, que tuvo once hijos, entre ellos Francisco Reyes Serrano, uno de sus mejores amigos, se murió en Náquez de repente en la noche anterior a San Isidro del año 1935, y lo tuvieron que traer a Canena en el único camión que había en el pueblo, propiedad de Cristóbal Torres; pero el camino de Náquez estaba intransitable para los vehículos porque había sido una primavera muy lluviosa y desde Náquez hasta el cortijo del Arquillo, próximo a la Estación de Linares-Baeza, tuvieron que llevarlo en un mulo.
El mayor de los cuatro hermanos, Alonso, mi abuelo, nacido en 1885, se casó en torno a 1912/1913 con María Josefa Rascón Rentero, natural de Begíjar, nacida en 1889. Tuvieron cinco hijos, aunque dos murieron con meses (Francisco, 1915-1916, e Ildefonso, 1920-1921). Los tres que vivieron fueron Paquita, nacida en 1914, Felipe, en 1917, y Francisco, en 1918. María Josefa Rascón Rentero debía tener un parentesco lejano con Alonso, cuya abuela paterna se apellidaba también Rascón, y su tatarabuelo, Juan Bautista Rascón, había nacido en Begíjar. María Josefa murió joven, con 32 años, el 31 de octubre de 1921, y sus padres criaron en Begíjar a sus nietos pequeños, que durante años pasaron buenas temporadas allí y mantuvieron buenas relaciones con sus parientes de Begíjar.
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| Matrimonio de Alonso y María Josefa, con sus tres hijos, Paquita, Felipe y Francisco, año de 1917. |
Mi abuelo, viudo y con tres hijos, no tardó en casarse. Lo hace con mi abuela, María Manuela Reyes López el siete de febrero de 1923; él tenía 37 años y ella 28. Según el acta de matrimonio, no lo hacen en la Iglesia, sino en el domicilio particular de la contrayente, acompañados de sus familiares. El acta de matrimonio se encuentra en el tomo 24 de matrimonios, años 1920 a 1925, del Registro Civil de Canena, folio 50, número 47, en su archivo municipal. Esta es su transcripción:
En la villa de Canena, hoy, día de la fecha, se procede a la transcripción del acta de matrimonio canónico, cuya copia es como sigue.
“En la villa de Canena, a siete de Febrero de mil novecientos veintitrés, hallándome yo, el infrascrito D. Miguel Herrera Godoy, Juez municipal del distrito de esta villa, en el domicilio particular adonde me trasladé para asistir, en cumplimiento de lo dispuesto en el artº. 77 del Código civil, a la celebración del matrimonio canónico convenido entre Ildefonso Reyes Serrano y M.ª Manuela Reyes López, y en virtud del aviso previo que de los mismos recibí, Declaro: que a mi presencia ha procedido el presbítero D. Andrés Fernández Fernández, cura párroco de la Iglesia parroquial de esta villa, a unir en matrimonio canónico a los referidos Ildefonso Reyes Serrano, de edad treinta y siete años, de estado viudo, natural de Canena y vecino de la misma, hijo legítimo de Felipe y de Francisca, y a M.ª Manuela Reyes López, de veintiocho años, de estado soltera, natural de Canena y vecina de la misma, hija legítima de Antonio y de Ramona, habiendo asistido a dicho acto, además de las personas de la familia de ambos contrayentes, los testigos presenciales Juan José Fernández Linares y Juan José Fernández Arévalo, vecinos de esta villa, viudo y casado respectivamente y empleados. Y para que conste, levanto la presente acta de inscripción del expresado matrimonio, la cual será transcrita inmediatamente en la sección de matrimonios del Registro civil del Juzgado municipal, a los efectos del art.º 77 del Código civil, firmándola conmigo los testigos, de que certifico”.

Acta de matrimonio de Alonso y María Manuela.
Mi abuela había nacido en 1894, hija de Antonio Reyes Ruiz (del que ya referí en el anterior capítulo que también fue labrador en uno de los cortijos de Náquez) y de Ramona López García. Por parte de Ramona, los segundos Muchachos y otros caneneros tienen antepasados ruseños, ya que su abuela paterna, Juana Trillo Godoy, era de Rus; uno de sus hijos fue Juan López Trillo, el abuelo materno de mi abuela María Manuela Reyes López; nacido en 1832 y fallecido en 1912, tuvo once hijos, entre ellos a Ramona López García, abuela materna de mi padre. Como anécdota diré que mi padre me relacionaba el nombre de su abuela y de sus diez hermanos, de mayor a menor, sin siquiera haber conocido probablemente a todos ellos. Antonio y Ramona tuvieron cuatro hijos: Migiuel, María Manuela, Antonia y Carmen. Antonio falleció el 23 de marzo de 1909, a los 46 años, y su viuda, Ramona, destinó la mayor parte del patrimonio familiar a darle estudios a su hijo Miguel, que hizo el bachiller posiblemente en Baeza y después la carrera de Medicina, creo que en Valencia; debió acabarla en torno a 1915 y al poco tiempo lo destinaron a Quero, donde fue uno de los fundadores de la Casa del Pueblo y donde todavía es recordado, según me ha contado un historiador local de allí, por la buena atención que prestó a los enfermos, especialmente a los de menos recursos económicos. A Quero iban a visitarlo su madre y sus hermanas, de tal forma que una de ellas, Antonia, se puso novia y se casó con Gregorio Castellanos Ortiz-Villajos, quereño, comerciante. En el próximo capítulo retomaré las vicisitudes que pasó esta familia a partir de 1936.

Árbol genealógico de María Manuela Reyes López, mi abuela paterna.
Felipe, el hermano menor de mi abuelo, que labraba el cortijo de San José junto con él, falleció el 20 de enero de 1927, con 26 años. Había estado tres años en la guerra de África y parece que murió de una pulmonía. Su mujer, Antonia Reyes López (prima hermana de mi abuela paterna, María Manuela Reyes López), se quedó viuda con 23 años, con una hija de menos de tres años, Francisca Reyes Reyes; su segundo hijo, Felipe, nació 9 días después del fallecimiento de su padre, el 29 de enero de 1927. Se habían casado el 1 de mayo de 1924, él con 25 años y ella con 21. Ella no siguió como arrendataria y mi abuelo le compró su parte de la labor (bestias, ganados, aperos); cuando murió mi abuelo, en 1938, todavía no había terminado de pagárselas y siguió haciéndolo mi abuela después.
Del matrimonio de mi abuelo Alonso y mi abuela María Manuela nacieron cuatro hijos: Alfonso, en 1924, Antonio, en 1926, Narciso, en 1928, y Ramón, en 1929. El cortijo lo labraban en aparcería; por cada seis fanegas y media de grano recolectado le daban dos al propietario; el sistema de labranza era el de año y vez, la mitad se sembraba de cereal, trigo o cebada; la otra mitad se dejaba descansar y se preparaba para sembrarla el año siguiente, aunque una parte de esas tierras se sembraba de leguminosas, garbanzos en su mayoría y habas A la parte que no se sembraba se le daban varias labores durante el otoño, invierno y primavera, arándola normalmente hasta tres veces (alzar, vinar y terciar), para prepararla para la siembra de finales del otoño siguiente. La labor principal en la hoja que se sembraba de trigo o cebada era la escarda, para quitarle la yerba con la azada; y ya a esperar a que granara el cereal para segarlo en verano y llevarlo a la era para trillarlo. Todas estas labores eran manuales, en las que los labradores, ellos mismos o los jornaleros contratados, ayudados por herramientas y las bestias de labor (en esta época ya no tenían bueyes, solo mulos), realizaban todas las tareas. Mi padre me contó que en los últimos años que labraron en Náquez ya tenían una cosechadora para segar, tirada por mulos, pero no sé exactamente desde cuándo. En esos años de finales de la década de los veinte y la de los años treinta mis abuelos pasarían buena parte del año en Náquez, en el cortijo de San José.
Sobre ello, alguna cosa me contó mi padre. De cómo transcurría la vida, el trabajo allí, mi padre tenía muchos recuerdos, desde su niñez hasta su juventud; él nació en 1926 y dejaron Náquez en 1944, cuando no había cumplido los dieciocho años. Allí pasó buena parte de su vida en la niñez, en unas condiciones duras, con sus padres y sus hermanos, ayudando en las tareas del campo, aunque fueran niños. El primer recuerdo que me refiere era de cuando podía tener seis años, en 1932; entonces su padre tenía cabras y fue al campo a llevarlas muy pocas veces, con su hermano Alfonso, dos años mayor; esa primera vez que fue, lo hizo porque el cabrero que tenían cuidándolas libró un día para irse a la Feria de Linares; la leche de las cabras la llevaban a Linares todas las madrugadas, normalmente sus hermanos mayores, Felipe y Francisco, a varias confiterías y a otros sitios. Me cuenta que otro día de ese verano se llevaron una sandía para comérsela en el campo, cuando estuvieran cuidando a las cabras; cuando estaban en un rastrojo que limitaba con un olivar de otra finca, del cortijo de la Carrera del Caballo, en el que había una fuente, se acercaron a ella y allí se pusieron a comerse la sandía, con la mala suerte que llegó el dueño de un melonar que había en la finca, en el que había también sembradas sandías, y pensó que la habían robado, y empezó a echarles la bronca y ellos, que eran unos nenes, aunque le dieron explicaciones, comenzaron a llorar, hasta que el hombre les preguntó de quién eran y cuando le dijeron que de Alonso Reyes, al que el hombre conocía, entonces los creyó. Después, cambiaron las cabras por los marranos, que podrían tener cerca de un centenar; los barracos y las madres parideras solían tenerlos diez años (me contó que tras parir, cada lechón se asigna a una mama de la madre y que a veces algún lechón se iba quedando más pequeño que los demás –a estos los llamaban guarines- y alguno moría); estaban mamando siete semanas aproximadamente y los vendían cuando tenían casi dos años y 80 o 90 kilos (las cerdas paren cinco veces cada dos años, en cualquier época del año, entre ocho y diez lechones cada vez, pero solo se dejaban para criar 5 o 6 y los 2 o 3 restantes los mataban a los 20 o 25 días de nacer, y esa era la carne más rica que comían). Eran cerdos ibéricos, ya que los blancos, que llamaban “murcianos”, no se adaptaban a vivir en el campo; venían los carniceros de Linares a comprarlos (para venderlos, se presentaban los carniceros en Náquez, por la mañana temprano, porque los marranos había que pesarlos antes de que comieran), con independencia de los que ellos mataban para su avío. Los cerdos eran camperos, los llevaban a comer al campo, a donde podían, al mancomún que tenía Náquez, a las riberas de los ríos, a los rastrojos; en verano los sacaban a las tres de la mañana hasta el amanecer, luego los traían al cortijo y después los volvían a llevar al campo por la tarde. Un día de verano, estaban mi padre y su hermano Ramón en un rastrojo con los marranos, que estaban tranquilamente comiendo el grano que quedaba tras la siega, el de la avena (me cuenta que había dos clases de avena, la loca, considerada mala hierba, que al granar no se quedaba en la espiga, sino que el grano se desprendía y caía a la tierra, y la buena, que se sembraba y que sí se podía segar; la primera había que sacarla del campo antes que se cayera a la tierra, para evitar que cada año hubiera más, y su grano era aprovechado por los marranos, junto con el trigo o la cebada que quedaba tras la siega) y el del trigo o cebada que se había segado; en mitad del rastrojo, las ruedas de los carros habían dejado la huella de haber pasado a sacar la cosecha y allí se tumbaron a descansar, quedándose dormidos; cuando despertaron se encontraron que el rastrojo había ardido, con la suerte de que ellos no sufrieron ni siquiera ninguna quemadura y ni se habían enterado, y los marranos estaban en otra zona, fuera del rastrojo.
En verano dormían en la era, próxima al cortijo. Un día de julio de 1936, pocos días antes del inicio de la guerra, al levantarse después de pasar la noche durmiendo en la era, fue mi padre al cortijo, donde había un señor bien vestido, con su sombrero, al que dio los buenos días; después le dijo su padre que era el Vizconde de Begíjar, que mi padre no conocía (este fue el único día que lo vio). Era el cuarto Vizconde, José Contreras y Escobedo (1879-1936), sobrino del tercero, hijo de su hermano Antonio Contreras Ayala. El tercer Vizconde, fallecido en 1917, repartió su patrimonio entre sus sobrinos y al que heredó el título le dejó solo el cortijo de San José, que había labrado mi bisabuelo, luego mi abuelo y después mi padre y sus hermanos. El IV Vizconde venía de Martos e iba a Madrid y se bajó del tren en la Estación de Vadollano, desde donde fue andando hasta Náquez, para pedirle dinero a mi abuelo, el arrendatario de su cortijo; siguió su viaje a Madrid, donde lo matarían no mucho después en Paracuellos del Jarama. Este cortijo, el de San José, lo heredaron dieciocho sobrinos, al no tener el Vizconde hijos, y lo vendieron después, lo que supuso que mi familia tuviera que abandonar Náquez. Eso queda para el próximo artículo.
El cortijo San José todavía está en pie, medianamente conservado, aunque ha sufrido alguna reforma y hoy es, al igual que la mayoría de los cortijos de Náquez, de gente de Canena. Parte del suelo está empedrado; y creo que mi padre y mi tío Narci, en la última visita que hicieron a Náquez juntos, a los que acompañamos algunos de sus hijos, el 14 de noviembre de 2015, refirieron que ese empedrado y la obra del dormitorio –lo llamaban el cuarto nuevo, donde dormían todos los chiquillos, y que se lo cogieron al pajar- la hicieron en 1934. Según mi padre, de tierra tenía 250 cuerdas (según he referido más arriba el cortijo de San José tenía alrededor de 250 hectáreas, por lo que no sé si mi padre confundió las cuerdas con las hectáreas), en varias hazas. Allí trabajó de mulero Pepe Serrano, padre de los hermanos Francisco y Juan Serrano Jódar.
Mi padre siempre fue a la escuela en Canena, pero sus hermanos mayores y menores fueron, al menos algunos años, a la escuela de Vadollano, a tres kilómetros de Náquez, donde había una estación de tren. En Canena, sus maestros fueron Blas Poyatos, Francisco Blanco y Pedro García. Del segundo me contó que solía pegar a los niños y del tercero la anécdota de la primera radio que vino a la escuela; para pedirla tuvieron que firmar todos los niños, se la concedieron y fueron todos a la estación del tranvía a recogerla, junto con el maestro, don Pedro García, que era hijo del secretario del ayuntamiento (ver el nombre); fue el único día que los escolares vieron y oyeron esa radio, porque Don Pedro se la llevó a su casa y ya no la volvió a llevar a la escuela. Mi padre la dejó con 11 años, en 1937, para ayudar en el campo, ya que a sus hermanos mayores se los llevaron al frente, a Felipe en 1937 y a Francisco en 1938.
Cuando estalló el golpe, el 18 de julio de 1936, él estaba en Náquez y en su casa de Canena solo se habían quedado su hermana Paquita y su abuela materna, Ramona. Su padre decidió regresar a Canena una semana después, con su mujer, y sus hijos menores, saliendo una madrugada del 24 o 25 de julio hacia Canena, con mulos y una yegua, vadeando el Guadalén y el Guadalimar por Corralrrubio, en un viaje en el que tardaban dos horas aproximadamente, ya que por la Estación de Baeza no podían pasar.
Termino con el inicio de la Guerra Civil este tercer capítulo.
[1] Para los que lean esto y no sean de Canena o de la provincia de Jaén, conviene aclarar que cuando hablamos aquí de “oliva” nos referimos al árbol, al olivo, no al fruto, a la aceituna.
Texto de José Luis Reyes Lorite









