Concluía el anterior capítulo en los años 1945-46, una vez que los Muchachos se habían visto forzados a dejar Náquez y comenzaban otra etapa como labradores en cortijos de Úbeda, próximos al Guadalquivir.
En esta etapa desde mediados de los años cuarenta hasta finales de los cincuenta del siglo pasado será cuando ya todos los hermanos pasen a ser mayores de edad (el menor, Ramón, había nacido en 1929), se casen y tengan sus primeros retoños. Será un periodo de relativa estabilidad y progreso, en el que permanecerán todos juntos (los seis hermanos varones, con los matices que veremos), labrando el cortijo de Novallas.
1. LA LABRANZA. NOVALLAS.
De la hermana mayor, Paquita, es de la que menos información tengo, ya que no labró junto con el resto de los hermanos los cortijos que arrendaban (en realidad, lo hacían en aparcería, no en arrendamiento).
El cortijo de Novallas formará desde el otoño de 1946 parte de la historia de nuestra familia. Los que nacimos después de que nuestros padres dejaran el cortijo hemos tenido referencias constantes por el vivo recuerdo que tenían ellos, y los primos mayores directamente tuvieron allí vivencias de niños. Novallas está situado en la margen derecha del río Guadalquivir, en la campiña ubetense, aunque en el mapa topográfico escala 1:50000 se incluye en la hoja 927, de Baeza, por ser este el núcleo urbano de mayor entidad que aparece en dicho mapa.
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| Hoja 927 (Baeza) del mapa topográfico escala 1:50000, edición de 1932, donde aparecen, entre otros, los cortijos de Tesorero y Novallas |
En la campaña agrícola 1945-46, como indiqué al final del último artículo, los hermanos mayores, Felipe y Francisco, estuvieron separados de los menores, Alfonso, Antonio, Narciso y Ramón. Estos últimos labraron una parte del cortijo del Tesorero, 40 fanegas, en dos hazas (sembraron 20 de trigo y 10 de garbanzos), que les subarrendaron unos labradores de Fernán Núñez; en la casa-cortijo les dejaron solo una habitación y servicio de cocina y sitio en la cuadra para dos mulos. Allí estaban en contacto con el terrazguero del Tesorero -Gaspar “de los gaspares”, le llamaban-, con el que tenían muy buen trato, y conocían también al terrazguero del cortijo lindero, Novallas, Ginés, que era de Sabiote. En 1946 hubo muy buena cosecha; ocurrió que el arrendatario de Novallas intentó escamotear parte de ella, ocultando parte del trigo cosechado, pero el terrazguero (era la persona encargada por los propietarios de los cortijos de vigilar, medir y pesar toda la cosecha, para determinar la parte, el terrazgo, que le correspondía al dueño, teniendo la obligación el arrendatario de darle comida y cama) se percató de ello y lo puso en conocimiento de la propietaria, que a punto estuvo de denunciarlo, pero el labrador desistió del arrendamiento para evitar ser denunciado. El terrazguero de Novallas comentó este hecho al del Tesorero y éste le sugirió que los Muchachos de Canena posiblemente estarían interesados en labrar Novallas. Se lo comentaron a mi padre (en esas fechas, con 19 años recién cumplidos, era el mayor de los tres hermanos que estaban allí labrando, ya que su hermano Alfonso, el mayor de los menores, estaba haciendo el servicio militar en Madrid) y le dieron la dirección de la propietaria, Doña Antonia Moreno Muñoz, en Úbeda, a cuyo marido e hijo habían matado durante la guerra. Mi padre fue a Canena y le explicó la situación a sus tíos, Bartolo y Sebastián, ya en la tarde-noche de un día de agosto de 1946, sabiendo que sus hermanos mayores, Felipe y Francisco, estarían dispuestos a compartir la labor de ese cortijo, ya que en el que estaban, y en el que llevaban dos años, las tierras eran de peor calidad y no les iba bien. Su tío Sebastián se ofreció a ir con él y a la mañana del día siguiente tomaron el tranvía a Úbeda, trataron con la señora, que antes de cerrar el trato les pidió un informe del cura y del alcalde. En los días siguientes varios labradores de Úbeda se enteraron de que Doña Antonia quería arrendar Novallas y se ofrecieron también (entonces había más oferta de labradores que demanda de tierras para labrar), pero Ginés, el terrazguero, que conocía a los Muchachos, intercedió por ellos con la señora, indicándole que no debía cerrar un trato con labradores de Úbeda sin hablar antes con los Muchachos de Canena; así que se vinieron en el coche de Doña Antonia a Canena para plantearles que si querían labrar Novallas tenían que firmar de inmediato el contrato. Así que subieron a Úbeda Francisco o Felipe y mi padre para cerrar el trato, aunque el contrato lo firmaron todos los hermanos.
Novallas era un cortijo, pero, como la mayoría de los cortijos, no una propiedad cerrada en una sola parcela, sino dividida en varias hazas de distinto tamaño (16 hazas tenía, según mi padre), que sumaban un total de 380 fanegas, en torno a 180 hectáreas. Esta configuración de los cortijos se puede apreciar en el plano del polígono catastral 84 de Úbeda, donde aparecen las distintas parcelas de los cortijos de Ahorcacopos, Raticas, Tesorero, Novallas…, sin formar una unidad territorial única en cada caso.
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| Plano del polígono catastral 84, de Úbeda, escala 1:5000. Instituto Geográfico y Catastral, 1949 |
El levantamiento topográfico de estos planos de los polígonos catastrales se hizo en la segunda mitad de la década de los cuarenta. Los de Canena se levantaron en 1946 y mi padre recordaba que un primo suyo, Francisco Jódar Reyes, Franci el de los Cholas, que apenas tenía 16 años, acompañó a los topógrafos en el trabajo de campo buena parte del verano de ese año.
Volviendo a Novallas, los hermanos acordaron que los mayores, Felipe y Francisco, llevarían la mitad y los menores la otra mitad de la explotación, como ya habían hecho en el cortijo de San José, en Náquez. Para ello, tenían que dividir por mitad las tierras del cortijo, con distintas parcelas; no era fácil y vieron que lo más viable era que las cultivaran todas en común y dividieran los gastos y los ingresos por mitad; y así lo hicieron. Para labrar adecuadamente el cortijo necesitaban al menos cuatro pares de mulos; Felipe y Francisco tenían dos pares y los hermanos menores solo uno, así que éstos compraron dos mulos más en la Feria de Linares, a finales de agosto. En el caso de los menores, en los primeros años que estuvieron en Novallas permanentemente solo estuvieron tres de los cuatro, ya que primero Alfonso, y sucesivamente Antonio, Narciso y Ramón, tuvieron que irse a hacer la mili, que entonces era de 24 meses.
La casa del cortijo se partió, unas habitaciones para los mayores y otras para los menores, habiendo también otras habitaciones comunes para todos; en principio no hicieron ninguna obra. Había camas de sobra y allí dormía de vez en cuando la pareja de la guardia civil, que iba a pie haciendo su servicio por el campo.
Actualmente el cortijo se mantiene en buen estado, se le han ido añadiendo algunas dependencias, fundamentalmente cocheras. El entorno agrícola se ha ido transformando y hoy mayoritariamente es olivar, quedando ya pocas hazas de tierra calma.
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| Vistas de Novallas (1) desde las ruinas del cortijo de Tesorero, entorno del cortijo y fachada principal en su estado actual. Fotos tomadas por mi sobrino Antón García Reyes |
Cuando entraron en Novallas, lo primero que hicieron fue brabanear los rastrojos. Después (o incluso antes de terminar de brabanear en el barbecho) se hacía la “simienza”, la siembra del trigo y la cebada y algo de avena. Se cultivaba a año y vez; la mitad se sembraba y la otra mitad se dejaba de barbecho. En la hoja que se cultivaba, que había descansado el año anterior, primero se sembraba y rastreaba a la vez, para enterrar la simiente; cuando el cereal tenía un palmo se le pasaba la rastra; después se escardaba, con el escardillo, y por último se segaba. En los barbechos, en la tierra que se había cosechado el año anterior, tras el brabaneo, se binaba y se terciaba, para preparar la tierra para la siembra de cereales de la campaña siguiente; en el barbecho una parte se sembraba de garbanzos o habas (las tierras mejores, menos de un tercio del barbecho) y aquí solo se binaba. En el ruedo del cortijo, aparte de la era y un pozo, había una alcaucilera y una parte se reservaba para verde para las bestias de los labradores. El trigo se sembraba entre noviembre y diciembre, a manta (por delante iban los hombres echando la semilla y detrás los mulos con el arado, enterrándola) y los garbanzos entre febrero y marzo, a chorrillo. En sembrar el cereal se tardaba más de un mes y el primer año, en diciembre de 1946, el último día de la siembra fue muy frío y llegó a nevar. Otro año, la primavera fue muy lluviosa y no se terminaron de sembrar los garbanzos hasta después de San Marcos, a finales de abril.
Novallas lo arrendaron en 1946 (los contratos se iniciaban el primero de septiembre o el día de San Miguel, 29 de septiembre), por seis años. Al entrar, compraron los barbechos al anterior arrendatario (al terminar un contrato de arrendamiento, el labrador que terminaba el contrato tenía derecho a sembrar y cosechar la hoja que había estado de barbecho la campaña anterior y que él había preparado para sembrar al año siguiente, salvo que, como en este caso, llegara a un acuerdo con el nuevo labrador y le vendiera ese derecho a sembrar y cosechar), los sembraron y cosecharon.
El primer contrato de seis años fue desde septiembre de 1946 a septiembre de 1952, seis campañas agrícolas, la aparcería a razón de 8/2 ((de ocho partes de la cosecha tenían que entregarle dos a la propietaria). Lo renovaron otros seis años, desde septiembre de 1952 a septiembre de 1958, a razón esta vez de 7/2. Además, le tenían que entregar en su domicilio en Úbeda, dos pollos por cada mes (le llevaban los 24 pollos cada año por Navidad) y dos pavos en Navidad. Ellos no los criaban en el cortijo, sino que se los compraban en el mercado de Úbeda. También le correspondía a la propietaria la mitad de los alcauciles y en este caso la propietaria mandaba a un operario con dos yeguas cuando era la época de la cosecha de los alcauciles y se llevaba los que quería. En otros contratos de arrendamiento he visto que a estas obligaciones de los arrendatarios con los propietarios, a estas entregas en especie, las llamaban dádivas.
Al segundo año de estar en Novallas compraron otro par de mulos, un mulo los hermanos mayores y otro los menores, con lo que ya contaron con cinco pares de mulos. También compraron una segadora, por lo que solo el primer año, la cosecha de 1947, la siega se hizo a mano, con hoz. En cuanto a los jornaleros que llevaban allí, los primeros años la mayoría fueron de Canena, pero después emigraron muchos y llevaban jornaleros de Jódar, Úbeda, Solera, Larva... Había personal fijo, muleros y caseros (la casera era Francisca Romero Siles, que estaba allí con su hijo Paco, que pronto empezó a trabajar), que eran caneneros. En la época de la recolección, que podía durar 40 días o más, se juntaban cinco trilleros (con los cinco pares de mulos) y siete u ocho en el resto de trabajos de la era (encerrar el trigo…), segadores podían ser 12 o 14, que se redujeron a 2 cuando se compró la segadora. Escardando podían ser 15 o 20 trabajadores.
Una vez que se había segado el cereal y barcinado (llevado a la era), entraban en el campo los espigadores, los que cogían las espigas que habían quedado; estaban en el campo prácticamente el mismo tiempo que los segadores y no iban a jornal, sino que de lo que cogían tenían que dejar la mitad a los cosecheros, a los labradores. Para ello llevaban las espigas que cogían a la era y una vez trilladas, la mitad del grano se les daba a los y las espigadores (en este caso solían ser mayoritariamente mujeres o zagales) y el resto se lo quedaban los labradores. El trigo en Novallas lo encerraban, lo almacenaban, en la habitación donde dormían los Muchachos el resto del año, en la planta baja, de donde sacaban las camas; ellos -mi padre y mis tíos- la siesta la echaban en esa habitación, encima del trigo, y por la noche dormían en la era o en la misma habitación, encima del trigo. Las espigadoras dormían en la planta de arriba, en un granero, donde había varias habitaciones grandes para graneros; también en otra de las habitaciones dormían los segadores, si era necesario encima del trigo. El racionamiento en España estuvo vigente hasta 1952; o sea, que los primeros años que labraron en Novallas había racionamiento y los últimos, no; ellos debían entregar el cereal al Servicio Nacional del Trigo, una parte, un cupo, a un precio tasado, bajo, y el resto al precio del teórico mercado libre, más alto, quizá al doble; pero no siempre era así, y parte se lo quedaban los cosecheros para comercializarlo, estraperlarlo; lo llevaban a la Estación de Jódar; al menos en los últimos años le daban el valor dinerario en el acto, en recibos, y luego iban al banco a cobrarlo. Alguna vez trajeron algún grano al silo de Canena. Por entonces, en Canena eran ellos de los que más trigo cosechaban.
Para hacernos una idea de cómo vivían en el cortijo, mi padre me contó que al principio dormían encima de las mantas directamente. Cuando se casó mi tío Alfonso con mi tía Juanita, en noviembre de 1948, se fueron unos días a Novallas y llevaron sábanas, y las dejaron allí, y desde entonces ya el resto de los hermanos durmieron en el cortijo en sábanas.
En Novallas contrataron a varios caneneros que tras la guerra civil habían estado en prisión y ya habían salido de la cárcel, como Manuel Megías Ruiz y Saro, Juan María Molina Jódar, hermano del padre de Pedro Molina Arévalo, el antiguo electricista de Canena, que eran buenos trabajadores. Manuel Megías fue en varias ocasiones en los años veinte y treinta concejal y alcalde de Canena, cargo este último que ocupaba en el verano de 1936, cuando una cuadrilla de milicianos foráneos quisieron llevarse a seis personas de derechas que habían detenido y encerrado en el castillo, lo que fue impedido por Manuel Megías y otros compañeros, siendo los presos liberados para evitar su posterior captura y ejecución; ese hecho marcaría en buena manera la historia de Canena tras la guerra, ya que al no haberse producido ningún asesinato -lo que lamentablemente sí sucedió en otros pueblos de la provincia de Jaén, como en Rus-, no hubo después, acabada la guerra, ninguna condena a pena de muerte en los consejos de guerra a los dirigentes republicanos de Canena. El 28 de febrero de 2004 el ayuntamiento de Canena le concedió a Manuel Megías el título de Hijo Predilecto de Canena y el 27 de noviembre de 2020 se le puso su nombre al parque del Arroyo de la Salud, cuya placa se descubrió el 12 de septiembre de 2021, en un acto al que asistieron algunos de sus nietos.
También Juan María Molina Jódar llegó a ser alcalde de Canena entre marzo y abril de 1938.
Estos y otros caneneros eran contratados por los Muchachos a través de su hombre de confianza, Juan García Molina, “Ramales”, que tenía buen trato con ellos. Según fueron pasando los años dejaron de contratar a gente de Canena, unos porque emigraron, otros porque se jubilaron o murieron, y contrataban a gente de Úbeda, de Jódar, de Larva.
Tras la última cosecha del primer contrato de seis años, la de 1952, y la confirmación de que seguirían otros seis años más, en 1953 se decidieron a comprar un tractor, el primer tractor que hubo en Canena. Fue un Fordson Major de color azul, de 36 caballos, fabricado en Inglaterra. No he logrado encontrar una foto de nuestro tractor, que sería similar a este que he tomado de internet.
Por entonces la compra de un tractor no era sencilla, no había un mercado libre ni una oferta amplia para elegir y comprar un tractor. Todavía en España no se fabricaban. Para adquirir un tractor había que solicitarlo al Estado, que los adjudicaba mediante el Programa Oficial de Adjudicación de Tractores, para lo cual había que cumplir una serie de requisitos, entre ellos tener una superficie mínima de explotación. Una vez adjudicado, fabricado en Inglaterra, llegaba al puerto de Barcelona, donde estaba su distribuidor, y desde allí por tren hasta la Estación de Jódar, próxima a Novallas, donde lo recogieron los Muchachos; costó 140.000 pesetas, comprado por mitad por los hermanos mayores y menores. Con el tractor mejoró mucho la labor y la producción, que pudo subir de un 25 a un 30 por ciento. Por ejemplo, si en la siembra con los mulos se tardaban 40 a 45 días, con el tractor se sembraba en 15 días. Por otra parte, se ahorraba en cebada, que ya no había que destinarla al consumo de los mulos, de los que solo quedaron dos pares (en referencia a los mulos, mi padre me contó que cuando un mulo moría en el campo, lo dejaban allí, ya que pronto los animales carroñeros se encargarían de él, sobre todo los grajos; en el caso de Canena, si moría un animal en el pueblo, lo sacaban arrastrándolo hasta las afueras, al campo, y allí lo dejaban, que pronto acudirían los grajos y los buitres). También se necesitaba menos personal. La segadora la habían comprado en 1948 (antes de tener el tractor, eran los mulos los que tiraban de ella) y la trilladora se compró en el otoño de 1953, para la cosecha de 1954.
Al tractor se le acopló una sembradora, que tenía 15 chorros, pero estaban muy próximos y ellos la modificaron y los dejaron en diez o doce chorros, comprando escardillos con el ancho exacto para la escarda de la tierra que quedaba entre chorro y chorro, facilitando la labor. También compraron una trilladora ese mismo año; y una moto, una Lube de 125 c.c., que les facilitaría los traslados entre Canena y Novallas. Los primeros años de labrar allí, antes de comprar la moto, iban desde Novallas a pie hasta Úbeda y desde Úbeda a Canena en tranvía, o en bestia desde Novallas hasta Canena, en un trayecto en el que se tardaban cuatro horas, y lo normal es que cada hermano viniera a Canena cada quince días, desde un sábado por la tarde hasta un lunes por la mañana, que de regreso a Novallas, en Úbeda se pasaban por el mercado para hacer la compra y desde allí al cortijo; otras veces iban en bici desde Canena. Con la moto, el tiempo y la frecuencia de los viajes se redujeron notablemente, en unos años en que ya unos hermanos se habían casado y otros estaban novios. Como libraban del trabajo un día a la semana, solían salir de Novallas por la tarde, tras haber trabajado ese día, pasaban en Canena el día siguiente entero y volvían bien a última hora de ese día o a primera hora del día siguiente; incluso a veces iban en la moto dos de los hermanos a pasar la tarde a Canena y volvían a la mañana del día siguiente.
Cuando se casaron mis padres, en 1955, le pidieron permiso a la propietaria, Doña Antonia, para levantar un tabique y hacer una habitación en un pajar y abrieron una puerta hacia la cocina. Los chachos Felipe y Francisco ya tenían otra habitación para cuando iban sus mujeres, en la planta de arriba.
En febrero de 1956 tuvo lugar una fuerte ola de frío (en realidad fueron tres casi consecutivas) y se helaron los cereales, que dependiendo de la variedad y de cómo estaban de crecidos se recuperaron unos más y otros menos; en el caso de Novallas, la cosecha se pudo salvar y fue mediana, cogiéndose en una fanega de tierra ocho fanegas de trigo, cuando lo normal podía ser el doble.
Algunos de mis primos mayores tienen buenos recuerdos de Novallas, pues pasaron allí temporadas, sobre todo en los veranos, cuando eran pequeños, acompañados de sus madres. Incluso mi hermano mayor, Alfonso, nacido en mayo de 1958, fue alguna vez a Novallas con mi madre, apenas con un año cumplido.
Los Muchachos eran buenos labradores y consiguieron mejorar la producción en el cortijo; eso animó a la propietaria, que pensó que podía explotar directamente sus tierras y por eso no les renovó el contrato en 1958; no fue buena idea, a la propietaria no le fue bien y a los pocos años vendió el cortijo. Ellos, tras sembrar y coger la cosecha de 1959, dejaron aquel cortijo, que siempre se ha mantenido en su recuerdo, y a partir de 1960 cambiarían de nuevo de entorno paisajístico y agrícola, aunque seguirían de labradores, como ya veremos.
A la par que esos años labraban en Novallas, cultivaban sus parcelas de tierra calma y olivar en Canena, la mayor parte heredadas, que incrementaron al dejarles su tío Bartolo sus propiedades en aparcería y, tras la muerte de éste y de su hermano Sebastián, heredar algunas propiedades más. Retomando a los primeros Muchachos, su tío Sebastián, que era soltero, murió en 1955, y su tío Bartolo, casado sin hijos, en 1963; sus propiedades las heredaron sus once sobrinos, entre ellos mi padre y sus seis hermanos. Además, con los beneficios que consiguieron en Novallas, compraron alguna finca más en Canena. Eso propiciaría que a los pocos años pudieran afianzarse como pequeños propietarios en Canena y dejaran de labrar en cortijos más alejados del pueblo.
2. TRAYECTORIA VITAL Y FAMILIAR
En este apartado voy a dar algunas pinceladas de cómo transcurrieron estos años individual y familiarmente para la segunda generación de los Muchachos, mi padre y sus hermanos. Aparte de su faceta como labradores, como ya he dicho, son los años de su juventud y madurez, hacen el servicio militar, se casan y tienen hijos.
Mi tía Paquita, la mayor, se casó con Lázaro Arza Godoy el 4 de octubre de 1939, pocos meses después de acabada la guerra.
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| Acta de matrimonio de Lázaro y Paquita |
Tuvieron dos hijos, Miguel, nacido en 1942, el mayor de los primos, médico, ya fallecido, y María Josefa, en 1948, maestra. Al casarse se fueron a vivir a la calle Manuel Reyes (calle Baja), enfrente de la Cooperativa San Marcos, donde vivieron toda su vida, salvo de 1945 a 1948. En 1945, al morirse en octubre mi abuela paterna, madrasta de mi tía Paquita, ella durante tres años se hizo cargo de la casa donde vivían sus hermanos menores, que se habían quedado huérfanos, hasta que se casó mí tío Alfonso con mi tía Juanita, y entonces fue esta última la que la relevó en ese menester. Mi tía Paquita falleció en 2000, con 86 años, y su marido, Lázaro, en 1990, con 79 años.
Mi tío Felipe, que había sido movilizado en la guerra, una vez que volvió a Canena tuvo que hacer la mili durante tres años, destinado en Sevilla, en Capitanía General, donde coincidió con Rufino Herrera Godoy, el hermano menor de mi abuela materna. Ya novio con mi tía, Carmen Lorite Herrera, se casaron el 15 de abril de 1944.
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| Acta de matrimonio y foto de boda de Felipe y Carmen |
Vivieron primero en la calle Baja y en 1961 se mudaron a su última vivienda, en la actual calle Federico García Lorca. Tuvieron cuatro hijas y dos hijos, aunque las dos primeras hijas murieron prematuramente. Sus hijos son Ildefonso (Alonsi), nacido en 1945 y fallecido hace unos años (padre de los conocidos jugadores de baloncesto Alfonso y Felipe), Manuel, nacido en 1946, María Josefa (Mari Pepa), en 1956, y Juana Santos, en 1962. Mí tío Felipe murió en 2001, a la edad de 83 años, y mi tía Carmen en 2002, con 82 años.
Francisco, tras hacer la mili entre Granada y Motril, se casó con Juana María Arza Godoy, hermana de Lázaro, el marido de mi tía Paquita, el 11 de enero de 1947.
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| Acta de matrimonio y foto de novios de Francisco y Juana María |
En la foto de novios, Juana María no tiene el vestido de novia habitual porque su padre, Miguel Arza Godoy, hacía pocos días que había muerto. Han vivido en la calle Vizconde de Begíjar, primero en una casa haciendo esquina con la calle Melindre, y después en otra enfrente de la primera. Tuvieron tres hijos, María Josefa, nacida en 1948, Miguel, en 1951, e Ildefonso (Alonsi), en 1956, ya fallecido. Mi tío Francisco falleció en 2008, con 89 años, y mi tía Juana María en el año 2000, con 79 años.
Mi tío Ildefonso (Alfonso) hizo la mili en Madrid, desde marzo de 1945 a agosto de 1947. Se casó con Juana Lorite Cabrero el 3-11-1948.
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| Acta de matrimonio y foto de boda de Alfonso y Juanita |
En Canena vivieron en la calle Baja, en la casa de los Muchachos. Tuvieron tres hijas, María Manuela (Mari), nacida en 1951, Paqui, en 1953, y Narci, en 1955. Aunque estuvo junto con sus tres hermanos, participando con ellos en la aparcería de Novallas, pronto, parece que en 1951, entró a trabajar en Santana, en Linares, hasta su jubilación. En 1959 la familia se trasladó a vivir a Linares, aunque siempre mantuvo buena relación con sus hermanos, especialmente con mi padre. Tras la jubilación, se fueron a vivir a Úbeda. Falleció en 2006, cuando le faltaban pocos días para cumplir los 82 años, y mi tía Juanita en 2007, a los 80 años.
Mi padre, Antonio, se fue a la mili en septiembre de 1947, apenas un mes después de que mi tío Alfonso la hubiera acabado, y se licenció en septiembre de 1949. La hizo en Sevilla, en Sanidad Militar, con graduación de soldado de primera, a caballo entre Sevilla y Lora del Río, ya que su tarea consistía en llevar los suministros farmacéuticos desde Sevilla a un campamento instalado a dos kilómetros de Lora del Río. Así que diariamente iba en tren desde Lora del Río, a primera hora de la mañana, a Sevilla, llevaba el parte al cuartel de Sanidad, que estaba en el pabellón de Brasil de la exposición de 1929; allí le daban los vales para la compra de las medicinas que tenía que llevar a Lora; para la compra utilizaba un carro tirado por un mulo, que lo llevaba hasta la estación, a tomar el tren de vuelta a Lora, donde lo esperaban con otro carro.
En 1948 contrajo allí la ictericia -inflamación del hígado-, estando 54 días hospitalizado, desde marzo a mayo, en el entonces Hospital General Queipo de Llano, al que, como decía, gracias a Dios no tuvo que volver nunca más (hace unos años era el Acuartelamiento “Pineda”, con un uso militar residual, pero recientemente la Junta de Andalucía lo ha transformado en el Hospital Doctor Muñoz Cariñanos). Esta enfermedad se produce por tomar exceso de grasa y creo interesante relatar como la contrajo tal como él me lo contaba: se vino a Canena de permiso del 15 al 30 de diciembre de 1947, en época de la matanza y la Navidad, la matanza de su casa, la de su hermana Paquita, la de sus tías, y comió mucha grasa, acostumbrado a comer poca en la mili; después de la Navidad, le mandaban todas las semanas un paquete de tres kilos de pan y masa de aceite, chorizo…, con un cosario, en el tren, desde la Estación de Canena a la Estación de Linares-Baeza y desde allí a Sevilla. Aparte de la grasa que comió en Canena, se llevó bastante matanza a Sevilla, más la que le mandaban, y tanta grasa le sentó mal y de ahí le vino la ictericia. Cuando se curó y salió del hospital, en mayo, vino un mes de permiso a Canena. No podía tomar grasas ni alcohol y él cumplió con ese régimen; hubo otros dos soldados extremeños que ingresaron varias veces y no se cuidaron y al final murieron. En su estancia en el hospital lo visitaba con frecuencia su buen amigo Franci, Francisco Reyes Serrano.
A finales de agosto de 1952 mi padre se puso novio con mi madre, María Lorite Herrera, que entonces tenía 19 años. Ya la había pretendido una primera vez dos años antes y le había dado calabazas. Ellos tenían poca relación hasta entonces, porque mi padre era más de seis años mayor que mi madre y no eran de la misma pandilla de amigos. Se casaron el 25 de septiembre de 1955, tres años y un mes después de iniciar su noviazgo. La ceremonia fue en la Iglesia, los casó un domingo a las seis de la tarde el párroco don Rafael Valdivia Castro, que después estuvo de cura en Baños de la Encina. El banquete se hizo en la casa de mi padre, en la casa del novio, en la calle Baja, donde también se celebraron los banquetes de las bodas de los demás hermanos.
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| Acta de matrimonio y foto de boda de mis padres, Antonio y María |
Durante el noviazgo se veían cada semana y a veces cada quince días, ya que mi padre estaba labrando en el cortijo en Novallas con sus hermanos, y se iban alternando en venir a Canena. De novios se daban su paseo por la carretera de Úbeda, hacia Frajana. En verano se quedaban en la puerta de la novia antes de cenar y a veces después de cenar también subía otro rato (ella vivía en la calle Chorrillo, debajo de la Lonja de la Iglesia, y se quedaban en la puerta de la casa o en la plaza de la Iglesia).
Tras la boda, mis padres se fueron de viaje de novios. A los pocos días de celebrarse la boda fueron a Valencia, donde estuvieron una semana con sus primos, en casa del tío Miguel (el médico de Quero del que ya hablamos en el capítulo anterior), que ya había muerto (en 1945 había estado allí mi padre, y entonces estaban en la cárcel el tío Miguel y la tía Adelina). El tío Alfonso y la tía Juanita fueron al entierro del tío Miguel, en 1954, y aprovecharon para hacer el viaje de novios, que no lo habían hecho en 1948, cuando se casaron. Mis padres desde Valencia se fueron a Zaragoza, donde vivía Adelina, una de las hijas del tío Miguel, y desde allí a Madrid, donde estuvieron unos días.
Antes de casarse, mi padre y su hermano Narciso habían comprado, en 1954, una casa en la calle San Marcos y cuando se casaron, se fueron a vivir allí, tras hacerle una pequeña reforma, primero mis padres y un año después mi tío Narci y mi tía Úrsula. Ambos matrimonios compartieron la casa, mis padres en la primera planta y mis tíos en la planta baja. En esa casa nacimos los tres primeros hermanos: la mayor María, que murió al nacer, Ildefonso (Alfonso), en 1958 y yo, José Luis (Pepe), en 1960. En la primavera de 1961, mi abuelo materno, José, le ofreció a mi padre parte del solar que era el corral de su casa; esta estaba edificada en la esquina de las calles Rincón de la Iglesia y Chorrillo, y tenía un corral que limitaba al sur con la calle Vizconde de Begíjar y fue al final de esta corral donde mi padre levantó la que ha sido nuestra casa familiar desde entonces y que, con algunas reformas, ha llegado hasta hoy en buen estado, con fachada a la calle Vizconde de Begíjar, aunque con otro acceso por la calle Chorrillo. La casa se edificó con tres plantas; la obra empezó en julio de 1961 y la terminaron en noviembre, y ya dormimos en ella en la noche de San Andrés, el 30 de noviembre. Se la hizo Juan María Cobo García, “Juan María, el albañil”. Las paredes delantera y trasera son de piedra y las laterales de ladrillo, aunque una de ellas monta sobre un muro de piedra de la casa-horno contigua, entonces de Luis, y luego de sus hijos Pedro, Martina y Paquito, horno cerrado ya desde hace años. Como necesitaron bastante piedra, la traían del campo, al principio con el tractor con su remolque, después con el camión de Torres, cortando la calle, y al final se ofreció un arriero de Rus para traerle las cargas que hicieran falta con seis u ocho borricos, según las fuera necesitando; esto fue lo más práctico, porque así ni siquiera tenían que cortar la calle. Las piedras las traían del campo y los albañiles las trabajaban a pie de obra. La casa se hacía sin proyecto, era el maestro albañil el responsable, en este caso Juan María, que aunque era de Canena, en aquellas fechas ya se había trasladado a Linares, pero se comprometió con mi padre en edificar nuestra casa. Él no venía todos los días a la obra, pero sí hacía las obras más complicadas. El resto de albañiles eran de Canena: dos oficiales, el Negri (que luego se fue a Úbeda) y “Manolo el Feo”, que según mi padre levantando esta casa fue como se hizo buen oficial, y dos peones, uno de ellos Juan Arévalo Godoy, Juan el de Lorenzo el de la huerta, que también aprendió aquí bien el oficio, emigrando a Barcelona en 1970 (una de sus hijas, Nani, todavía vuelve a Canena todos los veranos, a pasar sus vacaciones).
En esta casa nacieron en 1964 mi hermana Mari Cruz y en 1972 mi hermano Antonio Francisco. Mi padre falleció en 2021, con 95 años y mi madre en 2014, con 81.
Mi tío Narciso hizo la mili en el norte de África, desde abril de 1950, durante dos años. Estuvo en Sanidad, en varios hospitales. Se casó con mi tía Úrsula el 26 de septiembre de 1956, un año y un día después que mi padre.
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| Acta de matrimonio y foto de boda de Narciso y Úrsula |
Como ya he dicho, se fue a vivir a la casa que habían comprado en 1954 mi padre y él, en la calle San Marcos, donde el matrimonio ha vivido toda su vida. Han tenido seis hijos, María Manuela, (Mari), nacida en 1957, Manolo, en 1959, Ildefonso (Alfonso, al que también llamamos Reyes), en 1961, Juan Antonio, en 1964, Narciso, en 1965, y Luis, en 1967. Mi tío Narci murió en 2025, con 97 años, siendo el más longevo de los hermanos, y Úrsula en 2015, a punto de cumplir 81.
El más pequeño de los hermanos, Ramón, hizo el servicio militar parte en Córdoba y parte en Sevilla. Se casó con Asunción García López el 10 de febrero de 1956, en unos días especialmente fríos, donde me contaba mi padre que en el banquete de boda, cuando se sacaba agua del pozo de la casa, se congelaba a los pocos minutos en el recipiente donde se había echado.
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| Acta de matrimonio y foto de boda de Ramón y Asunción |
Finalizo aquí el capítulo quinto de la historia de los Muchachos, en el que espero que alguno de nuestros mayores, campesinos, se sientan más o menos identificados en los trabajos del campo que describo, en unos tiempos en los que todavía la tierra calma era muy significativa. Para el próximo capítulo, que espero que sea el último, quedan por contar los últimos años en que los Muchachos labraron tierras ajenas fuera del término de Canena, ya fundamentalmente olivares, y como a partir de 1965 ya se asientan definitivamente en Canena como pequeños propietarios.
[1] En el plano catastral y en el topográfico aparece con la grafía Novallas, aunque actualmente en la fachada del cortijo lo han denominado como Novayas. Yo lo he llamado Novallas, que creo que es el correcto.





















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