domingo, 11 de octubre de 2026

Los Muchachos, una familia de labradores V. 1946-1959

Concluía el anterior capítulo en los años 1945-46, una vez que  los Muchachos se habían visto forzados a dejar Náquez y comenzaban otra etapa como labradores en cortijos de Úbeda, próximos al Guadalquivir.


En esta etapa desde mediados de los años cuarenta hasta finales de los cincuenta del siglo pasado será cuando ya todos los hermanos pasen a ser mayores de edad (el menor, Ramón, había nacido en 1929), se casen y tengan sus primeros retoños. Será un periodo de relativa estabilidad y progreso, en el que permanecerán todos juntos (los seis hermanos varones, con los matices que veremos), labrando el cortijo de Novallas.

 

1. LA LABRANZA. NOVALLAS.

 

De la hermana mayor, Paquita, es de la que menos información tengo, ya que no labró junto con el resto de los hermanos los cortijos que arrendaban (en realidad, lo hacían en aparcería, no en arrendamiento).


El cortijo de Novallas formará desde el otoño de 1946 parte de la historia de nuestra familia. Los que nacimos después de que nuestros padres dejaran el cortijo hemos tenido referencias constantes por el vivo recuerdo que tenían ellos, y los primos mayores directamente tuvieron allí vivencias de niños. Novallas está situado en la margen derecha del río Guadalquivir, en la campiña ubetense, aunque en el mapa topográfico escala 1:50000 se incluye en la hoja 927, de Baeza, por ser este el núcleo urbano de mayor entidad que aparece en dicho mapa.

 

Hoja 927 (Baeza) del mapa topográfico escala 1:50000, edición de 1932, donde aparecen, entre otros, los cortijos de Tesorero y Novallas

 

En la campaña agrícola 1945-46, como indiqué al final del último artículo, los hermanos mayores, Felipe y Francisco, estuvieron separados de los menores, Alfonso, Antonio, Narciso y Ramón. Estos últimos labraron una parte del cortijo del Tesorero, 40 fanegas, en dos hazas (sembraron 20 de trigo y 10 de garbanzos), que les subarrendaron unos labradores de Fernán Núñez; en la casa-cortijo les dejaron solo una habitación y servicio de cocina y sitio en la cuadra para dos mulos. Allí estaban en contacto con el terrazguero del Tesorero -Gaspar “de los gaspares”, le llamaban-, con el que tenían muy buen trato, y conocían también al terrazguero del cortijo lindero, Novallas, Ginés, que era de Sabiote. En 1946 hubo muy buena cosecha; ocurrió que el arrendatario de Novallas intentó escamotear parte de ella, ocultando parte del trigo cosechado, pero el terrazguero (era la persona encargada por los propietarios de los cortijos de vigilar, medir y pesar toda la cosecha, para determinar la parte, el terrazgo, que le correspondía al dueño, teniendo la obligación el arrendatario de darle comida y cama) se percató de ello y lo puso en conocimiento de la propietaria, que a punto estuvo de denunciarlo, pero el labrador desistió del arrendamiento para evitar ser denunciado. El terrazguero de Novallas comentó este hecho al del Tesorero y éste le sugirió que los Muchachos de Canena posiblemente estarían interesados en labrar Novallas. Se lo comentaron a mi padre (en esas fechas, con 19 años recién cumplidos, era el mayor de los tres hermanos que estaban allí labrando, ya que su hermano Alfonso, el mayor de los menores, estaba haciendo el servicio militar en Madrid) y le dieron la dirección de la propietaria, Doña Antonia Moreno Muñoz, en Úbeda, a cuyo marido e hijo habían matado durante la guerra. Mi padre fue a Canena y le explicó la situación a sus tíos, Bartolo y Sebastián, ya en la tarde-noche de un día de agosto de 1946, sabiendo que sus hermanos mayores, Felipe y Francisco, estarían dispuestos a compartir la labor de ese cortijo, ya que en el que estaban, y en el que llevaban dos años, las tierras eran de peor calidad y no les iba bien. Su tío Sebastián se ofreció a ir con él y a la mañana del día siguiente tomaron el tranvía a Úbeda, trataron con la señora, que antes de cerrar el trato les pidió un informe del cura y del alcalde. En los días siguientes varios labradores de Úbeda se enteraron de que Doña Antonia quería arrendar Novallas y se ofrecieron también (entonces había más oferta de labradores que demanda de tierras para labrar), pero Ginés, el terrazguero, que conocía a los Muchachos, intercedió por ellos con la señora, indicándole que no debía cerrar un trato con labradores de Úbeda sin hablar antes con los Muchachos de Canena; así que se vinieron en el coche de Doña Antonia a Canena para plantearles que si querían labrar Novallas tenían que firmar de inmediato el contrato. Así que subieron a Úbeda Francisco o Felipe y mi padre para cerrar el trato, aunque el contrato lo firmaron todos los hermanos.

 

Novallas era un cortijo, pero, como la mayoría de los cortijos, no una propiedad cerrada en una sola parcela, sino dividida en varias hazas de distinto tamaño (16 hazas tenía, según mi padre), que sumaban un total de 380 fanegas, en torno a 180 hectáreas. Esta configuración de los cortijos se puede apreciar en el plano del polígono catastral 84 de Úbeda, donde aparecen las distintas parcelas de los cortijos de Ahorcacopos, Raticas, Tesorero, Novallas…, sin formar una unidad territorial única en cada caso.

 

Plano del polígono catastral 84, de Úbeda, escala 1:5000. Instituto Geográfico y Catastral, 1949


El levantamiento topográfico de estos planos de los polígonos catastrales se hizo en la segunda mitad de la década de los cuarenta. Los de Canena se levantaron en 1946 y mi padre recordaba que un primo suyo, Francisco Jódar Reyes, Franci el de los Cholas, que apenas tenía 16 años, acompañó a los topógrafos en el trabajo de campo buena parte del verano de ese año.

 

Volviendo a Novallas, los hermanos acordaron que los mayores, Felipe y Francisco, llevarían  la mitad y los menores la otra mitad de la explotación, como ya habían hecho en el cortijo de San José, en Náquez. Para ello, tenían que dividir por mitad las tierras del cortijo, con distintas parcelas; no era fácil y vieron que lo más viable era que las cultivaran todas en común y dividieran los gastos y los ingresos por mitad; y así lo hicieron. Para labrar adecuadamente el cortijo necesitaban al menos cuatro pares de mulos; Felipe y Francisco tenían dos pares y los hermanos menores solo uno, así que éstos compraron dos mulos más en la Feria de Linares, a finales de agosto. En el caso de los menores, en los primeros años que estuvieron en Novallas permanentemente solo estuvieron tres de los cuatro, ya que primero Alfonso, y sucesivamente Antonio, Narciso y Ramón, tuvieron que irse a hacer la mili, que entonces era de 24 meses.

 

La casa del cortijo se partió, unas habitaciones para los mayores y otras para los menores, habiendo también otras habitaciones comunes para todos; en principio no hicieron ninguna obra. Había camas de sobra y allí dormía de vez en cuando la pareja de la guardia civil, que iba a pie haciendo su servicio por el campo.

 

Actualmente el cortijo se mantiene en buen estado, se le han ido añadiendo algunas dependencias, fundamentalmente cocheras. El entorno agrícola se ha ido transformando y hoy mayoritariamente es olivar, quedando ya pocas hazas de tierra calma.

 

Vistas de Novallas (1) desde las ruinas del cortijo de Tesorero, entorno del cortijo y fachada principal en su estado actual. Fotos tomadas por mi sobrino Antón García Reyes


Cuando entraron en Novallas, lo primero que hicieron fue brabanear los rastrojos. Después (o incluso antes de terminar de brabanear en el barbecho) se hacía la “simienza”, la siembra del trigo y la cebada y algo de avena. Se cultivaba a año y vez; la mitad se sembraba y la otra mitad se dejaba de barbecho. En la hoja que se cultivaba, que había descansado el año anterior, primero se sembraba y rastreaba a la vez, para enterrar la simiente; cuando el cereal tenía un palmo se le pasaba la rastra; después se escardaba, con el escardillo, y por último se segaba. En los barbechos, en la tierra que se había cosechado el año anterior, tras el brabaneo, se binaba y se terciaba, para preparar la tierra para la siembra de cereales de la campaña siguiente; en el barbecho una parte se sembraba de garbanzos o habas (las tierras mejores, menos de un tercio del barbecho)  y aquí solo se binaba. En el ruedo del cortijo, aparte de la era y un pozo, había una alcaucilera y una parte se reservaba para verde para las bestias de los labradores. El trigo se sembraba entre noviembre y diciembre, a manta (por delante iban los hombres echando la semilla y detrás los mulos con el arado, enterrándola) y los garbanzos entre febrero y marzo, a chorrillo. En sembrar el cereal se tardaba más de un mes y el primer año, en diciembre de 1946, el último día de la siembra fue muy frío y llegó a nevar. Otro año, la primavera fue muy lluviosa y no se terminaron de sembrar los garbanzos hasta después de San Marcos, a finales de abril.

 

Novallas lo arrendaron en 1946 (los contratos se iniciaban el primero de septiembre o el día de San Miguel, 29 de septiembre), por seis años. Al entrar, compraron los barbechos al anterior arrendatario (al terminar un contrato de arrendamiento, el labrador que terminaba el contrato tenía derecho a sembrar y cosechar la hoja que había estado de barbecho la campaña anterior y que él había preparado para sembrar al año siguiente, salvo que, como en este caso, llegara a un acuerdo con el nuevo labrador y le vendiera ese derecho a sembrar y cosechar), los sembraron y cosecharon.

 

El primer contrato de seis años fue desde septiembre de 1946 a septiembre de 1952, seis campañas agrícolas, la aparcería a razón de 8/2 ((de ocho partes de la cosecha tenían que entregarle dos a la propietaria). Lo renovaron otros seis años, desde septiembre de 1952 a septiembre de 1958, a razón esta vez de 7/2. Además, le tenían que entregar en su domicilio en Úbeda, dos pollos por cada mes (le llevaban los 24 pollos cada año por Navidad) y dos pavos en Navidad. Ellos no los criaban en el cortijo, sino que se los compraban en el mercado de Úbeda. También le correspondía a la propietaria la mitad de los alcauciles y en este caso la propietaria mandaba a un operario con dos yeguas cuando era la época de la cosecha de los alcauciles y se llevaba los que quería. En otros contratos de arrendamiento he visto que a estas obligaciones de los arrendatarios con los propietarios, a estas entregas en especie, las llamaban dádivas.

 

Al segundo año de estar en Novallas compraron otro par de mulos, un mulo los hermanos mayores y otro los menores, con lo que ya contaron con cinco pares de mulos. También compraron una segadora, por lo que solo el primer año, la cosecha de 1947, la siega se hizo a mano, con hoz. En cuanto a los jornaleros que llevaban allí, los primeros años la mayoría fueron de Canena,  pero después emigraron muchos y llevaban jornaleros de Jódar, Úbeda, Solera, Larva... Había personal fijo, muleros y caseros (la casera  era Francisca Romero Siles, que estaba allí con su hijo Paco, que pronto empezó a trabajar), que eran caneneros. En la época de la recolección, que podía durar 40 días o más, se juntaban cinco trilleros (con los cinco pares de mulos) y siete u ocho en el resto de trabajos de la era (encerrar el trigo…), segadores podían ser 12 o 14, que se redujeron a 2 cuando se compró la segadora. Escardando podían ser 15 o 20 trabajadores.

 

Una vez que se había segado el cereal y barcinado (llevado a la era), entraban en el campo los espigadores, los que cogían las espigas que habían quedado; estaban en el campo prácticamente el mismo tiempo que los segadores y no iban a jornal, sino que de lo que cogían tenían que dejar la mitad a los cosecheros, a los labradores. Para ello llevaban las espigas que cogían a la era y una vez trilladas, la mitad del grano se les daba a los y las espigadores (en este caso solían ser mayoritariamente mujeres o zagales) y el resto se lo quedaban los labradores. El trigo en Novallas lo encerraban, lo almacenaban, en la habitación donde dormían los Muchachos el resto del año, en la planta baja, de donde sacaban las camas; ellos -mi padre y mis tíos- la siesta la echaban en esa habitación, encima del trigo, y por la noche dormían en la era o en la misma habitación, encima del trigo. Las espigadoras dormían en la planta de arriba, en un granero, donde había varias habitaciones grandes para graneros; también en otra de las habitaciones dormían los segadores, si era necesario encima del trigo. El racionamiento en España estuvo vigente hasta 1952; o sea, que los primeros años que  labraron en Novallas había racionamiento y los últimos, no; ellos debían entregar el cereal al Servicio Nacional del Trigo, una parte, un cupo, a un precio tasado, bajo, y el resto al precio del teórico mercado libre, más alto, quizá al doble; pero no siempre era así, y parte se lo quedaban los cosecheros para comercializarlo, estraperlarlo; lo llevaban a la Estación de Jódar; al menos en los últimos años le daban el valor dinerario en el acto, en recibos, y luego iban al banco a cobrarlo. Alguna vez trajeron algún grano al silo de Canena. Por entonces, en Canena eran ellos de los que más trigo cosechaban.

 

Para hacernos una idea de cómo vivían en el cortijo, mi padre me contó que al principio dormían encima de las mantas directamente. Cuando se casó mi tío Alfonso con mi tía Juanita, en noviembre de 1948, se fueron unos días a Novallas y llevaron sábanas, y las dejaron allí, y desde entonces ya el resto de los hermanos durmieron en el cortijo en sábanas.

 

En Novallas contrataron a varios caneneros que tras la guerra civil habían estado en prisión y ya habían salido de la cárcel, como Manuel Megías Ruiz y Saro, Juan María Molina Jódar, hermano del padre de Pedro Molina Arévalo, el antiguo electricista de Canena, que eran buenos trabajadores. Manuel Megías fue en varias ocasiones en los años veinte y treinta concejal y alcalde de Canena, cargo este último que ocupaba en el verano de 1936, cuando una cuadrilla de milicianos foráneos quisieron llevarse a seis personas de derechas que habían detenido y encerrado en el castillo, lo que fue impedido por Manuel Megías y otros compañeros, siendo los presos liberados para evitar su posterior captura y ejecución; ese hecho marcaría en buena manera la historia de Canena tras la guerra, ya que al no haberse producido ningún asesinato -lo que lamentablemente sí sucedió en otros pueblos de la provincia de Jaén, como en Rus-, no hubo después, acabada la guerra, ninguna condena a pena de muerte en los consejos de guerra a los dirigentes republicanos de Canena.  El 28 de febrero de 2004 el ayuntamiento de Canena le concedió a Manuel Megías el título de Hijo Predilecto de Canena y el 27 de noviembre de 2020 se le puso su nombre al parque del Arroyo de la Salud, cuya placa se descubrió el 12 de septiembre de 2021, en un acto al que asistieron algunos de sus nietos.

Fotografía de la portada del libro de Josefina García Megías, nieta de Manuel Megías Ruiz, con su foto. Este pequeño libro lo repartió Josefina a los asistentes al acto de colocación de la placa en el parque que lleva su nombre, en Canena

 

También Juan María Molina Jódar llegó a ser alcalde de Canena entre marzo y abril de 1938.

 

Estos y otros caneneros eran contratados por los Muchachos a través de su hombre de confianza, Juan García Molina, “Ramales”, que tenía buen trato con ellos. Según fueron pasando los años dejaron de contratar a gente de Canena, unos porque emigraron, otros porque se jubilaron o murieron, y contrataban a gente de Úbeda, de Jódar, de Larva.

 

Tras la última cosecha del primer contrato de seis años, la de 1952, y la confirmación de que seguirían otros seis años más, en 1953 se decidieron a comprar un tractor, el primer tractor que hubo en Canena. Fue un Fordson Major de color azul, de 36 caballos, fabricado en Inglaterra. No he logrado encontrar una foto de nuestro tractor, que sería similar a este que he tomado de internet.

 

Por entonces la compra de un tractor no era sencilla, no había un mercado libre ni una oferta amplia para elegir y comprar un tractor. Todavía en España no se fabricaban. Para adquirir un tractor había que solicitarlo al Estado, que los adjudicaba mediante el Programa Oficial de Adjudicación de Tractores, para lo cual había que cumplir una serie de requisitos, entre ellos tener una superficie mínima de explotación. Una vez adjudicado, fabricado en Inglaterra, llegaba al puerto de Barcelona, donde estaba su distribuidor, y desde allí por tren hasta la Estación de Jódar, próxima a Novallas, donde lo recogieron los Muchachos; costó 140.000 pesetas, comprado por mitad por los hermanos mayores y menores. Con el tractor mejoró mucho la labor y la producción, que pudo subir de un 25 a un 30 por ciento. Por ejemplo, si en la siembra con los mulos se tardaban 40 a 45 días, con el tractor se sembraba en 15 días. Por otra parte, se ahorraba en cebada, que ya no había que destinarla al consumo de los mulos, de los que solo quedaron dos pares (en referencia a los mulos, mi padre me contó que cuando un mulo moría en el campo, lo dejaban allí, ya que pronto los animales carroñeros se encargarían de él, sobre todo los grajos; en el caso de Canena, si moría un animal en el pueblo, lo sacaban arrastrándolo hasta las afueras, al campo, y allí lo dejaban, que pronto acudirían los grajos y los buitres). También se necesitaba menos personal. La segadora la habían comprado en 1948 (antes de tener el tractor, eran los mulos los que tiraban de ella) y la trilladora se compró en el otoño de 1953, para la cosecha de 1954.

 

Al tractor se le acopló una sembradora, que tenía 15 chorros, pero estaban muy próximos y ellos la modificaron y los dejaron en diez o doce chorros, comprando escardillos con el ancho exacto para la escarda de la tierra que quedaba entre chorro y chorro, facilitando la labor. También compraron una trilladora ese mismo año; y una moto, una Lube de 125 c.c., que les facilitaría los traslados entre Canena y Novallas. Los primeros años de labrar allí, antes de comprar la moto, iban desde Novallas a pie hasta Úbeda y desde Úbeda a Canena en tranvía, o en bestia desde Novallas hasta Canena, en un trayecto en el que se tardaban cuatro horas, y lo normal es que cada hermano viniera a Canena cada quince días, desde un sábado por la tarde hasta un lunes por la mañana, que de regreso a Novallas, en Úbeda se pasaban por el mercado para hacer la compra y desde allí al cortijo; otras veces iban en bici desde Canena. Con la moto, el tiempo y la frecuencia de los viajes se redujeron notablemente, en unos años en que ya unos hermanos se habían casado y otros estaban novios. Como libraban del trabajo un día a la semana, solían salir de Novallas por la tarde, tras haber trabajado ese día, pasaban en Canena el día siguiente entero y volvían bien a última hora de ese día o a primera hora del día siguiente; incluso a veces iban en la moto dos de los hermanos a pasar la tarde  a Canena y volvían a la mañana del día siguiente.

 

Cuando se casaron mis padres, en 1955, le pidieron permiso a la propietaria, Doña Antonia, para levantar un tabique y hacer una habitación en un pajar y abrieron una puerta hacia la cocina. Los chachos Felipe y Francisco ya tenían otra habitación para cuando iban sus mujeres, en la planta de arriba.

 

En febrero de 1956 tuvo lugar una fuerte ola de frío (en realidad fueron tres casi consecutivas) y se helaron los cereales, que dependiendo de la variedad y de cómo estaban de crecidos se recuperaron  unos más y otros menos; en el caso de Novallas, la cosecha se pudo salvar y fue mediana, cogiéndose en una fanega de tierra ocho fanegas de trigo, cuando lo normal podía ser el doble.

 

Algunos de mis primos mayores tienen buenos recuerdos de Novallas, pues pasaron allí temporadas, sobre todo en los veranos, cuando eran pequeños, acompañados de sus madres. Incluso mi hermano mayor, Alfonso, nacido en mayo de 1958, fue alguna vez a Novallas con mi madre, apenas con un año cumplido.

 

Los Muchachos eran buenos labradores y consiguieron mejorar la producción en el cortijo; eso animó a la propietaria, que pensó que podía explotar directamente sus tierras y por eso no les renovó el contrato en 1958; no fue buena idea, a la propietaria no le fue bien y a los pocos años vendió el cortijo. Ellos, tras sembrar y coger la cosecha de 1959, dejaron aquel cortijo, que siempre se ha mantenido en su recuerdo, y a partir de 1960 cambiarían de nuevo de entorno paisajístico y agrícola, aunque seguirían de labradores, como ya veremos.

 

A la par que esos años labraban en Novallas, cultivaban sus parcelas de tierra calma y olivar en Canena, la mayor parte heredadas, que incrementaron al dejarles su tío Bartolo sus propiedades en aparcería y, tras la muerte de éste y de su hermano Sebastián, heredar algunas propiedades más.  Retomando a los primeros Muchachos, su tío Sebastián, que era soltero, murió en 1955, y su tío Bartolo, casado sin hijos, en 1963; sus propiedades las heredaron sus once sobrinos, entre ellos mi padre y sus seis hermanos. Además, con los beneficios que consiguieron en Novallas, compraron alguna finca más en Canena. Eso propiciaría que a los pocos años pudieran afianzarse como pequeños propietarios en Canena y dejaran de labrar en cortijos más alejados del pueblo.

 

2. TRAYECTORIA VITAL Y FAMILIAR

 

En este apartado voy a dar algunas pinceladas de cómo transcurrieron estos años individual y familiarmente para la segunda generación de los Muchachos, mi padre y sus hermanos. Aparte de su faceta como labradores, como ya he dicho, son los años de su juventud y madurez, hacen el servicio militar, se casan y tienen hijos.

 

Mi tía Paquita, la mayor, se casó con Lázaro Arza Godoy el 4 de octubre de 1939, pocos meses después de acabada la guerra.

Acta de matrimonio de Lázaro y Paquita


Tuvieron dos hijos, Miguel, nacido en 1942, el mayor de los primos, médico, ya fallecido, y María Josefa, en 1948, maestra. Al casarse se fueron a vivir a la calle Manuel Reyes (calle Baja), enfrente de la Cooperativa San Marcos, donde vivieron toda su vida, salvo de 1945 a 1948. En 1945, al morirse en octubre mi abuela paterna, madrasta de mi tía Paquita, ella durante tres años se hizo cargo de la casa donde vivían sus hermanos menores, que se habían quedado huérfanos, hasta que se casó mí tío Alfonso con mi tía Juanita, y entonces fue esta última la que la relevó en ese menester. Mi tía Paquita falleció en 2000, con 86 años, y su marido, Lázaro, en 1990, con 79 años.

 

Mi tío Felipe, que había sido movilizado en la guerra, una vez que volvió a Canena tuvo que hacer la mili durante tres años, destinado en Sevilla, en Capitanía General, donde coincidió con Rufino Herrera Godoy, el hermano menor de mi abuela materna. Ya novio con mi tía, Carmen Lorite Herrera, se casaron el 15 de abril de 1944.

Acta de matrimonio y foto de boda de Felipe y Carmen


Vivieron primero en la calle Baja y en 1961 se mudaron a su última vivienda, en la actual calle Federico García Lorca. Tuvieron cuatro hijas y dos hijos, aunque las dos primeras hijas murieron prematuramente. Sus hijos son Ildefonso (Alonsi), nacido en 1945 y fallecido hace unos años (padre de los conocidos jugadores de baloncesto Alfonso y Felipe), Manuel, nacido en 1946, María Josefa (Mari Pepa), en 1956, y Juana Santos, en 1962. Mí tío Felipe murió en 2001, a la edad de 83 años, y mi tía Carmen en 2002, con 82 años.

 

Francisco, tras hacer la mili entre Granada y Motril, se casó con Juana María Arza Godoy, hermana de Lázaro, el marido de mi tía Paquita, el 11 de enero de 1947.

Acta de matrimonio y foto de novios de Francisco y Juana María



En la foto de novios, Juana María no tiene el vestido de novia habitual porque su padre, Miguel Arza Godoy, hacía pocos días que había muerto. Han vivido en la calle Vizconde de Begíjar, primero en una casa haciendo esquina con la calle Melindre, y después en otra enfrente de la  primera. Tuvieron tres hijos, María Josefa, nacida en 1948, Miguel, en 1951, e Ildefonso (Alonsi), en 1956, ya fallecido. Mi tío Francisco falleció en 2008, con 89 años, y mi tía Juana María en el año 2000, con 79 años.

 

Mi tío Ildefonso (Alfonso) hizo la mili en Madrid, desde marzo de 1945 a agosto de 1947. Se casó con Juana Lorite Cabrero el 3-11-1948.

Acta de matrimonio y foto de boda de Alfonso y Juanita


En Canena vivieron en la calle Baja, en la casa de los Muchachos. Tuvieron tres hijas, María Manuela (Mari), nacida en 1951, Paqui, en 1953, y Narci, en 1955. Aunque estuvo junto con sus tres hermanos, participando con ellos en la aparcería de Novallas, pronto, parece que en 1951, entró a trabajar en Santana, en Linares, hasta su jubilación. En 1959 la familia se trasladó a vivir a Linares, aunque siempre mantuvo buena relación con sus hermanos, especialmente con mi padre. Tras la jubilación, se fueron a vivir a Úbeda. Falleció en 2006, cuando le faltaban pocos días para cumplir los 82 años, y mi tía Juanita en 2007, a los 80 años.

 

Mi padre, Antonio, se fue a la mili en septiembre de 1947, apenas un mes después de que mi tío Alfonso la hubiera acabado, y se licenció en septiembre de 1949. La hizo en Sevilla, en Sanidad Militar, con graduación de soldado de primera, a caballo entre Sevilla y Lora del Río, ya que su tarea consistía en llevar los suministros farmacéuticos desde Sevilla a un campamento instalado a dos kilómetros de Lora del Río. Así que diariamente iba en tren desde Lora del Río, a primera hora de la mañana, a Sevilla, llevaba el parte al cuartel de Sanidad, que estaba en el pabellón de Brasil de la exposición de 1929; allí le daban los vales para la compra de las medicinas que tenía que llevar a Lora; para la compra utilizaba un carro tirado por un mulo, que lo llevaba hasta la estación, a tomar el tren de vuelta a Lora, donde lo esperaban con otro carro.

 

En 1948 contrajo allí la ictericia -inflamación del hígado-, estando 54 días hospitalizado, desde marzo a mayo, en el entonces Hospital General Queipo de Llano, al que, como decía, gracias a Dios no tuvo que volver nunca más (hace unos años era el Acuartelamiento “Pineda”, con un uso militar  residual, pero recientemente la Junta de Andalucía lo ha transformado en el Hospital Doctor Muñoz Cariñanos). Esta enfermedad se produce por tomar exceso de grasa y creo interesante relatar como la contrajo tal como él me lo contaba: se vino a Canena de permiso del 15 al 30 de diciembre de 1947, en época de la matanza y la Navidad, la matanza de su casa, la de su hermana Paquita, la de sus tías, y comió mucha grasa, acostumbrado a comer poca en la mili; después de la Navidad, le mandaban todas las semanas un paquete de tres kilos de pan y masa de aceite, chorizo…, con un cosario, en el tren, desde la Estación de Canena a la Estación de Linares-Baeza y desde allí a Sevilla. Aparte de la grasa que comió en Canena, se llevó bastante matanza a Sevilla, más la que le mandaban, y tanta grasa le sentó mal y de ahí le vino la ictericia. Cuando se curó y salió del hospital, en mayo, vino un mes de permiso a Canena. No podía tomar grasas ni alcohol y él cumplió con ese régimen; hubo otros dos soldados extremeños que ingresaron varias veces y no se cuidaron y al final murieron. En su estancia en el hospital lo visitaba con frecuencia su buen amigo Franci, Francisco Reyes Serrano.

 

A finales de agosto de 1952 mi padre se puso novio con mi madre, María Lorite Herrera, que entonces tenía 19 años. Ya la había pretendido una primera vez dos años antes y le había dado calabazas. Ellos tenían poca relación hasta entonces, porque mi padre era más de seis años mayor que mi madre y no eran de la misma pandilla de amigos. Se casaron el 25 de septiembre de 1955, tres años y un mes después de iniciar su noviazgo. La ceremonia fue en la Iglesia, los casó un domingo a las seis de la tarde el párroco don Rafael Valdivia Castro, que después estuvo de cura en Baños de la Encina. El banquete se hizo en la casa de mi padre, en la casa del novio, en la calle Baja, donde también se celebraron los banquetes de las bodas de los demás hermanos.

Acta de matrimonio y foto de boda de mis padres, Antonio y María


Durante el noviazgo se veían cada semana y a veces cada quince días, ya que mi padre estaba labrando en el cortijo en Novallas con sus hermanos, y se iban alternando en venir a Canena. De novios se daban su paseo por la carretera de Úbeda, hacia Frajana. En verano se quedaban en la puerta de la novia antes de cenar y a veces después de cenar también subía otro rato (ella vivía en la  calle Chorrillo, debajo de la Lonja de la Iglesia, y se quedaban en la puerta de la casa o en la plaza de la Iglesia).

 

Tras la boda, mis padres se fueron de viaje de novios. A los pocos días de celebrarse la boda fueron a Valencia, donde estuvieron una semana con sus primos, en casa del tío Miguel (el médico de Quero del que ya hablamos en el capítulo anterior), que ya había muerto (en 1945 había estado allí mi padre, y entonces estaban en la cárcel el tío Miguel y la tía Adelina). El tío Alfonso y la tía Juanita fueron al entierro del tío Miguel, en 1954, y aprovecharon para hacer el viaje de novios, que no lo habían hecho en 1948, cuando se casaron. Mis padres desde Valencia se fueron a Zaragoza, donde vivía Adelina, una de las hijas del tío Miguel, y desde allí a Madrid, donde estuvieron unos días. 

 

Antes de casarse, mi padre y su hermano Narciso habían comprado, en 1954, una casa en la calle San Marcos y cuando se casaron, se fueron a vivir allí, tras hacerle una pequeña reforma, primero mis padres y un año después mi tío Narci y mi tía Úrsula. Ambos matrimonios compartieron la casa, mis padres en la primera planta y mis tíos en la planta baja. En esa casa nacimos los tres primeros hermanos: la mayor María, que murió al nacer, Ildefonso (Alfonso), en 1958 y yo, José Luis (Pepe), en 1960. En la primavera de 1961, mi abuelo materno, José, le ofreció a mi padre parte del solar que era el corral de su casa; esta estaba edificada en la esquina de las calles Rincón de la Iglesia y Chorrillo, y tenía un corral que limitaba al sur con la calle Vizconde de Begíjar y fue al final de esta corral donde mi padre levantó la que ha sido nuestra casa familiar desde entonces y que, con algunas reformas, ha llegado hasta hoy en buen estado, con fachada a la calle Vizconde de Begíjar, aunque con otro acceso por la calle Chorrillo. La casa se edificó con tres plantas; la obra empezó en julio de  1961 y la terminaron en noviembre, y ya dormimos en ella en la noche de San Andrés, el 30 de noviembre. Se la hizo Juan María Cobo García, “Juan María, el albañil”. Las paredes delantera y trasera son de piedra y las laterales de ladrillo, aunque una de ellas monta sobre un muro de piedra de la casa-horno contigua, entonces de Luis, y luego de sus hijos Pedro, Martina y Paquito, horno cerrado ya desde hace años. Como necesitaron bastante piedra, la traían del campo, al principio con el tractor con su remolque, después con el camión de Torres, cortando la calle, y al final se ofreció un arriero de Rus para traerle las cargas que hicieran falta con seis u ocho borricos, según las fuera necesitando; esto fue lo más práctico, porque así ni siquiera tenían que cortar la calle. Las piedras las traían del campo y los albañiles las trabajaban a pie de obra. La casa se hacía sin proyecto, era el maestro albañil el responsable, en este caso Juan María, que aunque era de Canena, en aquellas fechas ya se había trasladado a Linares, pero se comprometió con mi padre en edificar nuestra casa. Él no venía todos los días a la obra, pero sí hacía las obras más complicadas. El resto de albañiles eran de Canena: dos oficiales, el Negri (que luego se fue a Úbeda) y “Manolo el Feo”, que según mi padre levantando esta casa fue como se hizo buen oficial, y dos peones, uno de ellos Juan Arévalo Godoy, Juan el de Lorenzo el de la huerta, que también aprendió aquí bien el oficio, emigrando a Barcelona en 1970 (una de sus hijas, Nani, todavía vuelve a Canena todos los veranos, a pasar sus vacaciones).

 

En esta casa nacieron en 1964 mi hermana Mari Cruz y en 1972 mi hermano Antonio Francisco. Mi padre falleció en 2021, con 95 años y mi madre en 2014, con 81.

 

Mi tío Narciso hizo la mili en el norte de África, desde abril de 1950, durante dos años. Estuvo en Sanidad, en varios hospitales. Se casó con mi tía Úrsula el 26 de septiembre de 1956, un año y un día después que mi padre.

Acta de matrimonio y foto de boda de Narciso y Úrsula


Como ya he dicho, se fue a vivir a la casa que habían comprado en 1954 mi padre y él, en la calle San Marcos, donde el matrimonio ha vivido toda su vida. Han tenido seis hijos, María Manuela, (Mari), nacida en 1957, Manolo, en 1959, Ildefonso (Alfonso, al que también llamamos Reyes), en 1961, Juan Antonio, en 1964, Narciso, en 1965, y Luis, en 1967. Mi tío Narci murió en 2025, con 97 años, siendo el más longevo de los hermanos, y Úrsula en 2015, a punto de cumplir 81.

 

El más pequeño de los hermanos, Ramón, hizo el servicio militar parte en Córdoba y parte en Sevilla. Se casó con Asunción García López el 10 de febrero de 1956, en unos días especialmente fríos, donde me contaba mi padre que en el banquete de boda, cuando se sacaba agua del pozo de la casa, se congelaba a los pocos minutos en el recipiente donde se había echado.

Acta de matrimonio y foto de boda de Ramón y Asunción



Ya casados, primero vivieron en una casa de la calle San Marcos, de la familia de mi tía Asu, donde nacieron sus tres primeros hijos, María Manuela (Mari), nacida en 1957, Juan de Dios, en 1958, e Ildefonso (Alfonso), en 1960. Después se mudaron a una casa de nueva construcción que, al igual que otras, se edificó en la calle Juan Reyes, donde han vivido el resto de su vida. Allí nacieron los dos hijos menores, Asunción, en 1964, y Manuel Ramón, en 1967. Mi tío Ramón murió en 2003, cuando le faltaba un mes para cumplir los 76 años; en cambio, mi tía Asunción es la única que todavía vive de todos los matrimonios de los Muchachos.

 

Finalizo aquí el capítulo quinto de la historia de los Muchachos, en el que espero que alguno de nuestros mayores, campesinos, se sientan más o menos identificados en los trabajos del campo que describo, en unos tiempos en los que todavía la tierra calma era muy significativa. Para el próximo capítulo, que espero que sea el último, quedan por contar los últimos años en que los Muchachos labraron tierras ajenas fuera del término de Canena, ya fundamentalmente olivares, y como a partir de 1965 ya se asientan definitivamente en Canena como pequeños propietarios.




[1]     En el plano catastral y en el topográfico aparece con la grafía Novallas, aunque actualmente en la fachada del cortijo lo han denominado como Novayas. Yo lo he llamado Novallas, que creo que es el correcto.


Texto de José Luis Reyes Lorite

domingo, 19 de julio de 2026

Los Muchachos, una familia de labradores IV. Guerra Civil y Posguerra

En este capítulo contaré cómo vivió mi familia, los Muchachos, durante la Guerra Civil y la posguerra. El prisma del relato será fundamentalmente el de mi padre, que al inicio de la guerra estaba a punto de cumplir los diez años. Intercalaré hechos que no tienen que ver directamente con los Muchachos, bien porque me los haya contado mi padre y estén relacionados con Canena o bien porque me parezcan relevantes o interesantes darlos a conocer.

 

Para contextualizar el relato, he de decir que esta familia de labradores y pequeños propietarios era católica, conservadora, sin activismo político, más allá de ocupar alguna vez algún cargo como concejal en el pueblo. Su vida transcurría a medio camino entre Canena y Náquez. Mi padre me decía que guardaba un recuerdo agridulce de Náquez. Por una parte, pasó buena parte de su niñez en el día a día de una familia labradora, echando una mano en lo que se podía.

 

Estado actual del cortijo de San José, en Náquez. Foto cedida por Sebastián Cobo Lorite


Pero la Guerra lo trastocó todo, como en todas las familias, en unos casos con pérdidas irreparables y en la generalidad con la carestía y el retroceso en las condiciones de vida de la mayoría de los españoles, no solo durante la guerra, sino en los años e incluso décadas siguientes. Canena vivió la guerra en la retaguardia de la zona republicana, no estuvo cerca de ningún frente ni hubo ningún hecho militar reseñable, aunque sí varios accidentes con alguna granada, como veremos. No me voy a extender sobre los cambios en la organización del ayuntamiento y en otras cuestiones tras el golpe militar de julio de 1936. Hasta el 29 de enero de 1937, según se recoge en las actas del ayuntamiento, no se constituyó el nuevo Consejo municipal, de acuerdo con el Decreto de 4 de enero. Debía estar formado por representantes de las diferentes organizaciones políticas y sindicales de cada pueblo,  que en el caso de Canena era la Asociación socialista “La Bandera Roja”, afecta a la U.G.T., único partido y organización sindical que existe en dicho pueblo. Aunque en los primeros días tras el golpe hubo detenciones de personas de derechas, y posteriormente también, no se produjo en Canena ningún asesinato, ni en esos primeros momentos ni durante el resto de la Guerra.

 

Algunas cosas me contó mi padre de la vida en Canena de 1936 a 1939. En el otoño de 1936, repartieron a los obreros entre los propietarios, para que los emplearan, aunque no hubiera trabajo en el campo; más tarde, cuando llegó la recolección de la aceituna, se la incautaron. Después, le quitaron la mayoría de las tierras a los mayores hacendados (por ejemplo, a su tío Bartolo, que tenía sobre todo el capital de su mujer, la Chacha Juana, cuyo padre había sido alcalde durante la Dictadura de Primo de Rivera), no solo las tierras, sino también las bestias y demás útiles de trabajo, dejándoles algo para sobrevivir. Las tierras que les incautaron a los propietarios caneneros no las cultivaban en colectividad, sino que los que ostentaron el poder local las repartían, no sé con qué criterios; también ocuparon alguna casa. Los caneneros, los republicanos, formaron una colectividad, que labrara los cortijos de la Casería, en término de Ibros, y Miralrío, en el de Vilches, situados respectivamente en la margen izquierda y derecha del río Guadalimar.

 

Por otra parte, a partir del otoño del 36 comenzaron a llegar los evacuados de la campiña cordobesa y los repartieron por las casas de la gente de derechas. En su casa de la calle Baja, por ejemplo, tuvieron que acoger a una familia de Espejo, de cinco miembros, más ellos, que eran once, y además darle el sustento a otra, de Bujalance, aunque esta dormía en el casino, en el que es hoy el bar Chicote, que sirvió de residencia de refugiados. Más tarde, en su casa acogieron a dos soldados de la brigada 92, que procedía de levante y pasó en Canena 15 o 20 días de descanso; mi padre se acuerda especialmente de uno de los soldados, un valenciano, con el que mantuvieron después correspondencia durante un tiempo; los soldados de esta brigada se hospedaron no solo en casas particulares, sino también en la Iglesia, en el Castillo, en el casino.

 

Dada la situación peligrosa que se vivía en otras zonas del país, en Canena se refugiaron algunas personas venidas de fuera. Es el caso de dos niños de entre ocho y doce años, Julio y Rafael, de familia de derechas (no he podido averiguar de quién, sospecho que pudieran ser familiares de Alejandro Lerroux), que vinieron de Madrid, y vivían en la casa de Sebastián Godoy Reyes, en la calle Melindre. Otra persona que se refugió en Canena fue José Vio Escamilla, falangista de Granada; en este caso, posiblemente estuviera fuera de Granada al estallar la guerra, donde triunfó el golpe militar, y no pudiera regresar allí, quedándose en Canena, donde ejercía como maestra Manola Sánchez Escamilla (deduzco, por los segundos apellidos de ambos, que pudieran ser familia, aunque no lo tengo confirmado; ella era de ideas socialistas, pero eso no excluye que pudiera dar cobijo a un familiar que corría peligro, aunque, como digo, no tengo confirmada esta hipótesis). Un canenero que murió al inicio de la guerra fue Pascual Morcillo García, casado con Inés García Herrera; era militar y en el 36 estaba en Madrid, en el cuartel de la Montaña, donde murió. Su mujer, Inés, vivió luego en Sevilla, y en la posguerra atendía a los soldados caneneros que estaban haciendo allí la mili y la visitaban en su casa.

 

Durante la guerra en Canena hubo al menos dos accidentes con granadas. Uno ocurrió en el verano de 1938, en el que vino un soldado de permiso y se le ocurrió traer en el macuto una bomba y no dijo nada en su casa, que estaba por la Fuente el Caño; su madre manipuló el macuto, estallándole la bomba, que le causó la muerte. Otro accidente más conocido es el que sucedió junto a la “cárcel”. Alguno de los soldados que vinieron al castillo debió esconder una bomba en un majano de piedras próximo; en el invierno del 39, el 19 de enero hacia las una de la tarde, tres niñas y un niño, entre seis y dos años, que vivían en el castillo, cogieron ese objeto metálico para jugar y bajaron hacia la zona de la cárcel, donde les daban de comer. Jugando en el patinillo de la cárcel les explotó la bomba; dos de ellos, Vicenta y Juan Moreno Molina, hermanos, de seis y cuatro años, sufrieron las peores consecuencias, y aunque no murieron en el acto, fallecieron a las pocas horas en el Hospital de Santiago de Úbeda. Otras dos niñas, primas suyas, Juanita y América, pudieron sobrevivir y una de ellas, América Sánchez Molina, que perdió un ojo, todavía vive. Los niños recibieron las primeras atenciones de las vecinas y del médico de Canena, Don Juan. Fueron llevados a la estación del tranvía, donde se habilitó un vagón para llevarlas a Úbeda, al hospital. Era el tiempo de recolección de la aceituna y la madre de Vicenta y Juan, Isabel Molina Jurado, estaba en un olivar frente a Canena, y oyó el estruendo de la bomba, sin sospechar lo que había ocurrido. La familia siguió viviendo en el castillo después de la guerra, al igual que otras tantas familias que no tenían otro sitio donde vivir en aquellos años. Isabel tuvo dos hijos y siete hijas. Tras el accidente, tuvo cuatro hijas y a las dos primeras, Vicenta y Juana (la Papagaya, nacida en 1942 que es la que me ha relatado lo que sucedió, de lo que le contaba su madre) les pusieron sus nombres en homenaje a sus hermanos muertos.

 

Volviendo a Náquez, ya antes del golpe la situación que se vivía en el campo era conflictiva en algunas ocasiones. En la siega del verano de 1936, me contaba mi padre, dos segadores de Linares de los que habían contratado se rajaron un dedo, uno de ellos accidentalmente o no, pero el otro de manera voluntaria, para darse de baja; había un seguro que cubría los accidentes y mi abuelo dio el parte correspondiente, de los dos segadores, aunque uno de ellos se hubiera lastimado voluntariamente; los días de baja el seguro parece que no cubría la totalidad del jornal, que tenía que ser completado por el patrono (por ejemplo si el jornal era de cinco pesetas y el seguro pagaba cuatro, la peseta restante la pagaba el patrono). Estos dos segadores, pasados unos meses, volvieron como milicianos o formando parte de la colectividad que se formó en Náquez y no dejaban de amenazar a mi abuelo, diciéndole que si ellos querían, en cualquier momento le podían pegar un tiro; era una manera de chantajearlo, hasta que un día mi abuelo les dijo que qué pretendían, que había que zanjar esa situación y que si querían algo, pasaran a las cuadras y se llevaran cada uno una bestia, y así lo hicieron, llevándose un mulo y una yegua.

 

Para los Muchachos las condiciones de vida empeoraron, no solo por la carestía y la guerra, sino por cómo fue tratada su familia. Especialmente dolorosa debió resultar la situación para mi abuelo Alonso. Desde Linares se organizó la explotación de los cortijos de su término en colectividades. En el caso de su cortijo, en Náquez, la colectividad fue de 18 hombres, incluidos mi abuelo y sus dos hijos mayores, Felipe y Francisco, a los que no les quedó más remedio que integrarse en la colectividad para seguir subsistiendo; como ellos eran los que habían estado de arrendatarios y no eran de izquierdas, se los discriminó a la hora del reparto (por ejemplo, de los marranos que le asignaban a cada uno para hacer la matanza en el mes de diciembre, dándole a cada miembro de la colectividad un marrano de 70 u 80 kilos, a mi abuelo y a sus dos hijos mayores, solo les dieron uno para los tres, de 30 kilos). Todos ganaban un sueldo diario de 5 pesetas. Cuando llegaron los colectivistas al cortijo, en el verano del 36, se llevaron toda la cosecha, los cuatro pares de mulos, la yegua y cerca  de 100 marranos, todo lo que tenían. La colectividad lo labró en el 36-37, pero al año siguiente ya se fueron, ya que había menos personas disponibles (parte se había ido al frente) y se quedaron labrando solo los cortijos más próximos a Linares, llevándose todo lo del cortijo. Entonces mi abuelo y su primo Joaquín Reyes López, padre de Juani Mari y Frasqui, pidieron labrar alguna parte de Náquez y se les autorizó a ello, pero cuando cosecharon, en el verano de 1938, les volvieron a requisar el grano, dejándolos sin nada, que apenas tenían para comer, cuando habían cogido la cosecha con mil penalidades, trabajando todos, que los chiquillos iban también a segar (el primer día de siega, mi padre, en el verano del 38, con apenas 12 años, se hizo una herida en un dedo) y a mi abuelo, que tenía una hernia, se le salía la tripa. Según  mi padre, allí prácticamente se dejó la vida (moriría unos meses después, el 12 de diciembre de ese año, con 53 años, en el Hospital de Santiago, de Úbeda, tras una operación de la hernia, que no superó, y se enterró en el cementerio de San Ginés, en Úbeda, ya que no hubo medios para llevarlo al cementerio de Canena). De los bienes que le incautaron a mi abuelo hemos encontrado en el archivo municipal de Linares una fuente primaria, un escrito que presentó el 19 de mayo de 1937, dirigido al Presidente de la Junta provincial calificadora de incautaciones rústicas. La Junta provincial remitió el escrito a la junta calificadora municipal de Linares en agosto de 1937, para que lo informara, pero mi abuelo nunca recibió contestación alguna.

 

Escrito de Alonso Reyes Serrano, de 19 de mayo de 1937, dirigido al Presidente de la Junta calificadora de fincas rústicas

 

El escrito refleja la situación que vivía mi abuelo como arrendatario en aquellos momentos y el conflicto con la colectividad que se formó en el cortijo del que era labrador. Ante la imposibilidad de seguir con el arrendamiento, relacionaba los bienes que tenía, pidiendo que se le abonasen o que no se le incautasen, valorándolos en 46849 pesetas. La renta que pagaba por el arrendamiento del cortijo de San José, en Náquez, al Vizconde de Begíjar era por cada seis y media fanegas de grano dos, equivalente al 30 % aproximadamente de la producción. Se consideraba mi abuelo Alonso, por ser un modesto arrendatario, con derecho a ser acogido por todas las disposiciones dictadas por el señor ministro de Agricultura. La colectividad había recogido la cosecha en el verano del 36 y sembraría en el otoño/invierno siguiente de trigo y cebada la tierra que había descansado el año anterior; pero, según el escrito, él había barbechado/labrado una parte de la tierra que se había sembrado y cosechado la campaña anterior y que debía descansar, con las debidas labores, pero no lo había hecho así la colectividad con el resto de la tierra. En el escrito se relacionan los bienes que mi abuelo tenía en el cortijo: tres mulas y tres mulos, 96 marranos (once marranas de cría, dos barracos, veinte marranos lechones y cuarenta y dos marranos mamones), una cabra, un becerro y dos becerras, una yegua, veinticuatro gallinas y un gallo. A ello hay que añadir los granos (trigo, cebada, garbanzos), y la maquinaria, herramientas de labor y aperos: galera, segadora, arados, binadora, grada, trillos…

 

Su primo Joaquín estuvo en Náquez la mayor parte de la guerra, entre otras cosas indagando dónde se habían llevado el ganado que le habían incautado. Acabada la guerra, los propietarios de los ganados fueron por el campo, por los cortijos, buscando su ganado y, según los casos, recuperaron parte de él. En el caso de los Muchachos, muerto mi abuelo Alonso en 1938, fue su primo Joaquín el que se llevó a mi padre de Canena a Náquez unos días antes del 1 de abril de 1939 y mi padre fue con él por varios cortijos de Linares buscando su ganado, del que recuperaron cinco mulos (de los ocho que tenían en 1936) en cortijos entre Linares y Bailén (mi padre se acordaba del nombre de los mulos: el Jardinero, el Tendero, la Condesa, la Perchelera), una yegua, una vaca y entre 30 y 40 marranos. Él fue sólo un día a buscar el ganado, ya que a los pocos días de acabar la guerra vino su hermano mayor, Felipe, del frente y éste fue el que acompañó al tío Joaquín más días a buscar el ganado. Cuando lo encontraban daban parte a una oficina de recuperación que había en Linares y se llevaban el ganado a Náquez, al cortijo que volvieron a labrar.

 

El día anterior a que su tío Joaquín se lo llevara a Náquez, en los últimos días de marzo de 1939, estando mi padre jugando en la plaza con otros chiquillos -él no había cumplido los trece años-, vio a Pepe Macarro, José Lorite Díaz, el último que ejerció como alcalde republicano, subir desde su casa, que estaba debajo de la Plaza, en la calle Rincón, al ayuntamiento, llevando dos escopetas para entregarlas, como símbolo de entrega del ayuntamiento a las fuerzas que habían ganado la Guerra Civil. Para ello, parece que bajó desde Baeza algún militar, que se hizo cargo del ayuntamiento. A los pocos días, el 10 de abril, por parte de un teniente honorario del Cuerpo  Jurídico-Militar, en nombre del Excmo. Sr. General Jefe del Cuerpo del Ejército del Sur, se nombró una Comisión Gestora provisional en el ayuntamiento.

 

Los hermanos mayores de mi padre, Felipe y Francisco, fueron soldados republicanos, Felipe desde 1937 y Francisco desde 1938. Felipe estuvo en Teruel, destinado en la sección de camilleros, con mulas de grupos de Sanidad Militar, dedicándose a trasladar heridos con reatas de mulas desde terrenos muy abruptos hasta los hospitales de campaña o hasta lugares donde podían acceder vehículos pesados, ya que en el frente de Teruel el terreno era muy accidentado, con mucho barro y nieve por el frío extremo. Juana Santos, su hija menor, me ha contado que aunque le preguntaban sobre la guerra, él nunca decía nada sobre los sucesos en el frente, no añadía mucho más de lo dicho anteriormente, sí hablaba sobre las penurias del frío, la falta de abrigo en las ropas y calzado de los soldados o relataba alguna anécdota con los compañeros. Al finalizar la guerra, lo enviaron a Valencia, en cuya plaza de toros concentraron a miles de soldados republicanos para identificarlos y determinar dónde trasladarlos según su servicio durante la contienda. A él, que fue soldado raso, lo liberaron pronto y le permitieron volver a Canena, parece que junto con otros caneneros.

 

Francisco llegó a ser sargento y a punto estuvo de ascender a teniente. Cuando acabó la guerra estaba en Lérida. Al no ser soldado raso, no pudo volver de manera inmediata a su pueblo, permaneciendo en distintos batallones de trabajadores en Lérida, Teruel, Deusto y Madrid. Uno de sus trabajos fue limpiar campos de minas y en un ocasión a un compañero le estalló una y a él, que estaba cerca, se le incrustaron esquirlas en el cuerpo, que tuvo hasta su muerte. Volvió a Canena el 27 de enero de 1940, no sé si después de haber pasado Consejo de Guerra; en cualquier caso, según mi padre, las autoridades locales de Canena le mandaron informes favorables para facilitarle su regreso. En el frente coincidió al menos con otro canenero, Elio Godoy Guillén.

 

Francisco, como soldado republicano

 

Ambos, Felipe y Francisco, después de la guerra tuvieron que hacer el servicio militar, de tres años. Felipe en Sevilla, donde coincidió allí con otro canenero, Rufino Herrera Godoy, hermano de mi abuela materna.

 

Felipe, en el servicio militar

 

Francisco estuvo destinado en principio en Granada, y de allí lo mandaron a Motril, donde vio pasar la armada de los aliados, que había cruzado el Estrecho rumbo al Mediterráneo, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.

 

Francisco, de recluta

 

Tras la guerra, en Náquez se produjeron bastantes cambios. Al propietario del cortijo de San José, el Vizconde de Begíjar, lo habían matado, y su mujer, la vizcondesa, siguió manteniendo el contrato de arrendamiento con mi familia, con mi abuela, hasta que los herederos del Vizconde, dieciocho sobrinos, vendieron el cortijo en 1943. Por tanto, todavía mi abuela con sus hijos labraron el cortijo de San José entre 1939 y 1943. Pero para la siembra del otoño/invierno de 1939 solo había disponibles para sembrar 20 fanegas de tierra, porque no se habían barbechado más el año anterior. Al año siguiente, ya sembrarían como siempre, la mitad de cereales y otro parte de leguminosas, pero tuvieron un grave contratiempo.

 

Eran los años del racionamiento y los agricultores debían entregar toda la cosecha al Servicio Nacional del Trigo a precio tasado. Paralelamente había un mercado ilegal, donde los cereales y en general todos los productos agrícolas tenían un precio más alto, que se podía multiplicar por diez sobre el precio tasado; era el estraperlo. La Guardia Civil se había enterado de que en Náquez se estraperlaba (según mi padre, era su tío Joaquín quien estraperlaba) y montó un dispositivo para detectar el estraperlo, mandando a unos arrieros como cebo para que compraran cebada de manera ilegal; al llegar a Náquez, en vez de a su tío Joaquín, los arrieros le preguntaron al hermano de mi padre, Francisco, que les vendió 18 fanegas de cebada, 700 kilos aproximadamente, porque estaban necesitados de dinero para pagarle a los segadores, y cayeron en la trampa. Les fue requisado todo el trigo, tanto el que estaba en el granero como el de la era, sellándoles el granero; después de muchas gestiones, viajando a Jaén varias veces mi padre con su madre, y ayudados por Tomás Godoy Reyes, canenero, comisario de policía en Jaén, consiguieron que les dejaran parte del trigo para ese año y para la siembra, pero le confiscaron la mayor parte, que no se llevó el organismo encargado, la Fiscalía de Tasas, hasta finales de abril de 1942.

 

En el otoño de 1942, Felipe y Francisco, los dos hermanos mayores de edad, tras volver del servicio militar, le plantearon a mi abuela, que era su madrasta, y a sus hermanos menores, independizarse, y se partieron las distintas hazas del cortijo; se hicieron siete lotes, de los que dos corresponderían a los hermanos mayores y cinco a los menores y a su madre; los mayores se quedaron con un par de mulos y los menores con dos pares. Los dos lotes que tenían los mayores eran poca tierra para labrar por un par de mulos, y le pidieron a su madrasta más tierras, a lo que ella accedió.

 

El cortijo de San José se vendió en 1943 a los hermanos Sanz (mi padre los denominaba serranos, porque eran oriundos de Cuenca o Guadalajara, como tantos ganaderos castellanos trashumantes que se han afincado en Andalucía en siglos pasados); ya habían comprado otro de los cortijos de Náquez, el de los Carvajales, en 1941 (en este cortijo de los Carvajales había estado de arrendatario un baezano, al que llamaban Fernandico). No solo estos dos cortijos cambiaron de propietarios en estos años. En 1935, los Barraganes, también labradores de Canena en otro cortijo de Náquez, habían comprado otro a D. Enrique del Río Contreras. Y en 1941-42, el tío Joaquín compró en el que estaba de arrendatario; era de una monja que murió en la guerra, y lo heredaron tres hermanas; una de las hermanas le ofreció comprar su parte al tío Joaquín, por 55000 pesetas (eran algo menos de 100 cuerdas) y, aunque él no tenía dinero, se vino a Canena, a la Molineta, actual cooperativa de San Isidro, para que le prestaran la señal para comprar la finca (el encargado de la cooperativa era el Rubio, tío de Manuel López Godoy, Manolo Luna); al poco tiempo, las otras dos hermanas también hicieron lo mismo y el tío Joaquín compró todo el cortijo (en torno a 280 fanegas) y como en los siguientes años los cereales tuvieron buen precio, pudo desahogarse pronto y pagarlo en los plazos convenidos. Este cortijo lo heredaron sus hijos y hoy es ya todo olivar de riego.

 

Los compradores del cortijo de San José iban a labrar directamente la tierra, por lo que dejaron de arrendarle el cortijo a los Muchachos. Era el otoño de 1943 y en el despido acordaron con los nuevos propietarios que la tierra que habían barbechado el año anterior la podían sembrar y recoger la cosecha sin pagar renta alguna. Deciden entonces los Muchachos buscar otro cortijo para arrendar todos los hermanos juntos; pero encuentran uno en Baeza, las Monteras, Vistalegre, cerca de la pedanía de las Escuelas, en la margen izquierda del Guadalquivir, que era solo para dos pares de mulos, y los hermanos mayores deciden quedárselo ellos solos, aunque el primer año, 43-44, como sembraron los barbechos del cortijo San José, en Náquez, la sementera de Vistalegre se la ceden a los “Adobes” (a Juan José Reyes Reyes, Juanillo Adobe, hermano del Sultán, y a sus hijos). La cosecha de 1944, la última que cogieron en Náquez, fue buena, sin tener además que pagar renta alguna.

 

El año siguiente los hermanos menores no labraron nada, pero tuvieron suerte, porque fue el año del hambre, 1945, y con la reserva de la cosecha del año anterior pudieron subsistir sin pasar grandes apuros. Mi padre aprovechó esa circunstancia y se fue a Valencia con su prima Amparín unas semanas. Amparín, junto con Antonio y Adelina, eran hijos de su tío Miguel, el hermano mayor de su madre, que había sido médico en Quero, al que aludí en el capítulo anterior. Se casó con una valenciana, Adelina, y tras la guerra ambos estuvieron encarcelados; a Miguel incluso lo llegaron a condenar a muerte, aunque, según mi padre, su hijo Antonio, entonces con 16 años, consiguió que le conmutaran la pena de muerte por la de treinta años de reclusión mayor. Menos suerte tuvo el marido de la hermana de Miguel y de mi abuela, Antonia -madre de Juliana, Inés, Gregorio y Paquita-, Gregorio Castellanos, que fue Alcalde de Quero, con el que sí se cumplió la pena de muerte a la que fue condenado, siendo fusilado en noviembre de 1939.

 

Según me contaba mi padre, su tío Miguel, siendo médico en Quero, intentó evitar los asesinatos de derechistas, pero no lo consiguió, y se marchó de allí, yéndose al ejército republicano de voluntario, donde fue capitán médico; al menos una vez vino a Canena durante la guerra, siendo Capitán, a ver a su madre, a la que habían operado. Tras la guerra, en Quero, como venganza por las muertes de los derechistas entre 1936 y 1939, le pusieron un cencerro y lo paseaban por las calles a cuatro patas, humillándolo, hasta que sus primos de Canena, entre ellos Ricardo López Vaquerizo, fueron allí y consiguieron que lo trasladaran a la cárcel de Quintanar de la Orden, donde ya estuvo preso hasta que se celebró el Consejo de Guerra en Ocaña. En la instrucción del proceso, el juzgado de Quintanar de la Orden pidió información al ayuntamiento de Canena, que le remitió el 7 de marzo de 1940 un certificado del primer teniente de alcalde, Alberto Muñoz Alvar, y un escrito firmado por treinta convecinos de Canena, para que sirviera como descargo a favor de Miguel.

 

Documentos remitidos desde el ayuntamiento de Canena al Juzgado de Quintanar de la Orden, donde se instruía el Consejo de Guerra a Miguel Reyes López

 

El 17 de junio de 1943 se dictó sentencia, por la que se le condenaba como autor de un delito de adhesión a la rebelión (he podido consultar varios Consejos de Guerra, entre ellos este del tío Miguel, que se encuentra en el Archivo General e Histórico de la Defensa, en Madrid, y a los acusados se les condenaba en la mayoría de los casos a los delitos de adhesión o auxilio a la rebelión, precisamente por no haberse sumado a las tropas sublevadas contra la República), con la concurrencia de circunstancias de agravación a la pena de MUERTE. Pero los hechos encausados, según el expediente, estaban comprendidos en los casos susceptibles de conmutar la pena de MUERTE por la de TREINTA AÑOS DE RECLUSIÓN MAYOR, por lo que la ejecución de la sentencia quedó en suspenso hasta la resolución de la posible conmutación, que llegó el 12 de noviembre de 1943, siendo favorable.

 

Tanto Miguel como su mujer, Adelina, estuvieron presos varios años, primero en la prisión de Ocaña y después en la de San Juan de los Reyes, en Valencia. Sus dos hijas, que iban a visitarlos a la cárcel, acabaron casándose con compañeros de su padre en la prisión, Adelina con Carlos Dorado y Amparín con Valentín Bea. Su hijo Antonio se buscó la vida como pudo, venía a Canena, trabajó en Náquez, se llevaba aceite a Valencia, donde lo vendía. Antonio y Amparín a finales de los años cuarenta fueron detenidos y encarcelados unos años, por colaborar con la oposición al régimen. Miguel y su hijo Antonio llegaron a compartir celda en la prisión de San Juan de los Reyes, en Valencia, de donde salieron en 1951. Siempre mantuvieron buena relación con su familia de Canena y ya en 1976 nosotros, mi familia, hicimos un viaje a Valencia y pasamos unos días con nuestros primos, haciendo una excursión a la sierra valenciana, a Bicorp, donde el tío Miguel había sido médico y sus hijos mantenían allí una casa. Miguel tuvo un final trágico. Después de salir de la prisión en 1951, su primer destino fue Bicorp y después Villa de Ves, un pueblo de Albacete; por entonces se estaba construyendo el pantano de Cofrentes y él atendía a los trabajadores. Un día lluvioso de 1954, iba el tío Miguel a atender a un enfermo a una aldea, en un mulo o en un caballo, que se resbaló; Miguel se cayó del animal y se dio un golpe fuerte en la cabeza y, aunque no murió en el acto, el médico del pueblo vecino que debió atenderlo no llegó hasta el día siguiente y ya fue tarde para salvarle la vida.

 

Volviendo a los Muchachos, me contó mi padre como en agosto del año 1945, fueron a Torreblascopedro a comprar un carro de paja. Fueron mi padre y mi tío Narci desde Canena a Náquez, donde Juan Antonio Herrera Reyes, el Chico Carreteras, les dejó un carro y se fueron a Torreblascopedro, donde directamente lo cargaron de paja en la era (con “cargueros”, especie de garbillos, pero más grandes, con los que podían cargar la paja en el carro); una vez que lo pagaron, lo trajeron a Canena, a su casa de la calle Baja. Lo descargaban en la calle y desde allí, en sacas, lo subían al pajar. La paja era para darle de comer a las tres bestias que tenían. Ese año consiguieron más paja segando tres fanegas que habían comprado en Ibros y otras que le segaron a Manuel Godoy Reyes, Manolazo (padre de Tomás Godoy Godoy, Tomatón), las barcinaron y llevaron a la era, las trillaron y le encerraron el trigo a Manolazo, todo a cambio simplemente de la paja, porque fue un año muy malo.

 

Los hermanos mayores estaban de arrendatarios en el cortijo de las Monteras. En el año 1945-46 les dejaron a sus hermanos menores (Alfonso, Antonio, Narciso y Ramón) dos hazas en ese cortijo, que habían estado de erial durante varias décadas, que sembraron de cebada; fue muy buen año y pudieron coger la cosecha; ese año los hermanos menores se habían quedado con 40 fanegas (veinte para sembrar y veinte de barbecho) en el cortijo del Tesorero, en el término de Úbeda, en la margen derecha del río Guadalquivir, donde estaban de arrendatarias varias familias de Fernán Núñez, que les cedieron esas 40 fanegas, porque al ser el año anterior tan malo no tenían recursos para labrar todo el cortijo al año siguiente.

 

Fotografía de las ruinas del Cortijo de El Tesorero, tomada de la web jaenescondido (https://www.jaenescondido.es/cortijo-del-tesorero.html)

 

Para los Muchachos ese arrendamiento sería providencial, porque les dio la oportunidad de arrendar al año siguiente un cortijo limítrofe, Novallas, donde labrarían los trece años siguientes. Pero eso se queda para el siguiente capítulo.

 

Así es como los Muchachos, tras dejar su cortijo en Náquez, donde la familia había estado de arrendataria desde finales del siglo XIX, pasaron a labrar otras tierras más alejadas de Canena, en el término de Úbeda, en la margen derecha del río Guadalquivir, primero el cortijo El Tesorero y después Novallas, tierras margosas y arcillosas del mioceno, aunque siguieron siendo labradores de tierra calma.

 

El 18 de octubre de 1945 moría su madre, María Manuela Reyes López, con 51 años, de diabetes. La madre de ésta, Ramona López García, había muerto en 1944, con 82 años. Al morir María Manuela sus hijos se quedaron huérfanos. El mayor, Alfonso, tenía 21 años. Entonces, su hermana mayor, Paquita (recordemos que, junto con Felipe y Francisco, era solo hermana de padre de los cuatro menores), que se había casado en 1939 con Lázaro Arza Godoy, se fue a vivir con sus hermanos menores, a hacerse cargo de la casa de la calle Baja, donde estuvo hasta que se casó Alfonso, en noviembre de 1948, con Juanita Lorite, hermana de los Frasquitos. Éstos eran carpinteros, oficio que ya ejerció su padre. Después de la guerra también tuvieron un estanco. Como carpinteros se quedaron con la madera del tejado y entresuelos de buena parte del castillo, que se había derrumbado en abril de 1943, y la utilizaron para hacer muebles.

 

Acabo aquí el cuarto capítulo de la historia de los Muchachos, animando a otros caneneros a que también nos hagan partícipes de lo vivido por sus familias en tiempos pasados. En el próximo artículo, los Muchachos, ya adultos, seguirán de labradores, primero en Novallas y después en las Atalayuelas (o Atarayuelas, como más comúnmente le decíamos a este cortijo situado en término de Vilches, entre los ríos Guadalimar y Guadalén), se irán casando y formando sus familias, y seguirán escribiendo su particular historia.


Texto de José Luis Reyes Lorite