domingo, 19 de julio de 2026

Los Muchachos, una familia de labradores IV. Guerra Civil y Posguerra

En este capítulo contaré cómo vivió mi familia, los Muchachos, durante la Guerra Civil y la posguerra. El prisma del relato será fundamentalmente el de mi padre, que al inicio de la guerra estaba a punto de cumplir los diez años. Intercalaré hechos que no tienen que ver directamente con los Muchachos, bien porque me los haya contado mi padre y estén relacionados con Canena o bien porque me parezcan relevantes o interesantes darlos a conocer.

 

Para contextualizar el relato, he de decir que esta familia de labradores y pequeños propietarios era católica, conservadora, sin activismo político, más allá de ocupar alguna vez algún cargo como concejal en el pueblo. Su vida transcurría a medio camino entre Canena y Náquez. Mi padre me decía que guardaba un recuerdo agridulce de Náquez. Por una parte, pasó buena parte de su niñez en el día a día de una familia labradora, echando una mano en lo que se podía.

 

Estado actual del cortijo de San José, en Náquez. Foto cedida por Sebastián Cobo Lorite


Pero la Guerra lo trastocó todo, como en todas las familias, en unos casos con pérdidas irreparables y en la generalidad con la carestía y el retroceso en las condiciones de vida de la mayoría de los españoles, no solo durante la guerra, sino en los años e incluso décadas siguientes. Canena vivió la guerra en la retaguardia de la zona republicana, no estuvo cerca de ningún frente ni hubo ningún hecho militar reseñable, aunque sí varios accidentes con alguna granada, como veremos. No me voy a extender sobre los cambios en la organización del ayuntamiento y en otras cuestiones tras el golpe militar de julio de 1936. Hasta el 29 de enero de 1937, según se recoge en las actas del ayuntamiento, no se constituyó el nuevo Consejo municipal, de acuerdo con el Decreto de 4 de enero. Debía estar formado por representantes de las diferentes organizaciones políticas y sindicales de cada pueblo,  que en el caso de Canena era la Asociación socialista “La Bandera Roja”, afecta a la U.G.T., único partido y organización sindical que existe en dicho pueblo. Aunque en los primeros días tras el golpe hubo detenciones de personas de derechas, y posteriormente también, no se produjo en Canena ningún asesinato, ni en esos primeros momentos ni durante el resto de la Guerra.

 

Algunas cosas me contó mi padre de la vida en Canena de 1936 a 1939. En el otoño de 1936, repartieron a los obreros entre los propietarios, para que los emplearan, aunque no hubiera trabajo en el campo; más tarde, cuando llegó la recolección de la aceituna, se la incautaron. Después, le quitaron la mayoría de las tierras a los mayores hacendados (por ejemplo, a su tío Bartolo, que tenía sobre todo el capital de su mujer, la Chacha Juana, cuyo padre había sido alcalde durante la Dictadura de Primo de Rivera), no solo las tierras, sino también las bestias y demás útiles de trabajo, dejándoles algo para sobrevivir. Las tierras que les incautaron a los propietarios caneneros no las cultivaban en colectividad, sino que los que ostentaron el poder local las repartían, no sé con qué criterios; también ocuparon alguna casa. Los caneneros, los republicanos, formaron una colectividad, que labrara los cortijos de la Casería, en término de Ibros, y Miralrío, en el de Vilches, situados respectivamente en la margen izquierda y derecha del río Guadalimar.

 

Por otra parte, a partir del otoño del 36 comenzaron a llegar los evacuados de la campiña cordobesa y los repartieron por las casas de la gente de derechas. En su casa de la calle Baja, por ejemplo, tuvieron que acoger a una familia de Espejo, de cinco miembros, más ellos, que eran once, y además darle el sustento a otra, de Bujalance, aunque esta dormía en el casino, en el que es hoy el bar Chicote, que sirvió de residencia de refugiados. Más tarde, en su casa acogieron a dos soldados de la brigada 92, que procedía de levante y pasó en Canena 15 o 20 días de descanso; mi padre se acuerda especialmente de uno de los soldados, un valenciano, con el que mantuvieron después correspondencia durante un tiempo; los soldados de esta brigada se hospedaron no solo en casas particulares, sino también en la Iglesia, en el Castillo, en el casino.

 

Dada la situación peligrosa que se vivía en otras zonas del país, en Canena se refugiaron algunas personas venidas de fuera. Es el caso de dos niños de entre ocho y doce años, Julio y Rafael, de familia de derechas (no he podido averiguar de quién, sospecho que pudieran ser familiares de Alejandro Lerroux), que vinieron de Madrid, y vivían en la casa de Sebastián Godoy Reyes, en la calle Melindre. Otra persona que se refugió en Canena fue José Vio Escamilla, falangista de Granada; en este caso, posiblemente estuviera fuera de Granada al estallar la guerra, donde triunfó el golpe militar, y no pudiera regresar allí, quedándose en Canena, donde ejercía como maestra Manola Sánchez Escamilla (deduzco, por los segundos apellidos de ambos, que pudieran ser familia, aunque no lo tengo confirmado; ella era de ideas socialistas, pero eso no excluye que pudiera dar cobijo a un familiar que corría peligro, aunque, como digo, no tengo confirmada esta hipótesis). Un canenero que murió al inicio de la guerra fue Pascual Morcillo García, casado con Inés García Herrera; era militar y en el 36 estaba en Madrid, en el cuartel de la Montaña, donde murió. Su mujer, Inés, vivió luego en Sevilla, y en la posguerra atendía a los soldados caneneros que estaban haciendo allí la mili y la visitaban en su casa.

 

Durante la guerra en Canena hubo al menos dos accidentes con granadas. Uno ocurrió en el verano de 1938, en el que vino un soldado de permiso y se le ocurrió traer en el macuto una bomba y no dijo nada en su casa, que estaba por la Fuente el Caño; su madre manipuló el macuto, estallándole la bomba, que le causó la muerte. Otro accidente más conocido es el que sucedió junto a la “cárcel”. Alguno de los soldados que vinieron al castillo debió esconder una bomba en un majano de piedras próximo; en el invierno del 39, el 19 de enero hacia las una de la tarde, tres niñas y un niño, entre seis y dos años, que vivían en el castillo, cogieron ese objeto metálico para jugar y bajaron hacia la zona de la cárcel, donde les daban de comer. Jugando en el patinillo de la cárcel les explotó la bomba; dos de ellos, Vicenta y Juan Moreno Molina, hermanos, de seis y cuatro años, sufrieron las peores consecuencias, y aunque no murieron en el acto, fallecieron a las pocas horas en el Hospital de Santiago de Úbeda. Otras dos niñas, primas suyas, Juanita y América, pudieron sobrevivir y una de ellas, América Sánchez Molina, que perdió un ojo, todavía vive. Los niños recibieron las primeras atenciones de las vecinas y del médico de Canena, Don Juan. Fueron llevados a la estación del tranvía, donde se habilitó un vagón para llevarlas a Úbeda, al hospital. Era el tiempo de recolección de la aceituna y la madre de Vicenta y Juan, Isabel Molina Jurado, estaba en un olivar frente a Canena, y oyó el estruendo de la bomba, sin sospechar lo que había ocurrido. La familia siguió viviendo en el castillo después de la guerra, al igual que otras tantas familias que no tenían otro sitio donde vivir en aquellos años. Isabel tuvo dos hijos y siete hijas. Tras el accidente, tuvo cuatro hijas y a las dos primeras, Vicenta y Juana (la Papagaya, nacida en 1942 que es la que me ha relatado lo que sucedió, de lo que le contaba su madre) les pusieron sus nombres en homenaje a sus hermanos muertos.

 

Volviendo a Náquez, ya antes del golpe la situación que se vivía en el campo era conflictiva en algunas ocasiones. En la siega del verano de 1936, me contaba mi padre, dos segadores de Linares de los que habían contratado se rajaron un dedo, uno de ellos accidentalmente o no, pero el otro de manera voluntaria, para darse de baja; había un seguro que cubría los accidentes y mi abuelo dio el parte correspondiente, de los dos segadores, aunque uno de ellos se hubiera lastimado voluntariamente; los días de baja el seguro parece que no cubría la totalidad del jornal, que tenía que ser completado por el patrono (por ejemplo si el jornal era de cinco pesetas y el seguro pagaba cuatro, la peseta restante la pagaba el patrono). Estos dos segadores, pasados unos meses, volvieron como milicianos o formando parte de la colectividad que se formó en Náquez y no dejaban de amenazar a mi abuelo, diciéndole que si ellos querían, en cualquier momento le podían pegar un tiro; era una manera de chantajearlo, hasta que un día mi abuelo les dijo que qué pretendían, que había que zanjar esa situación y que si querían algo, pasaran a las cuadras y se llevaran cada uno una bestia, y así lo hicieron, llevándose un mulo y una yegua.

 

Para los Muchachos las condiciones de vida empeoraron, no solo por la carestía y la guerra, sino por cómo fue tratada su familia. Especialmente dolorosa debió resultar la situación para mi abuelo Alonso. Desde Linares se organizó la explotación de los cortijos de su término en colectividades. En el caso de su cortijo, en Náquez, la colectividad fue de 18 hombres, incluidos mi abuelo y sus dos hijos mayores, Felipe y Francisco, a los que no les quedó más remedio que integrarse en la colectividad para seguir subsistiendo; como ellos eran los que habían estado de arrendatarios y no eran de izquierdas, se los discriminó a la hora del reparto (por ejemplo, de los marranos que le asignaban a cada uno para hacer la matanza en el mes de diciembre, dándole a cada miembro de la colectividad un marrano de 70 u 80 kilos, a mi abuelo y a sus dos hijos mayores, solo les dieron uno para los tres, de 30 kilos). Todos ganaban un sueldo diario de 5 pesetas. Cuando llegaron los colectivistas al cortijo, en el verano del 36, se llevaron toda la cosecha, los cuatro pares de mulos, la yegua y cerca  de 100 marranos, todo lo que tenían. La colectividad lo labró en el 36-37, pero al año siguiente ya se fueron, ya que había menos personas disponibles (parte se había ido al frente) y se quedaron labrando solo los cortijos más próximos a Linares, llevándose todo lo del cortijo. Entonces mi abuelo y su primo Joaquín Reyes López, padre de Juani Mari y Frasqui, pidieron labrar alguna parte de Náquez y se les autorizó a ello, pero cuando cosecharon, en el verano de 1938, les volvieron a requisar el grano, dejándolos sin nada, que apenas tenían para comer, cuando habían cogido la cosecha con mil penalidades, trabajando todos, que los chiquillos iban también a segar (el primer día de siega, mi padre, en el verano del 38, con apenas 12 años, se hizo una herida en un dedo) y a mi abuelo, que tenía una hernia, se le salía la tripa. Según  mi padre, allí prácticamente se dejó la vida (moriría unos meses después, el 12 de diciembre de ese año, con 53 años, en el Hospital de Santiago, de Úbeda, tras una operación de la hernia, que no superó, y se enterró en el cementerio de San Ginés, en Úbeda, ya que no hubo medios para llevarlo al cementerio de Canena). De los bienes que le incautaron a mi abuelo hemos encontrado en el archivo municipal de Linares una fuente primaria, un escrito que presentó el 19 de mayo de 1937, dirigido al Presidente de la Junta provincial calificadora de incautaciones rústicas. La Junta provincial remitió el escrito a la junta calificadora municipal de Linares en agosto de 1937, para que lo informara, pero mi abuelo nunca recibió contestación alguna.

 

Escrito de Alonso Reyes Serrano, de 19 de mayo de 1937, dirigido al Presidente de la Junta calificadora de fincas rústicas

 

El escrito refleja la situación que vivía mi abuelo como arrendatario en aquellos momentos y el conflicto con la colectividad que se formó en el cortijo del que era labrador. Ante la imposibilidad de seguir con el arrendamiento, relacionaba los bienes que tenía, pidiendo que se le abonasen o que no se le incautasen, valorándolos en 46849 pesetas. La renta que pagaba por el arrendamiento del cortijo de San José, en Náquez, al Vizconde de Begíjar era por cada seis y media fanegas de grano dos, equivalente al 30 % aproximadamente de la producción. Se consideraba mi abuelo Alonso, por ser un modesto arrendatario, con derecho a ser acogido por todas las disposiciones dictadas por el señor ministro de Agricultura. La colectividad había recogido la cosecha en el verano del 36 y sembraría en el otoño/invierno siguiente de trigo y cebada la tierra que había descansado el año anterior; pero, según el escrito, él había barbechado/labrado una parte de la tierra que se había sembrado y cosechado la campaña anterior y que debía descansar, con las debidas labores, pero no lo había hecho así la colectividad con el resto de la tierra. En el escrito se relacionan los bienes que mi abuelo tenía en el cortijo: tres mulas y tres mulos, 96 marranos (once marranas de cría, dos barracos, veinte marranos lechones y cuarenta y dos marranos mamones), una cabra, un becerro y dos becerras, una yegua, veinticuatro gallinas y un gallo. A ello hay que añadir los granos (trigo, cebada, garbanzos), y la maquinaria, herramientas de labor y aperos: galera, segadora, arados, binadora, grada, trillos…

 

Su primo Joaquín estuvo en Náquez la mayor parte de la guerra, entre otras cosas indagando dónde se habían llevado el ganado que le habían incautado. Acabada la guerra, los propietarios de los ganados fueron por el campo, por los cortijos, buscando su ganado y, según los casos, recuperaron parte de él. En el caso de los Muchachos, muerto mi abuelo Alonso en 1938, fue su primo Joaquín el que se llevó a mi padre de Canena a Náquez unos días antes del 1 de abril de 1939 y mi padre fue con él por varios cortijos de Linares buscando su ganado, del que recuperaron cinco mulos (de los ocho que tenían en 1936) en cortijos entre Linares y Bailén (mi padre se acordaba del nombre de los mulos: el Jardinero, el Tendero, la Condesa, la Perchelera), una yegua, una vaca y entre 30 y 40 marranos. Él fue sólo un día a buscar el ganado, ya que a los pocos días de acabar la guerra vino su hermano mayor, Felipe, del frente y éste fue el que acompañó al tío Joaquín más días a buscar el ganado. Cuando lo encontraban daban parte a una oficina de recuperación que había en Linares y se llevaban el ganado a Náquez, al cortijo que volvieron a labrar.

 

El día anterior a que su tío Joaquín se lo llevara a Náquez, en los últimos días de marzo de 1939, estando mi padre jugando en la plaza con otros chiquillos -él no había cumplido los trece años-, vio a Pepe Macarro, José Lorite Díaz, el último que ejerció como alcalde republicano, subir desde su casa, que estaba debajo de la Plaza, en la calle Rincón, al ayuntamiento, llevando dos escopetas para entregarlas, como símbolo de entrega del ayuntamiento a las fuerzas que habían ganado la Guerra Civil. Para ello, parece que bajó desde Baeza algún militar, que se hizo cargo del ayuntamiento. A los pocos días, el 10 de abril, por parte de un teniente honorario del Cuerpo  Jurídico-Militar, en nombre del Excmo. Sr. General Jefe del Cuerpo del Ejército del Sur, se nombró una Comisión Gestora provisional en el ayuntamiento.

 

Los hermanos mayores de mi padre, Felipe y Francisco, fueron soldados republicanos, Felipe desde 1937 y Francisco desde 1938. Felipe estuvo en Teruel, destinado en la sección de camilleros, con mulas de grupos de Sanidad Militar, dedicándose a trasladar heridos con reatas de mulas desde terrenos muy abruptos hasta los hospitales de campaña o hasta lugares donde podían acceder vehículos pesados, ya que en el frente de Teruel el terreno era muy accidentado, con mucho barro y nieve por el frío extremo. Juana Santos, su hija menor, me ha contado que aunque le preguntaban sobre la guerra, él nunca decía nada sobre los sucesos en el frente, no añadía mucho más de lo dicho anteriormente, sí hablaba sobre las penurias del frío, la falta de abrigo en las ropas y calzado de los soldados o relataba alguna anécdota con los compañeros. Al finalizar la guerra, lo enviaron a Valencia, en cuya plaza de toros concentraron a miles de soldados republicanos para identificarlos y determinar dónde trasladarlos según su servicio durante la contienda. A él, que fue soldado raso, lo liberaron pronto y le permitieron volver a Canena, parece que junto con otros caneneros.

 

Francisco llegó a ser sargento y a punto estuvo de ascender a teniente. Cuando acabó la guerra estaba en Lérida. Al no ser soldado raso, no pudo volver de manera inmediata a su pueblo, permaneciendo en distintos batallones de trabajadores en Lérida, Teruel, Deusto y Madrid. Uno de sus trabajos fue limpiar campos de minas y en un ocasión a un compañero le estalló una y a él, que estaba cerca, se le incrustaron esquirlas en el cuerpo, que tuvo hasta su muerte. Volvió a Canena el 27 de enero de 1940, no sé si después de haber pasado Consejo de Guerra; en cualquier caso, según mi padre, las autoridades locales de Canena le mandaron informes favorables para facilitarle su regreso. En el frente coincidió al menos con otro canenero, Elio Godoy Guillén.

 

Francisco, como soldado republicano

 

Ambos, Felipe y Francisco, después de la guerra tuvieron que hacer el servicio militar, de tres años. Felipe en Sevilla, donde coincidió allí con otro canenero, Rufino Herrera Godoy, hermano de mi abuela materna.

 

Felipe, en el servicio militar

 

Francisco estuvo destinado en principio en Granada, y de allí lo mandaron a Motril, donde vio pasar la armada de los aliados, que había cruzado el Estrecho rumbo al Mediterráneo, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.

 

Francisco, de recluta

 

Tras la guerra, en Náquez se produjeron bastantes cambios. Al propietario del cortijo de San José, el Vizconde de Begíjar, lo habían matado, y su mujer, la vizcondesa, siguió manteniendo el contrato de arrendamiento con mi familia, con mi abuela, hasta que los herederos del Vizconde, dieciocho sobrinos, vendieron el cortijo en 1943. Por tanto, todavía mi abuela con sus hijos labraron el cortijo de San José entre 1939 y 1943. Pero para la siembra del otoño/invierno de 1939 solo había disponibles para sembrar 20 fanegas de tierra, porque no se habían barbechado más el año anterior. Al año siguiente, ya sembrarían como siempre, la mitad de cereales y otro parte de leguminosas, pero tuvieron un grave contratiempo.

 

Eran los años del racionamiento y los agricultores debían entregar toda la cosecha al Servicio Nacional del Trigo a precio tasado. Paralelamente había un mercado ilegal, donde los cereales y en general todos los productos agrícolas tenían un precio más alto, que se podía multiplicar por diez sobre el precio tasado; era el estraperlo. La Guardia Civil se había enterado de que en Náquez se estraperlaba (según mi padre, era su tío Joaquín quien estraperlaba) y montó un dispositivo para detectar el estraperlo, mandando a unos arrieros como cebo para que compraran cebada de manera ilegal; al llegar a Náquez, en vez de a su tío Joaquín, los arrieros le preguntaron al hermano de mi padre, Francisco, que les vendió 18 fanegas de cebada, 700 kilos aproximadamente, porque estaban necesitados de dinero para pagarle a los segadores, y cayeron en la trampa. Les fue requisado todo el trigo, tanto el que estaba en el granero como el de la era, sellándoles el granero; después de muchas gestiones, viajando a Jaén varias veces mi padre con su madre, y ayudados por Tomás Godoy Reyes, canenero, comisario de policía en Jaén, consiguieron que les dejaran parte del trigo para ese año y para la siembra, pero le confiscaron la mayor parte, que no se llevó el organismo encargado, la Fiscalía de Tasas, hasta finales de abril de 1942.

 

En el otoño de 1942, Felipe y Francisco, los dos hermanos mayores de edad, tras volver del servicio militar, le plantearon a mi abuela, que era su madrasta, y a sus hermanos menores, independizarse, y se partieron las distintas hazas del cortijo; se hicieron siete lotes, de los que dos corresponderían a los hermanos mayores y cinco a los menores y a su madre; los mayores se quedaron con un par de mulos y los menores con dos pares. Los dos lotes que tenían los mayores eran poca tierra para labrar por un par de mulos, y le pidieron a su madrasta más tierras, a lo que ella accedió.

 

El cortijo de San José se vendió en 1943 a los hermanos Sanz (mi padre los denominaba serranos, porque eran oriundos de Cuenca o Guadalajara, como tantos ganaderos castellanos trashumantes que se han afincado en Andalucía en siglos pasados); ya habían comprado otro de los cortijos de Náquez, el de los Carvajales, en 1941 (en este cortijo de los Carvajales había estado de arrendatario un baezano, al que llamaban Fernandico). No solo estos dos cortijos cambiaron de propietarios en estos años. En 1935, los Barraganes, también labradores de Canena en otro cortijo de Náquez, habían comprado otro a D. Enrique del Río Contreras. Y en 1941-42, el tío Joaquín compró en el que estaba de arrendatario; era de una monja que murió en la guerra, y lo heredaron tres hermanas; una de las hermanas le ofreció comprar su parte al tío Joaquín, por 55000 pesetas (eran algo menos de 100 cuerdas) y, aunque él no tenía dinero, se vino a Canena, a la Molineta, actual cooperativa de San Isidro, para que le prestaran la señal para comprar la finca (el encargado de la cooperativa era el Rubio, tío de Manuel López Godoy, Manolo Luna); al poco tiempo, las otras dos hermanas también hicieron lo mismo y el tío Joaquín compró todo el cortijo (en torno a 280 fanegas) y como en los siguientes años los cereales tuvieron buen precio, pudo desahogarse pronto y pagarlo en los plazos convenidos. Este cortijo lo heredaron sus hijos y hoy es ya todo olivar de riego.

 

Los compradores del cortijo de San José iban a labrar directamente la tierra, por lo que dejaron de arrendarle el cortijo a los Muchachos. Era el otoño de 1943 y en el despido acordaron con los nuevos propietarios que la tierra que habían barbechado el año anterior la podían sembrar y recoger la cosecha sin pagar renta alguna. Deciden entonces los Muchachos buscar otro cortijo para arrendar todos los hermanos juntos; pero encuentran uno en Baeza, las Monteras, Vistalegre, cerca de la pedanía de las Escuelas, en la margen izquierda del Guadalquivir, que era solo para dos pares de mulos, y los hermanos mayores deciden quedárselo ellos solos, aunque el primer año, 43-44, como sembraron los barbechos del cortijo San José, en Náquez, la sementera de Vistalegre se la ceden a los “Adobes” (a Juan José Reyes Reyes, Juanillo Adobe, hermano del Sultán, y a sus hijos). La cosecha de 1944, la última que cogieron en Náquez, fue buena, sin tener además que pagar renta alguna.

 

El año siguiente los hermanos menores no labraron nada, pero tuvieron suerte, porque fue el año del hambre, 1945, y con la reserva de la cosecha del año anterior pudieron subsistir sin pasar grandes apuros. Mi padre aprovechó esa circunstancia y se fue a Valencia con su prima Amparín unas semanas. Amparín, junto con Antonio y Adelina, eran hijos de su tío Miguel, el hermano mayor de su madre, que había sido médico en Quero, al que aludí en el capítulo anterior. Se casó con una valenciana, Adelina, y tras la guerra ambos estuvieron encarcelados; a Miguel incluso lo llegaron a condenar a muerte, aunque, según mi padre, su hijo Antonio, entonces con 16 años, consiguió que le conmutaran la pena de muerte por la de treinta años de reclusión mayor. Menos suerte tuvo el marido de la hermana de Miguel y de mi abuela, Antonia -madre de Juliana, Inés, Gregorio y Paquita-, Gregorio Castellanos, que fue Alcalde de Quero, con el que sí se cumplió la pena de muerte a la que fue condenado, siendo fusilado en noviembre de 1939.

 

Según me contaba mi padre, su tío Miguel, siendo médico en Quero, intentó evitar los asesinatos de derechistas, pero no lo consiguió, y se marchó de allí, yéndose al ejército republicano de voluntario, donde fue capitán médico; al menos una vez vino a Canena durante la guerra, siendo Capitán, a ver a su madre, a la que habían operado. Tras la guerra, en Quero, como venganza por las muertes de los derechistas entre 1936 y 1939, le pusieron un cencerro y lo paseaban por las calles a cuatro patas, humillándolo, hasta que sus primos de Canena, entre ellos Ricardo López Vaquerizo, fueron allí y consiguieron que lo trasladaran a la cárcel de Quintanar de la Orden, donde ya estuvo preso hasta que se celebró el Consejo de Guerra en Ocaña. En la instrucción del proceso, el juzgado de Quintanar de la Orden pidió información al ayuntamiento de Canena, que le remitió el 7 de marzo de 1940 un certificado del primer teniente de alcalde, Alberto Muñoz Alvar, y un escrito firmado por treinta convecinos de Canena, para que sirviera como descargo a favor de Miguel.

 

Documentos remitidos desde el ayuntamiento de Canena al Juzgado de Quintanar de la Orden, donde se instruía el Consejo de Guerra a Miguel Reyes López

 

El 17 de junio de 1943 se dictó sentencia, por la que se le condenaba como autor de un delito de adhesión a la rebelión (he podido consultar varios Consejos de Guerra, entre ellos este del tío Miguel, que se encuentra en el Archivo General e Histórico de la Defensa, en Madrid, y a los acusados se les condenaba en la mayoría de los casos a los delitos de adhesión o auxilio a la rebelión, precisamente por no haberse sumado a las tropas sublevadas contra la República), con la concurrencia de circunstancias de agravación a la pena de MUERTE. Pero los hechos encausados, según el expediente, estaban comprendidos en los casos susceptibles de conmutar la pena de MUERTE por la de TREINTA AÑOS DE RECLUSIÓN MAYOR, por lo que la ejecución de la sentencia quedó en suspenso hasta la resolución de la posible conmutación, que llegó el 12 de noviembre de 1943, siendo favorable.

 

Tanto Miguel como su mujer, Adelina, estuvieron presos varios años, primero en la prisión de Ocaña y después en la de San Juan de los Reyes, en Valencia. Sus dos hijas, que iban a visitarlos a la cárcel, acabaron casándose con compañeros de su padre en la prisión, Adelina con Carlos Dorado y Amparín con Valentín Bea. Su hijo Antonio se buscó la vida como pudo, venía a Canena, trabajó en Náquez, se llevaba aceite a Valencia, donde lo vendía. Antonio y Amparín a finales de los años cuarenta fueron detenidos y encarcelados unos años, por colaborar con la oposición al régimen. Miguel y su hijo Antonio llegaron a compartir celda en la prisión de San Juan de los Reyes, en Valencia, de donde salieron en 1951. Siempre mantuvieron buena relación con su familia de Canena y ya en 1976 nosotros, mi familia, hicimos un viaje a Valencia y pasamos unos días con nuestros primos, haciendo una excursión a la sierra valenciana, a Bicorp, donde el tío Miguel había sido médico y sus hijos mantenían allí una casa. Miguel tuvo un final trágico. Después de salir de la prisión en 1951, su primer destino fue Bicorp y después Villa de Ves, un pueblo de Albacete; por entonces se estaba construyendo el pantano de Cofrentes y él atendía a los trabajadores. Un día lluvioso de 1954, iba el tío Miguel a atender a un enfermo a una aldea, en un mulo o en un caballo, que se resbaló; Miguel se cayó del animal y se dio un golpe fuerte en la cabeza y, aunque no murió en el acto, el médico del pueblo vecino que debió atenderlo no llegó hasta el día siguiente y ya fue tarde para salvarle la vida.

 

Volviendo a los Muchachos, me contó mi padre como en agosto del año 1945, fueron a Torreblascopedro a comprar un carro de paja. Fueron mi padre y mi tío Narci desde Canena a Náquez, donde Juan Antonio Herrera Reyes, el Chico Carreteras, les dejó un carro y se fueron a Torreblascopedro, donde directamente lo cargaron de paja en la era (con “cargueros”, especie de garbillos, pero más grandes, con los que podían cargar la paja en el carro); una vez que lo pagaron, lo trajeron a Canena, a su casa de la calle Baja. Lo descargaban en la calle y desde allí, en sacas, lo subían al pajar. La paja era para darle de comer a las tres bestias que tenían. Ese año consiguieron más paja segando tres fanegas que habían comprado en Ibros y otras que le segaron a Manuel Godoy Reyes, Manolazo (padre de Tomás Godoy Godoy, Tomatón), las barcinaron y llevaron a la era, las trillaron y le encerraron el trigo a Manolazo, todo a cambio simplemente de la paja, porque fue un año muy malo.

 

Los hermanos mayores estaban de arrendatarios en el cortijo de las Monteras. En el año 1945-46 les dejaron a sus hermanos menores (Alfonso, Antonio, Narciso y Ramón) dos hazas en ese cortijo, que habían estado de erial durante varias décadas, que sembraron de cebada; fue muy buen año y pudieron coger la cosecha; ese año los hermanos menores se habían quedado con 40 fanegas (veinte para sembrar y veinte de barbecho) en el cortijo del Tesorero, en el término de Úbeda, en la margen derecha del río Guadalquivir, donde estaban de arrendatarias varias familias de Fernán Núñez, que les cedieron esas 40 fanegas, porque al ser el año anterior tan malo no tenían recursos para labrar todo el cortijo al año siguiente.

 

Fotografía de las ruinas del Cortijo de El Tesorero, tomada de la web jaenescondido (https://www.jaenescondido.es/cortijo-del-tesorero.html)

 

Para los Muchachos ese arrendamiento sería providencial, porque les dio la oportunidad de arrendar al año siguiente un cortijo limítrofe, Novallas, donde labrarían los trece años siguientes. Pero eso se queda para el siguiente capítulo.

 

Así es como los Muchachos, tras dejar su cortijo en Náquez, donde la familia había estado de arrendataria desde finales del siglo XIX, pasaron a labrar otras tierras más alejadas de Canena, en el término de Úbeda, en la margen derecha del río Guadalquivir, primero el cortijo El Tesorero y después Novallas, tierras margosas y arcillosas del mioceno, aunque siguieron siendo labradores de tierra calma.

 

El 18 de octubre de 1945 moría su madre, María Manuela Reyes López, con 51 años, de diabetes. La madre de ésta, Ramona López García, había muerto en 1944, con 82 años. Al morir María Manuela sus hijos se quedaron huérfanos. El mayor, Alfonso, tenía 21 años. Entonces, su hermana mayor, Paquita (recordemos que, junto con Felipe y Francisco, era solo hermana de padre de los cuatro menores), que se había casado en 1939 con Lázaro Arza Godoy, se fue a vivir con sus hermanos menores, a hacerse cargo de la casa de la calle Baja, donde estuvo hasta que se casó Alfonso, en noviembre de 1948, con Juanita Lorite, hermana de los Frasquitos. Éstos eran carpinteros, oficio que ya ejerció su padre. Después de la guerra también tuvieron un estanco. Como carpinteros se quedaron con la madera del tejado y entresuelos de buena parte del castillo, que se había derrumbado en abril de 1943, y la utilizaron para hacer muebles.

 

Acabo aquí el cuarto capítulo de la historia de los Muchachos, animando a otros caneneros a que también nos hagan partícipes de lo vivido por sus familias en tiempos pasados. En el próximo artículo, los Muchachos, ya adultos, seguirán de labradores, primero en Novallas y después en las Atalayuelas (o Atarayuelas, como más comúnmente le decíamos a este cortijo situado en término de Vilches, entre los ríos Guadalimar y Guadalén), se irán casando y formando sus familias, y seguirán escribiendo su particular historia.


Texto de José Luis Reyes Lorite

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 5 de junio de 2026

A Paca

No pocas veces, como dice Sergio del Molino en su libro La España vacía, nos gusta recrear el mundo perdido de nuestros padres o nuestros abuelos, el mundo en que nos criamos, en el que tuvimos nuestras primeras vivencias. El espacio rural del que procedemos y lo llevamos más arraigado de lo que parece. Por ello, de vez en cuando nos gusta juntarnos allí, en el cortijo en el que nos alumbrábamos con un candil y en verano dormíamos sobre un serón en el suelo. Hoy perfectamente restaurado.


Valcaliente, con su cortijo, hoy formando una especie de península que se asoma al pantano de Giribaile

 

Nos reunimos los tres hermanos que aún conservamos una salud física y mental aceptable, aunque desigual. Pasamos dos o tres días. Aunque procedemos de la España urbana y la rural, de la agricultura o de las letras, nunca salimos defraudados. Hay suficientes elementos comunes para llenar el tiempo, desde la antigua afición de coger espárragos, contemplar la transformación experimentada en la agricultura o dar paseos por el campo, por esos espacios abiertos tan conocidos y tan queridos: el Cerro del Diablo, las ruinas del Castillo de Giribaile, las Cuevas Iberas o los contornos del Pantano de Giribaile. ¿Y por la noche qué? Es lo mejor, por la noche la candela, alrededor de la lumbre podemos pasar horas relatando historias de la familia o del pueblo. Porque sí, nosotros vivíamos en el campo y en el pueblo. En Canena, un pueblo pequeño que no sé si llegó alguna vez a los 2.500 habitantes, hoy en franco retroceso. Recordando a personas del pueblo, uno de nosotros mencionó a Paca. A Paca todos la queríamos como a una hermana y siempre que hemos hablado de ella ha sido para elogiarla. Paca fue una empleada de hogar que estuvo con mi madre hasta que se casó, no recuerdo los años. Paca estaba perfectamente integrada en la familia: si estábamos en el campo, ella estaba allí, si estábamos en el pueblo, estaba allí. Por lo que recuerdo, nunca he visto reírse a una mujer tanto ni con tantas ganas como a ella. Pero también sabíamos que en torno a Paca había algo oscuro, algo que no todos sabíamos y que era doloroso. Tenía que ver con la guerra civil. Pocas familias de este país se libran de tener algún suceso, más o menos trágico o doloroso, relacionado con la contienda nacional. Paca también tenía una espina, un suceso familiar dramático. Solo se lo contó a algunos de mis hermanos, no a todos. Su padre, Francisco Papio Lorite, fue represaliado en Rus después de la guerra civil. Lo denunciaron, estuvo en prisión, lo fusilaron y a los 3 o 4 días vino el indulto. No sabemos si total o parcial. Nos dice la IA que eso solía suceder, el procedimiento de las ejecuciones sumarias era más eficaz que la burocracia, por eso los indultos podían llegar tarde, cuando ya no eran precisos. En todo caso Francisco Papio Lorite aparece en la placa del Cementerio de Rus en la lista de los que murieron por defender la democracia y la libertad, elaborada por el ayuntamiento para esclarecer los hechos más relevantes de la represión franquista después de la guerra.

 

Cementerio de Rus. Escultura en homenaje a los que murieron por defender la democracia y la libertad, y placas con la lista de 71 personas fusiladas tras la guerra civil


En torno a este suceso, tan escalofriante, todavía nos quedan varias cosas por conocer: fecha del indulto, tipo de indulto, etc.

Dice Alejandro Ruiz, en su libro Violencia, compasión, memoria que la memoria democrática tiene dos contenidos principales: el apoyo a las víctimas, a todas la víctimas de la guerra incivil y la represión franquista, por un lado, y a la construcción de un relato completo y razonable de lo ocurrido en tiempo de la represión franquista, por otro.
Cuando no hablamos de los mismos hechos, el diálogo es de sordos, cada uno defiende su versión y la comunicación no avanza. En la conversación que comentamos, a veces acalorada, pero siempre respetuosa y fraternal, salieron tres hechos en los que no coincidíamos: a) El indulto de Papio  Lorite y su posición en el ayuntamiento republicano b) los quemados en Rus, en la Beata, por los rojos a principio de la guerra y c) los represaliados después de la guerra en Rus por el régimen franquista. 


Sobre el primer punto ya hemos dicho que solo contamos con el testimonio de una de sus hijas, nuestra Paca. Cuando Paca le contó lo sucedido a uno de nuestros hermanos mayores y él le preguntó por qué no lo había dicho antes, ella le dijo llorando, porque teníamos miedo. En ese plural seguro que incluía a toda la familia, ese miedo que dejó la guerra, en particular en las zonas rurales, el miedo de los vencidos, impuesto como norma obligada a todos los miembros de la familia: no se podía hablar de nada relacionado con la guerra.

Las funciones de Papio Lorite en el Ayuntamiento republicano no están del todo claras, parece que fue juez de paz, no eran jueces de carrera sino personas de buen talante que mediaban en los conflictos. No se puede descartar que en ocasiones ocupara una concejalía o incluso sustituyera al alcalde. Lo que parece claro es su ligazón con el ayuntamiento. 

 

b) Sobre los quemados en Rus tampoco coincidimos ni en su número ni en la forma de ejecución: confieso que yo mismo creí durante mucho tiempo que en la Beata los rojos quemaron vivas a varias personas. Recuerdo que de niño íbamos a la Beata (un paraje entre Rus y la Yedra) para ver la placa de los “quemados” por los rojos, 11 nombres. Para mi sorpresa, hemos podido comprobar después que todavía existe la placa. 

 

Curva de la Beata, entre Rus y la Yedra. Monumento a los caídos por Dios y por España el 2 de septiembre de 1936.

 

En el Portal de Archivos Españoles (PARES) pueden verse los nombres de 11 personas ejecutadas en la Beata el 2 de septiembre de 1936, a principio de la guerra civil. Ahora bien, una búsqueda en la IA, al alcance de cualquiera, nos aclara varias cosas: En La Beata se produjeron ejecuciones extrajudiciales al comienzo de la Guerra Civil. Hubo personas detenidas consideradas de derechas (o sospechosas) que fueron sacadas y llevadas a este paraje. Allí fueron ejecutadas sin juicio. ¿Fueron quemados vivos? Se pregunta la IA y responde: No hay evidencia documental sólida (archivos, sumarios judiciales, exhumaciones documentadas) que confirmen que las víctimas fueran quemadas vivas. Lo más probable, lo que solía ocurrir en otros pueblos de Jaén, es que los fusilaran y después quemaran los cuerpos rociándolos con gasolina. La IA sigue diciendo que hubo fuego, pero que no se quemaron vivas personas. En efecto en los archivos que hemos consultado no hemos encontrado rastro de que se quemara gente viva.

 

c) En cuanto a los fusilados de Rus después de la guerra, sorprende su alto número: en la lista del cementerio de Rus figuran 71, en los archivos que hemos manejado son 73. Se produjeron en los primeros meses de 1941, ya acabada la guerra, siendo alcalde de Rus Rufino Reyes, hermano de Juan Reyes, que fue médico de Canena.

        

Ninguna de estas matanzas, la de los rojos y la de los nacionales, tiene justificación y merecen igual condena, pero son llamativas dos cosas: el número de personas ejecutadas en cada una y el distinto momento en el que se produjeron, unas al principio de la guerra, con todo el descontrol que eso implica, y otras ya terminada la contienda, cuando las tropas sublevadas ya la habían ganado.

 

En todo caso, no se trata de culpar o encausar a nadie, lo ocurrido está muy lejano en el tiempo. Lo que sí nos mueve en esta historia es la búsqueda de la verdad, los hechos ocurridos y documentados no son discutibles, aunque a veces cueste llegar a ellos (eso es lo que hemos pedido a nuestro paisano José Luis, que se mueve muy bien en la búsqueda de los archivos oficiales). No se trata de buscar los hechos alternativos, lo que supone que cada uno cuente su propia verdad. Sino de buscar la verdad. Como decía Machado tu verdad no, la verdad, vente conmigo a buscarla, la tuya guárdatela.

Es una pena que Rus, que tuvo una guerra y posguerra tan traumáticas, no cuente, que sepamos, con una asociación de la memoria que hubiera promovido exhumaciones que ayudaran a salvar, de un modo razonable, el conflicto entre memorias que aun dividen a la población. Con todo hay que reconocer el esfuerzo del ayuntamiento al rememorar y reflejar en una placa a todos los represaliados después de la contienda.

 


Texto de Luis Godoy

luis.godoy.lopezz@gmail.com

 

Córdoba, 30 de mayo de 2026

sábado, 23 de mayo de 2026

Los muchachos, una familia de labradores III. Primeras décadas del Siglo XX

Con más demora de la deseada, publico este tercer artículo sobre la historia de Los Muchachos de Canena, en el que abordaré fundamentalmente lo acontecido a los primeros Muchachos hasta el golpe de estado de 1936 y el inicio de la Guerra Civil. La historia del apodo de Los Muchachos comienza en 1910-1911, al quedarse huérfanos mi abuelo y sus hermanos, a lo que ya he hecho referencia en los artículos anteriores. El consejo de familia se constituyó el 21 de marzo de 1911, para administrar los bienes de los tres hermanos menores de edad, Bartolo, Sebastián y Felipe. El consejo acuerda que el tutor, su hermano mayor, Alonso, preste una fianza de 500 pesetas, que es lo que estiman que equivaldría al producto anual de los bienes inmuebles de los menores. También acuerda que el tutor reciba los frutos de los bienes de los menores en pago de sus alimentos. De acuerdo con ello, ante el escribano de Baeza don Fernando López Obregón se otorga escritura de fianza el 12 de abril de 1911, por la que el tutor, don Ildefonso Reyes Serrano, constituye fianza personal para responder de su gestión en el cargo que le ha confiado, por la suma de quinientas pesetas, y al efecto Ildefonso Reyes Reyes se constituye en su fiador solidario (éste debe ser el marido de su hermana María, que a su vez es su primo hermano, hijo de Catalina, hermana de Felipe Reyes Rascón). El 17 de mayo de 1911, ante el mismo notario, se aprueba la partición de bienes de sus padres, a la que ya me he referido con detalle en el capítulo anterior.

A partir de entonces Alonso el de los Muchachos, como le llamaban a mi abuelo, y los Muchachos de Alonso, sus hermanos menores, pasan a ser pequeños propietarios y labradores de uno de los cortijos de Náquez, el cortijo que labraba su padre, el de San José. María, su hermana mayor, ya estaba casada con Ildefonso Reyes Reyes, apodado el Sultán, y no participó en la gestión común de su patrimonio junto con sus hermanos. Por entonces, en 1911, Alonso tenía 25 años, Bartolo, 19, Sebastián, 16 y Felipe, 10. Por acta de la reunión del consejo de familia, de 21 de septiembre de ese año, sabemos las existencias con las que contaban los hermanos, ya que se hace una liquidación, cuyo resultado es: ganado de labor mular, importa su valuación 2850 pesetas; ganado vacuno, su valuación 1825 pesetas; ganado lanar, 540, y una cabra y un choto 50; ganado de cerda, su importe 2933 pesetas; de trigo fanegas 886, de cebada 500 fanegas, resultando del trigo su valor una fanega a 10 pesetas 25 céntimos hacen un total de 9080 pesetas y de cebada a 5 pesetas una, importa 2500 pesetas. Estos productos son debidos al producto que ha arrojado el cortijo de Náquez, que llevan en arrendamiento con su hermano el mayor y tutor de ellos, en cuyo producto está incluida la parte de su hermano el mayor que es la cuarta, que deducida del producto de los menores Bartolo, Sebastián y Felipe Reyes Serrano les queda 14695 pesetas.

Acta del consejo de familia de 21 de septiembre de 1911.

 

En sucesivas actas del consejo de familia (de 3 de febrero de 1913 y de 20 de septiembre de 1914) se hacen otras liquidaciones de las existencias de los menores.

 

En la última acta que figura en el libro del consejo de familia, ya solo de los menores Sebastián y Felipe (Bartolo ya tenía más de 21 años y, por tanto, era mayor de edad), de 5 de marzo de 1917, su tutor y hermano mayor, Ildefonso Reyes Serrano dijo: que teniendo los menores algún metálico ahorrado, creía conveniente adquirir para ellos la propiedad de una finca propiedad de Don Antonio Garrido Rus, vecino de Baeza, que radicaba en Canena, sitio Carrascal, pero que tal finca tenía 8 fanegas de cabida, y como los menores no pudieren adquirirlas todas, pero sí la mitad y no conviniendo deslindarlas por ahora, por la plantación de olivar en que habían de destinarlas, proponía al consejo que le autorizara para comprar para sus dos menores pupilos dos cuartas partes indivisas de referido predio o sea una cuarta parte para cada uno por el precio de 450 pesetas cada cuarta parte.

El consejo, previa deliberación y por unanimidad, acordó que se adquirieran para los menores las dos cuartas partes indivisas de referida haza en el sitio Carrascal, término de Canena, con cabida de 8 fanegas de tierra, propiedad de Don Antonio Garrido, y que linda por este con otra de Tomás Godoy, hoy de Francisco Reyes Muñoz, por poniente con Miguel Godoy, por sur con Juan Moreno y por el norte con el arroyo del ¿sitio? y Domingo Chiclana, y autorizar al tutor para que por el precio dicho otorgase la oportuna escritura a favor de los menores.

 

Esta documentación de las actas del consejo de familia nos da alguna información interesante. Acredita que, aparte de las fincas heredadas, continúan el arrendamiento del cortijo que labraba su padre en Náquez, el de San José, y que es del que obtendrían la mayor parte del “producto” que luego reflejan en estas liquidaciones. Y ese cortijo de San José posiblemente tuviera las mismas tierras que en 1889, cuando se describe en la partición de bienes que se hizo a la muerte de Josefa de Ayala y Quesada, II Vizcondesa de Begíjar. Según la escritura de partición, el cortijo de San José se componía de 26 parcelas (de extensión variable, la mayor de 287 fanegas y las menores de 3 fanegas), todas de tierra calma, con un total de 518,5 fanegas de extensión (250 hectáreas aproximadamente), más la casa cortijo, que tenía 320 metros cuadrados, con portal, cocina, pajar, tinado, corral y dos habitaciones. Además de este cortijo arrendado, labrarían sus propiedades en Canena, que, como ya vimos en el capítulo anterior, eran 21 fincas, la mayoría de olivar, con una extensión de 8,7237 hectáreas.

Por tanto, la parte principal de su explotación estaba en Náquez, donde, en la labranza del cortijo de San José, pasarían buena parte del año, como los labradores de los otros cortijos que allí había, posiblemente la mayor parte de ellos de Canena. En Náquez tenían ganado, mular para la labor, vacuno de leche, lanar y cabrío y de cerda. En 1911 no tienen caballar y asnal, pero sí en 1913 y 1914.

Y como labradores y pequeños propietarios conseguirían algunos ahorros, con los que compraron en 1917 la finca de 8 fanegas en el Carrascal, en ese momento de tierra calma, y que pusieron de olivar. Entonces las olivas[1] se plantaban de la manera que todavía los mayores de cincuenta años hemos conocido, haciendo hoyos y en ellos enterrando los palos de las ramas de las olivas. En el caso del Carrascal me contó mi padre que las plantaron jornaleros ibreños, pero no a jornal, sino a cambio de explotar ese terreno durante varios años. Esta fórmula, con diversas variables, ha sido corriente en los pueblos de la Loma de Úbeda en siglos pasados. Los “sorteros” plantaban olivar y viña a medias en la suerte que concertaran con el propietario; el sortero criaba las olivas y las viñas, de las que obtenía su producto, y al cabo de unos años (nueve normalmente) la mitad del terreno, cuando ya las olivas entraban en producción, se la quedaba el propietario, y la otra mitad bien pasaba a ser propiedad del sortero o se la quedaba el propietario a cambio del precio que pactaran.

Los cuatro hermanos debieron trabajar conjuntamente sus propiedades en Canena y las tierras arrendadas, el cortijo de San José de Náquez. En 1925 o 1926 Bartolo y Sebastián arrendaron otro de los cortijos de Náquez, de tal forma que el hermano mayor, Alonso, y el menor, Felipe, labraban el cortijo de San José y los otros dos hermanos, Bartolo y Sebastián, otro; a Sebastián le dio una paralisis con 21 o 22 años y “se quedó inútil”, en palabras de mi padre.

Ellos, Bartolo y Sebastián, dejaron el cortijo que labraban en Náquez en 1931 o 1932 y desde entonces solo labraron sus propiedades en Canena. Bartolo se había casado con la Chacha Juana (Juana Barragán Reyes), hija de Juan Barragán Herrera, que fue alcalde del pueblo durante la dictadura de Primo de Rivera, y con las propiedades del matrimonio tenía suficiente capital para vivir, habida cuenta además que no tenían hijos; y Sebastián era soltero. El nuevo arrendatario del cortijo que dejaron Bartolo y Sebastián fue otro canenero, Carrascal (Manuel Reyes Godoy), que se vino a este cortijo, con mejores tierras, dejando otro que tenía arrendado en la Cuadradilla, lugar cercano a Náquez, pero de peor calidad. Me contó mi padre que Carrascal, que tuvo once hijos, entre ellos Francisco Reyes Serrano, uno de sus mejores amigos, se murió en Náquez de repente en la noche anterior a San Isidro del año 1935, y lo tuvieron que traer a Canena en el único camión que había en el pueblo, propiedad de Cristóbal Torres; pero el camino de Náquez estaba intransitable para los vehículos porque había sido una primavera muy lluviosa y desde Náquez hasta el cortijo del Arquillo, próximo a la Estación de Linares-Baeza, tuvieron que llevarlo en un mulo.

 

El mayor de los cuatro hermanos, Alonso, mi abuelo, nacido en 1885, se casó en torno a 1912/1913 con María Josefa Rascón Rentero, natural de Begíjar, nacida en 1889. Tuvieron cinco hijos, aunque dos murieron con meses (Francisco, 1915-1916, e Ildefonso, 1920-1921). Los tres que vivieron fueron Paquita, nacida en 1914, Felipe, en 1917, y Francisco, en 1918. María Josefa Rascón Rentero debía tener un parentesco lejano con Alonso, cuya abuela paterna se apellidaba también Rascón, y su tatarabuelo, Juan Bautista Rascón, había nacido en Begíjar. María Josefa murió joven, con 32 años, el 31 de octubre de 1921, y sus padres criaron en Begíjar a sus nietos pequeños, que durante años pasaron buenas temporadas allí y mantuvieron buenas relaciones con sus parientes de Begíjar.

Matrimonio de Alonso y María Josefa, con sus tres hijos, Paquita, Felipe y Francisco, año de 1917.


Mi abuelo, viudo y con tres hijos, no tardó en casarse. Lo hace con mi abuela, María Manuela Reyes López el siete de febrero de 1923; él tenía 37 años y ella 28. Según el acta de matrimonio, no lo hacen en la Iglesia, sino en el domicilio particular de la contrayente, acompañados de sus familiares. El acta de matrimonio se encuentra en el tomo 24 de matrimonios, años 1920 a 1925, del Registro Civil de Canena, folio 50, número 47, en su archivo municipal. Esta es su transcripción:

 

En la villa de Canena, hoy, día de la fecha, se procede a la transcripción del acta de matrimonio canónico, cuya copia es como sigue.

 

“En la villa de Canena, a siete de Febrero de mil novecientos veintitrés, hallándome yo, el infrascrito D. Miguel Herrera Godoy, Juez municipal del distrito de esta villa, en el domicilio particular adonde me trasladé para asistir, en cumplimiento de lo dispuesto en el artº. 77 del Código civil, a la celebración del matrimonio canónico convenido entre  Ildefonso Reyes Serrano y M.ª Manuela Reyes López, y en virtud del aviso previo que de los mismos recibí, Declaro: que a mi presencia ha procedido el presbítero D. Andrés Fernández Fernández, cura párroco de la Iglesia parroquial de esta villa, a unir en matrimonio canónico a los referidos Ildefonso Reyes Serrano, de edad treinta y siete años, de estado viudo, natural de Canena y vecino de  la misma, hijo legítimo de Felipe y de Francisca, y a M.ª Manuela Reyes López, de veintiocho años, de estado soltera, natural de Canena y vecina de la misma, hija legítima de Antonio y de Ramona, habiendo asistido a dicho acto, además de las personas de la familia de ambos contrayentes, los testigos presenciales Juan José Fernández Linares y Juan José Fernández Arévalo, vecinos de esta villa, viudo y casado respectivamente y empleados. Y para que conste, levanto la presente acta de inscripción del expresado matrimonio, la cual será transcrita inmediatamente en la sección de matrimonios del Registro civil del Juzgado municipal, a los efectos del art.º 77 del Código civil, firmándola conmigo los testigos, de que certifico”.

 

Acta de matrimonio de Alonso y María Manuela.


Alonso y María Manuela.


Mi abuela había nacido en 1894, hija de Antonio Reyes Ruiz (del que ya referí en el anterior capítulo que también fue labrador en uno de los cortijos de Náquez) y de Ramona López García.  Por parte de Ramona, los segundos Muchachos y otros caneneros tienen antepasados ruseños, ya que su abuela paterna, Juana Trillo Godoy, era de  Rus; uno de sus hijos fue Juan López Trillo, el abuelo materno de mi abuela María Manuela Reyes López; nacido en 1832 y fallecido en 1912, tuvo once hijos, entre ellos a Ramona López García, abuela materna de mi padre. Como anécdota diré que mi padre me relacionaba el nombre de su abuela y de sus diez hermanos, de mayor a menor, sin siquiera haber conocido probablemente a todos ellos. Antonio y Ramona tuvieron cuatro hijos: Miguel, María Manuela, Antonia y Carmen. Antonio falleció el 23 de marzo de 1909, a los 46 años, y su viuda, Ramona, destinó la mayor parte del patrimonio familiar a darle estudios a su hijo Miguel, que hizo el bachiller posiblemente en Baeza y después la carrera de Medicina, creo que en Valencia; debió acabarla en torno a 1915 y al poco tiempo lo destinaron a Quero, donde fue uno de los fundadores de la Casa del Pueblo y donde todavía es recordado, según me ha contado un historiador local de allí, por la buena atención que prestó a los enfermos, especialmente a los de menos recursos económicos. A Quero iban a visitarlo su madre y sus hermanas, de tal forma que una de ellas, Antonia, se puso novia  y se casó con Gregorio Castellanos Ortiz-Villajos, quereño, comerciante. En el próximo capítulo retomaré las vicisitudes que pasó esta familia a partir de 1936.

 

Árbol genealógico de María Manuela Reyes López, mi abuela paterna.

 

Felipe, el hermano menor de mi abuelo, que labraba el cortijo de San José junto con él, falleció el 20 de enero de 1927, con 26 años. Había estado tres años en la guerra de África y parece que murió de una pulmonía. Su mujer, Antonia Reyes López (prima hermana de mi abuela paterna, María Manuela Reyes López), se quedó viuda con 23 años, con una hija de menos de tres años, Francisca Reyes Reyes; su segundo hijo, Felipe, nació 9 días después del fallecimiento de su padre, el 29 de enero de 1927. Se habían casado el 1 de  mayo de 1924, él con 25 años y ella con 21. Ella no siguió como arrendataria y mi abuelo le compró su parte de la labor (bestias, ganados, aperos); cuando murió mi abuelo, en 1938, todavía no había terminado de pagárselas y siguió haciéndolo mi abuela después.

 

Del matrimonio de mi abuelo Alonso y mi abuela María Manuela nacieron cuatro hijos: Alfonso, en 1924, Antonio, en 1926, Narciso, en 1928, y Ramón, en 1929. El cortijo lo labraban en aparcería; por cada seis fanegas y media de grano recolectado le daban dos al propietario; el sistema de labranza era el de año y vez, la mitad se sembraba de cereal, trigo o cebada; la otra mitad se dejaba descansar y se preparaba para sembrarla el año siguiente, aunque una parte de esas tierras se sembraba de leguminosas, garbanzos en su mayoría y habas A la parte que no se sembraba se le daban varias labores durante el otoño, invierno y primavera, arándola normalmente hasta tres veces (alzar, vinar y terciar), para prepararla para la siembra de finales del otoño siguiente. La labor principal en la hoja que se sembraba de trigo o cebada era la escarda, para quitarle la yerba con la azada; y ya a esperar a que granara el cereal para segarlo en verano y llevarlo a la era para trillarlo. Todas estas labores eran manuales, en las que los labradores, ellos mismos o los jornaleros contratados, ayudados por herramientas y las bestias de labor (en esta época ya no tenían bueyes, solo mulos), realizaban todas las tareas. Mi padre me contó que en los últimos años que labraron en Náquez ya tenían una cosechadora para segar, tirada por mulos, pero no sé exactamente desde cuándo. En esos años de finales de la década de los veinte y la de los años treinta mis abuelos pasarían buena parte del año en Náquez, en el cortijo de San José.

 

Sobre ello, alguna cosa me contó mi padre. De cómo transcurría la vida, el trabajo allí, mi padre tenía muchos recuerdos, desde su niñez hasta su juventud; él nació en 1926 y dejaron Náquez en 1944, cuando no había cumplido los dieciocho años. Allí pasó buena parte de su vida en la niñez, en unas condiciones duras, con sus padres y sus hermanos, ayudando en las tareas del campo, aunque fueran niños. El primer recuerdo que me refiere era de cuando podía tener seis años, en 1932; entonces su padre tenía cabras y fue al campo a llevarlas muy pocas veces, con su hermano Alfonso, dos años mayor; esa primera vez que fue, lo hizo porque el cabrero que tenían cuidándolas libró un día para irse a la Feria de Linares; la leche de las cabras la llevaban a Linares todas las madrugadas, normalmente sus hermanos mayores, Felipe y Francisco, a varias confiterías y a otros sitios. Me cuenta que otro día de ese verano se llevaron una sandía para comérsela en el campo, cuando estuvieran cuidando a las cabras; cuando estaban en un rastrojo que limitaba con un olivar de otra finca, del cortijo de la Carrera del Caballo, en el que había una fuente, se acercaron a ella y allí se pusieron a comerse la sandía, con la mala suerte que llegó el dueño de un melonar que había en la finca, en el que había también sembradas sandías, y pensó que la habían robado, y empezó a echarles la bronca y ellos, que eran unos nenes, aunque le dieron explicaciones, comenzaron a llorar, hasta que el hombre les preguntó de quién eran y cuando le dijeron que de Alonso Reyes, al que el hombre conocía, entonces los creyó. Después, cambiaron las cabras por los marranos, que podrían tener cerca de un centenar; los barracos y las madres parideras solían tenerlos diez años (me contó que tras parir, cada lechón se asigna a una mama de la madre y que a veces algún lechón se iba quedando más pequeño que los demás –a estos los llamaban guarines- y alguno moría); estaban mamando siete semanas aproximadamente y los vendían cuando tenían casi dos años y 80 o 90 kilos (las cerdas paren cinco veces cada dos años, en cualquier época del año, entre ocho y diez lechones cada vez, pero solo se dejaban para criar 5 o 6 y los 2 o 3 restantes los mataban a los 20 o 25 días de nacer, y esa era la carne más rica que comían). Eran cerdos ibéricos, ya que los blancos, que llamaban “murcianos”, no se adaptaban a vivir en el campo; venían los carniceros de Linares a comprarlos (para venderlos, se presentaban los carniceros en Náquez, por la mañana temprano, porque los marranos había que pesarlos antes de que comieran), con independencia de los que ellos mataban para su avío. Los cerdos eran camperos, los llevaban a comer al campo, a donde podían, al mancomún que tenía Náquez, a las riberas de los ríos, a los rastrojos; en verano los sacaban a las tres de la mañana hasta el amanecer, luego los traían al cortijo y después los volvían a llevar al campo por la tarde. Un día de verano, estaban mi padre y su hermano Ramón en un rastrojo con los marranos, que estaban tranquilamente comiendo el grano que quedaba tras la siega, el de la avena (me cuenta que había dos clases de avena, la loca, considerada mala hierba, que al granar no se quedaba en la espiga, sino que el grano se desprendía y caía a la tierra, y la buena, que se sembraba y que sí se podía segar; la primera había que sacarla del campo antes que se cayera a la tierra, para evitar que cada año hubiera más, y su grano era aprovechado por los marranos, junto con el trigo o la cebada que quedaba tras la siega) y el del trigo o cebada que se había segado; en mitad del rastrojo, las ruedas de los carros habían dejado la huella de haber pasado a sacar la cosecha y allí se tumbaron a descansar, quedándose dormidos; cuando despertaron se encontraron que el rastrojo había ardido, con la suerte de que ellos no sufrieron ni siquiera ninguna quemadura y ni se habían enterado, y los marranos estaban en otra zona, fuera del rastrojo.

 

En verano dormían en la era, próxima al cortijo. Un día de julio de 1936, pocos días antes del inicio de la guerra, al levantarse después de pasar la noche durmiendo en la era, fue mi padre al cortijo, donde había un señor bien vestido, con su sombrero, al que dio los buenos días; después le dijo su padre que era el Vizconde de Begíjar, que mi padre no conocía (este fue el único día que lo vio). Era el cuarto Vizconde, José Contreras y Escobedo (1879-1936), sobrino del tercero, hijo de su hermano Antonio Contreras Ayala. El tercer Vizconde, fallecido en 1917, repartió su patrimonio entre sus sobrinos y al que heredó el título le dejó solo el cortijo de San José, que había labrado mi bisabuelo, luego mi abuelo y después mi padre y sus hermanos. El IV Vizconde venía de Martos e iba a Madrid y se bajó del tren en la Estación de Vadollano, desde donde fue andando hasta Náquez, para pedirle dinero a mi abuelo, el arrendatario de su cortijo; siguió su viaje a Madrid, donde lo matarían no mucho después en Paracuellos del Jarama. Este cortijo, el de San José, lo heredaron dieciocho sobrinos, al no tener el Vizconde hijos, y lo vendieron después, lo que supuso que mi familia tuviera que abandonar Náquez. Eso queda para el próximo artículo.

 

José Contreras y Escobedo, IV Vizconde de Begíjar, en traje de la Orden de Alcántara. Foto realizada el 15 de Julio de 1930. Web de la Biblioteca Nacional de España (https://bnedigital.bne.es/bd/es/viewer?id=6b36326c-dbe2-4d45-9d26-565c4aa0d96a&page=2)

 

El cortijo San José todavía está en pie, medianamente conservado, aunque ha sufrido alguna reforma y hoy es, al igual que la mayoría de los cortijos de Náquez, de gente de Canena. Parte del suelo está empedrado; y creo que mi padre y mi tío Narci, en la última visita que hicieron a Náquez juntos, a los que acompañamos algunos de sus hijos, el 14 de noviembre de 2015, refirieron que ese empedrado y la obra del dormitorio –lo llamaban el cuarto nuevo, donde dormían todos los chiquillos, y que se lo cogieron al pajar- la hicieron en 1934. Según mi padre, de tierra tenía 250 cuerdas (según he referido más arriba el cortijo de San José tenía alrededor de 250 hectáreas, por lo que no sé si mi padre confundió las cuerdas con las hectáreas), en varias hazas. Allí trabajó de mulero Pepe Serrano, padre de los hermanos Francisco y Juan Serrano Jódar.

 

Mi padre siempre fue a la escuela en Canena, pero sus hermanos mayores y menores fueron, al menos algunos años, a la escuela de Vadollano, a tres kilómetros de Náquez, donde había una estación de tren. En Canena, sus maestros fueron Blas Poyatos, Francisco Blanco y Pedro García. Del segundo me contó que solía pegar a los niños y del tercero la anécdota de la primera radio que vino a la escuela; para pedirla tuvieron que firmar todos los niños, se la concedieron y fueron todos a la estación del tranvía a recogerla, junto con el maestro, don Pedro García, que era hijo del secretario del ayuntamiento; fue el único día que los escolares vieron y oyeron esa radio, porque Don Pedro se la llevó a su casa y ya no la volvió a llevar a la escuela. Mi padre la dejó con 11 años, en 1937, para ayudar en el campo, ya que a sus hermanos mayores se los llevaron al frente, a Felipe en 1937 y a Francisco en 1938.

Cuando estalló el golpe, el 18 de julio de 1936, él estaba en Náquez y en su casa de Canena solo se habían quedado su hermana Paquita y su abuela materna, Ramona, Su padre decidió regresar a Canena una semana después, con su mujer, y sus hijos menores, saliendo una madrugada del 24 o 25 de julio hacia Canena, con mulos y una yegua, vadeando el Guadalén y el Guadalimar por Corralrrubio, en un viaje en el que tardaban dos horas aproximadamente, ya que por la Estación de Baeza no podían pasar.


Termino con el inicio de la Guerra Civil este tercer capítulo.



[1]     Para los que lean esto y no sean de Canena o de la provincia de Jaén, conviene aclarar que cuando hablamos  aquí de “oliva” nos referimos al árbol, al olivo, no al fruto, a la aceituna.


Texto de José Luis Reyes Lorite