jueves, 22 de enero de 2026

Los Muchachos, una familia de labradores II. Siglo XIX

Antes de comenzar el relato sobre la historia familiar de los Muchachos, quiero puntualizar algunas consideraciones. Cuando me planteé hablar sobre ello, hace unos meses, mi primera idea era escribir lo que mi padre me había contado en los últimos años de su vida, ordenándolo y contextualizándolo. En buena parte, así será. Pero la documentación que he ido encontrando me ha llevado a hacer un relato más detallado, incluyendo pormenores que dotan a esta historia familiar no solo de impresiones más o menos subjetivas sobre lo vivido y recordado por mi padre y por mí mismo, sino de informaciones y datos objetivos, que pueden contribuir al conocimiento de la historia de buena parte de los lugares comunes de los caneneros. Con ello posiblemente este relato haya perdido cercanía para los que conozcan a mi familia, pero creo que gana la historia, que se enriquece con la aportación de más información. En aras del rigor, intentaré distinguir lo que son datos objetivos de otros que no tengo suficientemente acreditados o contrastados.


Como dije en la introducción, el apodo de los Muchachos se origina a partir de 1910-1911, cuando mi abuelo Alonso Reyes Serrano y sus hermanos, María, Bartolo, Sebastián y Felipe, se quedan huérfanos. María y Alonso1 eran ya mayores de edad, pero no así los tres hermanos pequeños, Bartolo, Sebastián y Felipe, por lo que el 21 de marzo de 1911 se constituye el consejo de familia con el objeto de administrar sus bienes. Su padre, Felipe Reyes Rascón, había fallecido el 24 de marzo de 1910, y su madre, Francisca Serrano Reyes, unos meses después, el 16 de noviembre de 1910. El consejo de familia lo forman Don Ildefonso Reyes Serrano, su hermano mayor, como tutor; Juan Ángel Rascón Trillo, como protutor; Don Manuel Reyes Reyes, presidente; Don Manuel Niceto Reyes Godoy, secretario; y Don Manuel Godoy Reyes, Don Miguel Reyes Ruiz y Don José Reyes Ruiz, vocales. Aparte de su hermano mayor, mi abuelo Alonso, los demás eran familiares de los menores, algunos no muy cercanos, como el caso del protutor, Juan Ángel Rascón Trillo, padre de Ángel Rascón Rascón, “Ángel el del Poyo”, que era primo segundo de Felipe Reyes Rascón.


Me remonto al siglo XIX. El 14 de mayo de 1850 nacía Felipe Reyes Rascón, el abuelo paterno de mi padre, hijo de Ildefonso Reyes Lorite y Josefa Rascón Ruiz, nacidos en torno a 1825. O sea que yo tengo los mismos apellidos que mi tatarabuelo y mi hermano mayor exactamente el mismo nombre y apellidos. No es infrecuente este hecho en Canena. En nuestra familia Felipes e Ildefonsos son ya varias generaciones. El primero del que tengo evidencia es de Alonso Jesús de los Reyes2, nacido a mediados del siglo XVIII; uno de sus hijos, Felipe Reyes Gámez, era el padre de Ildefonso Reyes Lorite, mi trastarabuelo, nacido entorno a 17903. Desde él, son varios Felipes, abuelos y nietos, hasta llegar al más conocido de los Felipes Reyes, que se os vendrá a la mente a los que leáis esto, jugador de baloncesto activo hasta hace poco, hermano de otro conocido jugador de baloncesto, Alfonso Reyes. Ambos son mis sobrinos. Desde el primer Alonso citado, nacido a mediados del siglo XVIII, han pasado ocho generaciones, cuatro de Ildefonsos y cuatro de Felipes. Hijo del primer Alonso es Felipe Reyes, nacido en 1787; hijo de éste es Ildefonso Reyes Lorite, nacido en 1827; su hijo es mi bisabuelo, Felipe Reyes Rascón, nacido en 1850; su hijo, Ildefonso Reyes Serrano, nacido en 1885, mi abuelo, cuyo hijo mayor es Felipe Reyes Rascón, nacido en 1917, con igual nombre y apellidos que su abuelo. Y para seguir la tradición, su hijo mayor es Ildefonso, el padre de Alfonso y Felipe Reyes. Y es que en España se acostumbraba a poner al hijo mayor como nombre el de su abuelo paterno y al segundo el del abuelo materno. Así que durante ocho generaciones se ha cumplido en nuestra familia la costumbre de llamar a los hijos primogénitos como se llamaban sus abuelos paternos.


Volviendo al primer Felipe Reyes Rascón y su mujer, Francisca Serrano Reyes, los padres de los primeros Muchachos, de él ya hemos visto su ascendencia por línea paterna. Por línea materna, su madre, Josefa Rascón Ruiz, era hija de Sebastián Rascón Reyes y nieta de Juan Bautista Rascón, el último escribano4 que hubo en Canena, muerto en junio de 1829, natural de Begíjar; a partir de su muerte, los caneneros tuvieron que ir a pueblos próximos (Rus, Ibros, Baeza, Úbeda) a escriturar. Y si los hijos de Felipe Reyes Rascón eran menores de edad a su muerte, también lo fue él, que apenas tenía seis o siete años cuando murieron su padre y su madre. De su mujer, Francisca Serrano Reyes, sabemos que era hija de Bartolomé Serrano Barrionuevo y de María Reyes Lorite; ésta era prima hermana de Ildefonso Reyes Lorite, el padre de Felipe Reyes Rascón, con lo que ellos, Felipe y Francisca, eran primos segundos.


Árbol genealógico de mi abuelo, Ildefonso Reyes Serrano


A partir de la aprobación de la partición de bienes a la muerte del matrimonio e inventario de los mismos, de la que se formaliza escritura ante el notario de Baeza Fernando López Obregón5 el 17 de mayo de 1911, sabemos las propiedades que tenían.


Primeros folios de la escritura de partición de bienes e inventario de los mismos tras la muerte de Felipe Reyes Rascón y Francisca Serrano Reyes. 1911



Felipe Reyes Rascón era propietario de 13 fincas, con un total de 5,3022 hectáreas, todas heredadas, 10 de su abuelo materno y 3 de su abuela materna6. Su mujer, Francisca Reyes Serrano, tenía 8 fincas, con un total de 3,3115, cuatro heredadas de su padre y cuatro de su madre. En total el matrimonio tenía 21 fincas, con un total de 8,7237 hectáreas, de lo que resulta una extensión media de cada finca de 0,415414 hectáreas (aproximadamente una fanega), siendo la finca de mayor superficie de 1,1178 hectáreas, algo más de 2 fanegas, y la más pequeña de 0,0808 hectáreas, dos celemines. De ellas, dieciséis eran olivares, tres hazas y dos quiñones. Este es un ejemplo de la fragmentación de la propiedad que había en Canena, que si ya era una realidad en siglos anteriores, se debió intensificar en el siglo XIX, con el crecimiento de la población y la división de los patrimonios familiares por las herencias, así como por otros procesos como el reparto de la dehesa de los Eriales y de las caballerías, propiedad del concejo de Canena y que en este siglo se privatizan.

Como bienes gananciales, comprados durante el matrimonio, consta solo la casa familiar, que debe ser la casa donde vivió la familia hasta los años cincuenta del siglo XX, y que habían comprado en 1891. Así se describe en la escritura: una casa situada en la calle Baja, sin número de orden, compuesta de planta baja, con cuatro habitaciones y portales, de piso principal, con otras cuatro, y cámaras, su extensión superficial, incluyendo la de sus corrales es de 234 metros, 20 centímetros cuadrados. Linda por la derecha de su entrada con otra de Alejo Mora Guerrero; por la izquierda con solar de María García y por la espalda con el Arroyo llamado de Rus. Probablemente Felipe vivió en otras casas de la calle Baja desde que nació y con seguridad desde la muerte de sus padres, ya que, según consta en el padrón de 1871, él y su hermana pequeña, Ramona, viven con sus abuelos maternos en la calle Baja. Y cuando se casa sigue viviendo en la calle Baja, según el padrón de 1875, donde posteriormente compraría en 1891 su casa.


En los padrones de habitantes consultados (1875, 1892, 1899) como profesión de Felipe Reyes Rascón indican que es propietario.


Padrón de 1892, portada y folio donde aparece Felipe Reyes Rascón y su familia. Todavía no habían nacido sus tres hijos menores, Bartolo, Sebastián y Felipe



Ya hemos visto las fincas rústicas que tenía el matrimonio, todas heredadas. Pero por el testimonio de mi padre, sabemos que Felipe Reyes Rascón fue labrador, tuvo fincas arrendadas; y es que la línea entre labrador y propietario era difusa en el caso de pequeños propietarios que a su vez eran labradores. En el caso de Canena era común, había un alto porcentaje de pequeños propietarios que labraban cortijos en los términos municipales colindantes. Y ese es el caso de Felipe Reyes Rascón y posteriormente de sus hijos y sus nietos, los Muchachos. Él era labrador en un cortijo por debajo de la Estación Linares-Baeza, posiblemente el cortijo de Casillas, hasta que en 1892-93 arrienda el cortijo de San José, en Náquez. Desde entonces y hasta 1944 mi familia paterna ha sido arrendataria de alguno de los cortijos de Náquez. Primero mi bisabuelo, desde 1892 o 93 hasta su muerte, en 1910; después su hijo, Ildefonso Reyes Serrano, mi abuelo (y sus hermanos), que casi toda su vida (su padre arrendó ese cortijo de Náquez cuando él tenía siete años) fue arrendatario allí, en el cortijo llamado San José, hasta su muerte, en 1938; y después su viuda y sus hijos, hasta 1944.


Y como desde 1893 hasta 1944 Náquez ha sido, junto con Canena, el lugar donde ha transcurrido buena parte de su vida, voy a detenerme en ese lugar, con tanta historia y tan vinculado a Canena. Náquez es una cortijada situada en el término municipal de Linares. Sobre su denominación y referencias históricas, se pueden leer mis artículos en el blog Historias de Canena (https://historiasdecanena.blogspot.com/2022/02/sobre-naquez.html) y en la revista Argentaria (https://drive.google.com/file/d/13t-fO2X6D042rqTqHp5BkdK2ozELRBsT/view). Con restos romanos e islámicos, Náquez debió estar vinculada a Canena, formando la Orden de Calatrava de la Encomienda de Canena, desde el siglo XIII. Entre finales del siglo XVI y principios del XVII pasa a formar parte del término de Linares, de su jurisdicción, a raíz de un pleito que Linares, una vez que en 1565 se constituye en villa independiente de Baeza, entabla con Canena a partir de 1573. Parte de esas tierras siguieron siendo propiedad del concejo de Canena, que las reparte entre sus vecinos en caballerías (una o varias hazas de tierra, de extensión variable), de las que estos pagaban una renta al concejo. A finales del siglo XVII parece que son vendidas a propietarios linarenses. Aparte de las tierras del concejo de Canena, otras eran de propietarios particulares, vecinos de Baeza y Linares, siendo las procedentes del mayorazgo fundado por Don Gonzalo Dávalos en 1519 las de mayor extensión; este mayorazgo, junto con otros (entre ellos el de don Sancho de Biedma, fundado en 1562, cuya propiedad principal era la Dehesa de las Cuevas de Espelunque o Gil baile), era propiedad a principios del siglo XIX del linarense don Rafael de Ayala y Carvajal, y a su muerte, en 1832, lo heredó su única hija, Doña Josefa de Ayala y Quesada, que se casó con el II Vizconde de Begíjar, don Alonso Contreras y Aranda, natural de Martos. Es a partir de entonces cuando Náquez queda vinculado al Vizconde de Begíjar.


Doña Josefa de Ayala y Carvajal, segunda vizcondesa de Begíjar, muere en 1888 y a su muerte se procedió a la partición de sus bienes, que se aprobó el 28 de noviembre de 18897. Sus bienes se reparten entre su viudo, Don Alonso Contreras y Aranda, II Vizconde de Begíjar, y sus ocho hijos (Blasa, Rafael, Josefa, Antonio María, Isabel, Alonso María, Enrique y Dolores Contreras y Ayala). Por entonces las propiedades de la difunta y su marido en Náquez consistían en una casa cortijo de recreo y cinco cortijos (con su casa cortijo y un número variable de hazas): San Ildefonso, Santa Isabel, San Rafael, San Blas y San José. Aparte de ello tenían una huerta, la dehesa del Rincón y la Dehesa Vieja, parte de la cual se divide en cinco suertes para laboreo, una para cada uno de los cinco cortijos, y parte se queda en proindiviso para pasto. Hay también algunas propiedades más.

Los cortijos de Náquez se adjudican en 1889 del modo siguiente:

Al viudo, II Vizconde de Begíjar, el cortijo San Blas (al morir este, en 1893, lo hereda su hija Josefa). A sus hijos, a Blasa, el de San Ildefonso; a Rafael, el de San Rafael; a Josefa, el de San José; y a Antonio María, el de Santa Isabel8.

Parece que aparte de estos cinco cortijos, en Náquez había otros dos cortijos más, no pertenecientes a esta caudal: uno de los Guerreros, linarenses, y otro de los Carvajales, baezanos. Cada cortijo tenía varias hazas, contando con una dehesa de aprovechamiento común (el “procomún”, le llamaba mi padre) para el ganado de labor de todos los labradores de los cortijos. Esta organización de las tierras acortijadas se repetía en otros cortijos de la zona, como en Corral Rubio, en la margen izquierda del río Guadalimar, en término de Ibros, donde, siendo también la propiedad única, había varios cortijos y una de dehesa de aprovechamiento común.


A finales del siglo XIX era el tercer Vizconde Rafael Contreras y Ayala, nacido en 1839 y muerto en 1917. Este título le fue otorgado a su abuelo, Alonso María de Contreras y Espejo, granadino, por el rey Fernando VII en 1816; casado con María Josefa Espejo y Pimentel, natural de Martos, se afincó en esa villa y sus sucesores siguieron vinculados a Martos. Fue el tercer Vizconde el que más huella dejó entre los labradores de Náquez, casi todos de Canena. Los cortijos tenían la casa cortijo y las tierras de labor. Además de los siete cortijos de los arrendatarios, había una casa cortijo donde residía el Vizconde cuando iba a Náquez, que según mi padre era el mejor de todos, con una ermita adosada, un patio con palmeras y naranjos, un huerto; el Vizconde convivía con los labradores, invitándolos a su cortijo, a tertuliar, a jugar a las cartas, a tomar algo…, y parece que se portó muy bien con ellos; de ahí que se promoviera en Canena el cambio de denominación de la calle Carrera, que se llamó a partir de 1913 calle Vizconde de Begíjar; ese año, en la sesión ordinaria del pleno del ayuntamiento de 8 de marzo, según se recoge en sus actas, “se presentó otra instancia suscrita por varios vecinos de esta villa domiciliados en la calle Carrera, solicitando del Ayuntamiento que a dicha calle se le dé el nombre de “Vizconde de Begíjar”, expresando en la misma las razones en que funda su petición.

La corporación después de una breve y razonada discusión sobre este asunto, en la que unánimemente fue elogiado el pensamiento y la alteza de miras que encierra la referida instancia, acordó por unanimidad acceder a lo solicitado por los firmantes de la misma, haciéndose constar que la referida calle Carrera ostente en lo sucesivo el nombre de “Calle del Vizconde de Begíjar”, considerándose la corporación honrada rindiendo el merecido tributo al respetable nombre de Iltmo. Sr. Vizconde de Begíjar, a quien este vecindario venera con respeto”9.


Acta del pleno del Ayuntamiento de Canena de 8 de marzo de 1913, donde se cambia la denominación de la calle Carrera por la de Vizconde de Begíjar




Hasta ahora prácticamente no he hecho referencia a la labor, solo he mencionado que era frecuente que siendo una sola la propiedad, se dividiera en varios cortijos, arrendados a distintos labradores. Aunque en este capítulo no voy a hablar del cultivo (si era al tercio o a año y vez), y de otros aprovechamientos complementarios, sí quiero dejar una cuestión planteada, a ver si algún lector pudiera darme alguna certeza. Por lo que sé, en el caso de mi padre y sus hermanos creo que siempre labraron en aparcería, y esa es la forma más corriente hoy en Canena de llevar las explotaciones: no se fija una renta fija, sino que el propietario participa del producto obtenido en un porcentaje pactado previamente; para ello, había que medir y pesar toda la cosecha, para determinar la parte, el terrazgo, que le correspondía al propietario, denominándose el encargado por el propietario de realizar esta tarea el terrazguero. No tengo la plena certeza de si en el caso de los cortijos de Náquez, la aparcería era la forma común y si mi bisabuelo y después mi abuelo fueron arrendatarios o aparceros.

De mis antepasados, a finales del siglo XIX y principios del XX, no solo Felipe Reyes Rascón estuvo como labrador en Náquez, él en el cortijo de San José. El otro abuelo de mi padre, Antonio Reyes Ruiz, padre de su madre, también fue arrendatario de otro de los cortijos de Náquez. Antonio era primo segundo de Felipe (el abuelo materno de Felipe y la abuela materna de Antonio, hermanos, hijos del último escribano que hubo en Canena, Juan Bautista Rascón), por lo que mis abuelos paternos eran primos terceros, y previsiblemente ya de niños jugarían juntos en aquella cortijada, porque era frecuente que las familias de los labradores pasaran con ellos buenas temporadas en los cortijos.

Para completar este cuadro, y corroborar la idea de que Náquez estuvo muy vinculada a Canena, otro de los labradores que estuvo allí durante algunos años a principios del siglo XX fue José Rufino Herrera Godoy, abuelo materno de mi madre. Por tanto, tres de mis cuatros bisabuelos varones fueron arrendatarios o aparceros en algunos de los cortijos de Náquez.


Acabo este capítulo sin apenas haber hablado de los Muchachos, que ya a partir de 1910, muertos sus padres, comenzarían a labrar directamente esos cortijos. Eso vendrá en los próximos capítulos. Espero que algunos de los lectores veteranos me puedan hacer llegar alguna información de sus vivencias en Náquez, y alguna hipótesis de cuáles de los cortijos actuales eran los cinco cortijos de la mujer del II Vizconde de Begíjar, que heredaron su viudo e hijos, y cuáles los otros dos, los de los Guerreros y Carvajales. Por último, animo a algún joven historiador a profundizar e investigar la historia de Náquez, de la que pongo a su disposición la información y documentación que tengo.


1La primera hija del matrimonio fue Josefa, nacida en 1875 y fallecida en 1894.

2Hasta el siglo XIX era usual que se utilizara la preposición “de” antecediendo al apellido. Por ejemplo Arévalo era entonces “de Arévalo”, y si el apellido era en plural, como el caso de Reyes, se indicaba “de los Reyes”. Esto ocurría con cualquier apellido, no era signo de distinción.

3Los años aproximados del nacimiento de mis antepasados están tomados de distintos padrones de vecinos custodiados en el archivo municipal de Canena, aunque el más antiguo del que tengo referencias, del año 1801, está en el archivo histórico municipal de Baeza.

4Los escribanos eran los notarios de la época. Hasta la Ley Orgánica del Notariado, de 1862, no pasan a denominarse notarios.

5Archivo municipal de Baeza, Sala 3, estante 34, n.º 1034, folio 255r y ss.

6Hereda directamente de sus abuelos porque, como hemos dicho, su madre y su padre fallecieron los dos jóvenes, antes que sus abuelos.

7Ante el escribano de Linares Juan Manuel Martos Peinado. Archivo Histórico Provincial de Jaén. Signatura 26450.

8Esta distribución sufriría cambios en los años siguientes, que espero poder desentrañar en el futuro.

9Libro de actas de las sesiones del Ayuntamiento de Canena del año 1913. Archivo municipal de Canena, caja 45, carpeta 11.

Texto de José Luis Reyes Lorite

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